Los veranillos del otoño y la caza

Lejos de ser meras curiosidades meteorológicas, los veranillos son pequeños acontecimientos que marcan ritmos en la naturaleza, como el celo de los ciervos, la migración de las aves o la apertura de la temporada general

Los veranillos de otoño

Barca

Hay días en que el calendario parece hacer trampas. Octubre, noviembre o incluso finales de septiembre se abren de pronto como una ventana escondida al verano, dejando entrar un aire tibio, dorado y seco que invita a estar al aire libre. A esos caprichos del tiempo los llamamos «veranillos» y cada uno tiene su nombre propio, su historia, su refranero… y para el cazador, su importancia, ya que existe un fuerte vínculo entre la tradición popular y la caza.

Lejos de ser meras curiosidades meteorológicas, los veranillos son pequeños acontecimientos que marcan ritmos en la naturaleza, como el celo de los ciervos, la migración de las aves o la apertura de la temporada general. El cazador sabe leerlos igual que un agricultor interpreta las nubes o un marinero el color del horizonte.

El primero en presentarse cada año es el veranillo de San Miguel, allá por el 29 de septiembre. El verano ya se ha despedido oficialmente, las hojas empiezan a caer y sin embargo… el termómetro sube como si quisiera dar un último brindis antes de que lleguen las lluvias.

Uno de los espectáculos más sobrecogedores de la naturaleza: la berrea del ciervo, que suele coincidir con el equinoccio de otoño. Esta fecha es cuando el día y la noche tiene la misma duración

En algunos pueblos lo llaman el veranillo del membrillo, porque coincide con la recogida de esta fruta; en otros, el de los Arcángeles. Sea cual sea el nombre, para el cazador de monte es el telón de fondo de uno de los espectáculos más sobrecogedores de la naturaleza. Es la berrea del ciervo, que suele coincidir con el equinoccio de otoño. Esta fecha es cuando el día y la noche tiene la misma duración.

Este periodo de celo está marcado por el fotoperiodo —la disminución diaria de las horas de luz— y por cambios ambientales, como son noches más frescas y lluvias que reverdecen el pasto y humedecen el aire. Cuando el veranillo llega con algunas precipitaciones, el ciervo tiene más agua y alimento, y el clamor de los machos retumba más fuerte en los valles. El que haya escuchado una berrea intensa en esas fechas sabe que es como asistir a un ritual antiguo, donde la naturaleza se desnuda de silencios.

Ya en tiempos antiguos se tenía presente la fuerza de esta estación. Desde 1512, en la Albufera de Valencia se prohibía cazar en época de veda, pero desde San Miguel hasta San Vicente se permitía la captura libre de fotges e boxos —fochas y gansos—. Aquellas licencias, dictadas en pregones, muestran que los veranillos no sólo caldeaban el aire, sino que también encendían la vida del cazador.

Algo menos famoso, pero muy querido en el mundo cinegético, es el veranillo de San Lucas, hacia el 18 de octubre. Para muchos cazadores, es el auténtico pistoletazo de salida de la temporada general. En España, este veranillo se reconoce por unos días de luz limpia y calor suave que parecen desmentir que el otoño ya está en marcha. Es como un último guiño del verano antes de retirarse. Coincide con la apertura de la caza mayor y menor en varias comunidades, cuando ciervos y jabalíes son más visibles, las perdices empiezan a moverse en bandos, los conejos y liebres son más activos...

No es casualidad que en muchos pueblos se bendijeran las jaurías por estas fechas. El refranero rural lo recuerda así: «El veranillo de San Lucas es el último regalo del sol antes del invierno». A su sombra se remata la vendimia, se apilan las calabazas y se limpian las escopetas, poniéndolas a punto para la temporada.

Y todavía queda uno más, el más tardío y quizá, el más querido en tierras valencianas, como es el veranillo de San Martín, alrededor del 11 de noviembre. Su refrán es tajante: «El veranillo de San Martín tiene que venir». Tres o cuatro días de calma, luz y calor suave, antes de que el invierno se instale.

San Martín fue, durante siglos, una fecha clave para la caza en la Albufera. Ya en tiempos de Martín el Humano y de la Reina Doña Catalina se otorgaron privilegios para que los cazadores pudieran tirar gratis en el lago ese día y el de Santa Catalina. La tradición continuó hasta bien entrado el siglo XX, cuando las ferias de San Martín llenaban de vida El Saler y El Palmar, con tiradas organizadas que duraban tres días, seguidas de la jornada gratuita para todos.

Era época propicia para el paso e invernada de patos y aunque muchas veces el terreno quedaba escaso de piezas tras las ferias, no faltaban los años en que un temporal de aguas dejaba las aves resguardadas, sólo para que el sol del día de San Martín las pusiera al alcance de las escopetas. Aquellos días, la caza era también fiesta y sustento para los pueblos ribereños.

Con el tiempo y por el impacto sobre la fauna, estas tiradas se fueron limitando hasta desaparecer en 1987. Queda en la memoria de muchos veteranos la imagen del lago en calma, las barcas al alba y el aire templado de un San Martín que olía a pólvora y a arroz al horno. En España hay otro dicho que dice: «De San Martín a Santa Isabel, veranillo es».

Los veranillos no son sólo caprichos del clima; son pausas doradas que marcan el ritmo del campo y de la caza. Son momentos en que la meteorología se alía con el cazador, con luz clara, terreno seco y aire suave. Son también, fechas con peso cultural y memoria colectiva, donde la escopeta comparte protagonismo con el pregón, el refrán y la historia local.

Cuando llega un veranillo, el monte y la marjal respiran de otra manera. El ciervo brama más fuerte, la perdiz se arranca antes, las barcas se llenan, los perros mueven la cola con impaciencia... Quizá por eso, aunque sepamos que el frío vendrá después, el cazador acoge esos días como un regalo que merece ser disfrutado y recordado. Porque, al final, la caza no es sólo cobrar piezas, sino entender y celebrar el compás secreto de la naturaleza. Y en ese compás, los veranillos suenan como una vieja melodía que, año tras año, se repite… para quien sabe escucharla.

  • Julián López Aguado es investigador e historiador

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