Cotos, Reyes y memoria: la caza en Madrid

Desde Alfonso X hasta Felipe II, pasando por los Reyes Católicos, muchos fueron los monarcas que montearon en El Pardo, La Cabrera, el Valle del Lozoya o Buitrago. Incluso cuentan las crónicas que Isabel la Católica, sorprendida por un oso, lo enfrentó sin temblarle la mano, rejón en alto, hasta darle muerte

Venado en el Pardo

Venado en el PardoPatrimonio Nacional

El último fin de semana de abril tuve el placer de participar en la presentación del canal Campo y Caza de El Debate, en el marco del Festival de Campo —SICampo—, junto a su responsable, Ramón Pérez-Maura, y a Luis Fernando Villanueva, director de la Fundación Artemisan. El lugar escogido para su celebración, el Hipódromo de la Zarzuela, me llevó a reflexionar, una vez más, sobre el desconocimiento que la inmensa mayoría de sus habitantes tienen sobre el lugar donde transcurre su cotidianeidad.

Pocos sabrán que la tierra que pisaban formó parte durante siglos de uno de los cinco cuarteles del Real Coto de El Pardo, cazadero de Reyes desde tiempos de Felipe II. Hoy apenas queda memoria de aquello, pero lo cierto es que su matrícula es la número «1» de los de Madrid, y probablemente, la más antigua de España. Hechos que pasan desapercibidos, pero que ayudarían con seguridad a entender mejor la relación histórica entre esta tierra y la caza.

Muchos se sorprenderían al conocer que las siete níveas estrellas que adornan la bandera carmesí de la Comunidad de Madrid no son otra cosa que el reflejo de la Osa Mayor, la más famosa de las constelaciones del hemisferio boreal. Antigua guía de viajeros, cazadores y peregrinos, es también faro hacia el norte y símbolo de una tierra de sierras y monte bajo, de encinas y jarales, que fue morada de pardas bestias y hombres que las cazaban.

Desde el Paleolítico, el hombre que habitó estas tierras lo hizo con lanza en mano

Desde la misteriosa Piedra Escrita de Cenicientos, megalito tardorromano que honra a Diana Cazadora y en cuya parte trasera está grabada la garra de un oso, símbolo los de bosques sagrados, hasta los restos del Valle de los Neandertales, en la Sierra Norte, los yacimientos madrileños atesoran vestigios de ciervos, cabras montesas y osos cavernarios. Pruebas de que, desde el Paleolítico, el hombre que habitó estas tierras lo hizo con lanza en mano, forjando sociedades en torno al fuego, a la caza y al relato de las hazañas que mantenían con vida al clan.

Partida de caza

Partida de cazaObra de las Colecciones Reales del Museo del Prado

La Historia, la escrita con mayúscula, también reserva episodios venatorios para estas sierras. Desde Alfonso X hasta Felipe II, pasando por los Reyes Católicos, muchos fueron los monarcas que montearon en El Pardo, La Cabrera, el Valle del Lozoya o Buitrago. Incluso cuentan las crónicas que Isabel la Católica, sorprendida por un oso, lo enfrentó sin temblarle la mano, rejón en alto, hasta darle muerte. Tal era la bravura de la reina castellana.

Son muchas las referencias venatorias de la época, desde el Libro de la Montería de Alfonso XI, al Discurso de la Montería de Argote de Molina. Pero no hace falta rebuscar entre los archivos. La historia cinegética madrileña se pasea por nuestros topónimos: la Cueva del Oso, Villaconejos o Canencia, donde supuestamente se encontraban las perreras reales en la Baja Edad Media. No es pues de extrañar que aún hoy la Sierra Norte mantenga rehalas de renombre que siguen acudiendo a batir los montes con la misma bravura de antaño.

Decía Emilio Castelar que es un deber buscar en las tradiciones del vulgo enseñanzas para el porvenir. Y pocas tradiciones hay tan arraigadas en las villas madrileñas como la caza. Herencia de generaciones que, al calor de los fríos inviernos, compartían jornadas de perros, de camaradería y de pitanzas hechas con lo cazado. Enseñanzas, sí, que no deberían despreciarse si aspiramos a un futuro enraizado y perdurable.

Madrid, durante el medievo llamada Ursaria, topónimo que López de Hoyos rescató en el Renacimiento, también se vio transformada por reyes cazadores. Carlos III, el «Rey-alcalde», cruzaba a diario el Puente del Rey para cazar en su coto de la Casa de Campo. Hoy, ese coto, es el mayor parque urbano del mundo: más del doble que el Bois de Boulogne y seis veces mayor que Central Park. Pero primero fue campo, no parque. Al igual que El Retiro fue coto de caza menor de los Austrias, o lo fueron El Pardo, o Viñuelas, cuya riqueza cinegética influyó sin duda en el establecimiento en esta villa de la capital del Reino.

Es fácil justificar la caza por su peso económico: empleos directos e indirectos, sostenimiento del mundo rural, impacto positivo en sectores como la hostelería, el transporte o la industria armera. Pero no es ese el argumento que aquí queremos subrayar.

Cochino en el Pardo

Cochino en el PardoPatrimonio Nacional

Queremos hablar del territorio. Porque en una región donde más del 16 por ciento de la superficie es artificial, donde en los últimos años las áreas urbanas han crecido un 60 por ciento y las industriales un 126 por ciento, el espacio natural que aún queda en pie es una joya que no podemos permitirnos perder. Madrid cuenta con más de 580.000 hectáreas de zonas de caza, de las cuales unas 442.000 hectáreas el 90 por ciento de esa superficie natural está en manos privadas. Son estos propietarios y cazadores quienes, gracias a los cotos de caza, incorporan sus fincas al sistema más eficaz de conservación de biodiversidad que existe: la custodia activa del territorio.

Sin esa gestión cinegética, no solo perderíamos biodiversidad. Aumentarían no solo los accidentes de tráfico, las irrupciones de fauna en entornos residenciales, escolares o sanitarios, también las zoonosis como la sarna, la tuberculosis o la enfermedad de Lyme. Y mientras algunos padecen lo que los psicólogos ya denominan «trastorno por déficit de naturaleza», encerrados entre pantallas y ruido, otros, los que aún pisan monte, tratan de preservar lo poco que queda de esa España silvestre que se nos escapa entre los dedos.

Pero no todo puede ni debe recaer sobre sus hombros. Las administraciones tienen el deber moral y legal de apoyar esta labor de conservación. Y no solo por una cuestión ecológica o sanitaria, sino también social. Porque cuando hay caza en un pueblo, hay vida. Los que emigraron vuelven, los bares se llenan, las casas se abren y el campo recupera su latido.

La caza es parte de un todo. Es gestión, arraigo y conocimiento del medio. En Madrid, como en tantas otras regiones, resulta clave para mantener el equilibrio ecológico, sostener la vida rural y conservar el territorio. Las administraciones no pueden seguir instaladas en el silencio o en la equidistancia: tienen la obligación de explicar con claridad su función, promover su conocimiento y asumir su papel pedagógico ante una sociedad cada vez más alejada del campo. La ignorancia no es motivo para renegar de lo que fuimos, ni excusa para negar lo que aún somos.

Laureano de Las Cuevas es vicepresidente del Real Club de Monteros y vocal de la Comisión de Homologación de Trofeos de Caza de la CAM

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