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Termómetro por encima de 45 grados en BilbaoEuropa Press

¿Por qué Europa se calienta mucho más rápido que el resto del planeta? La ciencia busca las respuestas

Los expertos coinciden en que reducir emisiones y adaptarse al nuevo clima son dos herramientas imprescindibles para afrontar un fenómeno que marcará las próximas décadas

Europa occidental y central se están calentando a un ritmo muy superior al del resto del planeta. Durante el verano, las temperaturas aumentan hasta tres veces más rápido que la media global, convirtiendo a esta región en uno de los principales «puntos calientes» del cambio climático fuera de las zonas polares.

La explicación más habitual apunta al calentamiento global provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, la realidad es más compleja. Aunque el cambio climático es el principal responsable de esta tendencia, los científicos coinciden en que existen otros factores que ayudan a explicar por qué Europa se está calentando más deprisa que otras regiones del mundo.

Esta es precisamente la cuestión que aborda el climatólogo estadounidense Roger Pielke Jr. en dos recientes análisis publicados en The Honest Broker. Basándose en la literatura científica más reciente y en las conclusiones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), el investigador sostiene que aún existe una importante incertidumbre sobre el peso que tiene cada uno de esos mecanismos.

Más calor, pero por varias razones

Uno de los factores mejor conocidos es la pérdida de humedad del suelo. Cuando los terrenos permanecen secos durante largos periodos, la energía solar deja de emplearse en evaporar agua –un proceso que enfría el ambiente de forma natural– y pasa a calentar directamente el aire. Este mecanismo puede amplificar notablemente las temperaturas durante los episodios de calor extremo.

A ello se suma el calentamiento de las masas de aire que llegan al continente. Durante las olas de calor, buena parte del aire procede del Mediterráneo, del Atlántico o del norte de África, regiones que también registran temperaturas cada vez más elevadas. En consecuencia, ese aire alcanza Europa ya más cálido que hace unas décadas.

Otro elemento que influye es la denominada Variabilidad Multidecadal del Atlántico (AMV), un ciclo natural de varias décadas que modifica la temperatura superficial del océano y que puede favorecer la aparición de olas de calor más intensas en Europa y la cuenca mediterránea. Sin embargo, uno de los factores más llamativos es también uno de los más inesperados: la mejora de la calidad del aire.

Desde la década de 1980, Europa ha reducido de forma muy significativa la contaminación por partículas en suspensión gracias a las políticas ambientales. Esa disminución ha supuesto enormes beneficios para la salud pública, pero también ha tenido un efecto secundario: al haber menos aerosoles en la atmósfera, llega una mayor cantidad de radiación solar hasta la superficie terrestre, lo que contribuye a un calentamiento adicional.

Algunos trabajos científicos estiman que este fenómeno podría haber añadido alrededor de medio grado a las temperaturas europeas en las últimas décadas. Se trata de un ejemplo de cómo distintas políticas ambientales pueden tener efectos diferentes sobre el clima y de por qué los científicos insisten en que no todos los procesos relacionados con el calentamiento global pueden reducirse únicamente al dióxido de carbono.

Junto a estos factores aparece otro sobre el que sí es posible actuar de forma inmediata: las islas de calor urbanas. Las grandes ciudades registran temperaturas significativamente más elevadas que su entorno debido al predominio del asfalto, el hormigón y la escasez de vegetación. Este fenómeno incrementa notablemente el impacto sanitario de las olas de calor y depende, en gran medida, de decisiones de planificación urbana.

El propio IPCC reconoce que existe un elevado grado de confianza sobre el aumento global de las temperaturas extremas, pero también admite que persisten importantes incertidumbres acerca del peso concreto que tienen todos estos mecanismos regionales.

Descarbonizar no reducirá las olas de calor de forma inmediata

En uno de sus análisis, Pielke plantea una cuestión que afecta directamente al diseño de las políticas climáticas: si el mundo alcanzara las emisiones netas cero en las próximas décadas, ¿cuándo comenzarían a disminuir las olas de calor en Europa? La respuesta que ofrecen diversos estudios científicos es clara: el efecto sería positivo, pero muy lento.

Según la literatura especializada, incluso en un escenario de descarbonización acelerada, los beneficios sobre la frecuencia de las olas de calor no serían plenamente apreciables hasta varias generaciones después. El motivo reside en la enorme inercia del sistema climático. Igual que un gran transatlántico necesita recorrer muchos kilómetros antes de modificar su rumbo tras girar el timón, el clima continúa respondiendo durante décadas a los gases de efecto invernadero ya acumulados en la atmósfera.

Además, algunos investigadores recuerdan que reducir el uso de combustibles fósiles también disminuye la emisión de aerosoles contaminantes que actualmente reflejan parte de la radiación solar, un fenómeno conocido como «desenmascaramiento» de aerosoles que podría generar un calentamiento adicional a corto plazo.

Pielke insiste en que este hecho no constituye un argumento contra la descarbonización, que considera imprescindible para reducir los riesgos climáticos futuros. Su reflexión se centra más bien en la comunicación pública: prometer que la reducción de emisiones traerá veranos más frescos en pocos años no está respaldado por la evidencia científica disponible.

Por ello, numerosos expertos consideran que la respuesta al cambio climático debe apoyarse sobre dos pilares complementarios. El primero es la mitigación, es decir, la reducción de emisiones para limitar el calentamiento futuro. El segundo es la adaptación, mediante medidas capaces de proteger a la población frente a un riesgo que ya está presente.

Entre ellas destacan la mejora del aislamiento térmico de las viviendas, facilitar el acceso a sistemas de refrigeración eficientes para las personas más vulnerables y transformar las ciudades con más vegetación, materiales que reflejen mejor la radiación solar y diseños urbanos que favorezcan la ventilación natural.

La ciencia, por tanto, confirma con un elevado grado de certeza que Europa seguirá enfrentándose a olas de calor cada vez más intensas. Lo que continúa investigándose es por qué el continente se calienta mucho más deprisa que el resto del planeta y cuál es el peso exacto de cada uno de los factores que intervienen en ese proceso. Mientras esas respuestas terminan de afinarse, los expertos coinciden en que reducir emisiones y adaptarse al nuevo clima no son estrategias incompatibles, sino dos herramientas imprescindibles para afrontar un fenómeno que marcará las próximas décadas.