Recechando sobre un tatami

El deporte es la actividad predilecta del hombre-masa: homogénea, repetible, reglada, diseñada para el público y amplificada por el ruido. Un «nuevo espectáculo de masas» donde todo está previsto para evitar la tensión auténtica de la vida

Viñeta sobre la costumbre de adjetivar como deportiva a la caza

Viñeta sobre la costumbre de adjetivar como deportiva a la cazaImagen generada con IA

Hay debates que reaparecen cada cierto tiempo, como si surgieran del mismísimo Reglamento de Vedas. Uno de ellos es la pertinaz manía de llamar «deportiva» a la caza, aunque algunos insistan en que es un asunto menor, resuelto desde hace décadas. El adjetivo, incrustado con anglófilo calzador desde principios del siglo XX y repetido hoy por pura y ladina inercia federativa, pretende vestir lo venatorio con un aire atlético que no le corresponde. El error no es semántico: es conceptual.

Actividad física no es sinónimo de deporte. Si bastara con cansarse, el primer día de rebajas sería una prueba olímpica: carreras, empujones, saltos sobre percheros, aceleraciones bruscas y hasta celebraciones con bolsa en alto. Mucho ejercicio; cero deporte. Con la caza ocurre lo mismo: volver sudado no otorga a la jornada dignidad de podio. El deporte empieza donde hay reglamento, categorías, igualdad de medios, repetición del escenario y posibilidad de medir una marca. Sin cronómetro, sin pista, sin árbitro, no hay deporte: hay ejercicio, hay fatiga, hay vida, pero no deporte.

En este contexto, la semántica es el último refugio del argumento. Se invoca la RAE, que limpia, fija y da esplendor —como la grasa de caballo abrillanta mis zajones—; se rebuscan acepciones, se estiran significados, equiparando «deporte» con cualquier actividad que implique abrirse la chaqueta, incluso con el gambito de rey. Y se acaba con un tiro en un pie.

Frente a tanto recorte conceptual, la literatura suele ser más honesta.

Miguel Delibes no necesitó la semántica: le bastó escribir Las ratas. El Nini y su padre, el tío Ratero, cazan ratas para no morir de hambre. Las ratas son el pan del día, más valiosas que la codorniz. ¿Dónde está ahí el deporte? ¿En la miseria? ¿En la cueva donde duermen? ¿En la sombra de la escasez que los persigue? Llamar «deporte» a esa caza sería deformar el lenguaje hasta la indecencia. La caza de Delibes no es un recreo: es supervivencia, la misma que acompañó a los hombres desde el Paleolítico. Y esa verdad literaria debería bastar para que nadie vuelva a confundir los términos.

Porque cazar no puede confundirse con una afición (o profesión) estandarizada e inmutable. Es otra cosa: otra raíz, otra lógica, otro mundo.

Si abrimos «La rebelión de las masas», encontraremos allí el bisturí conceptual que desmonta, sin nombrarla, la ocurrencia de llamar deporte a la caza

No voy a citar a uno de nuestros grandes deportistas y cazadores, Luis Agosti, porque él mismo advierte —literalmente— que «para un deportista, el tema del deporte es un asunto muy serio» y que al hablar de ello corre el riesgo de volverse «pesado y grandilocuente». Mejor evitarle ese trance: apenas unas líneas después resuelve el dilema despachando a la semántica como herramienta para su justificación.

Viñeta sobre la querencia de adjetivar como deportiva a la caza

Viñeta sobre la querencia de adjetivar como deportiva a la cazaImagen generada con IA

Hoy dejaremos tranquilo el prólogo al libro del Conde de Yebes y daremos un paso más allá. Si abrimos La rebelión de las masas, encontraremos allí el bisturí conceptual que desmonta, sin nombrarla, la ocurrencia de llamar deporte a la caza.

Para Ortega, el auge del deporte es un síntoma de su época: la puerilización de la sociedad, la hipertrofia de la juventud y la conversión de la cultura en espectáculo. No porque hablara de la caza —que no lo hace—, sino porque define el deporte moderno de un modo devastador para quienes pretenden arrimarlo a lo venatorio.

El deporte es la actividad predilecta del hombre-masa: homogénea, repetible, reglada, diseñada para el público y amplificada por el ruido. Un «nuevo espectáculo de masas» donde todo está previsto para evitar la tensión auténtica de la vida. La caza depende de variables no controlables —la pieza, el viento, el azar—; el deporte, de la estandarización. Incompatibles por naturaleza. Superponerlos no aporta claridad: la destruye.

Si elevamos la vista, los Juegos Olímpicos tampoco ayudan. Su origen no es la gimnasia higiénica de fin de semana: nacen como rito religioso y como entrenamiento para la guerra. Lo que hoy se presenta como apoteosis del espíritu deportivo fue, durante siglos, ensayo general de violencia organizada. Pretender encajar la caza en esa genealogía hercúlea exige un ejercicio de olvido casi estoico.

Y luego está Artaza.

Siempre me he preguntado qué habría pensado el conde de Artaza si, después de recorrer más de cuatro mil kilómetros por el Karakórum y el Himalaya, y pasar la noche abrazado a un pino, colgado sobre un barranco en plena ventisca, algún alma valiente hubiese tenido la ocurrencia de presentarle como «el deportista de las nieves».

El marqués de Laserna reproduce en Dignidad de la Caza ese mismo pasaje de sus diarios y lo resume con meridiana precisión: «La cita muestra esfuerzo, capacidad de sufrimiento, incluso lucha con espíritu leal, pero no deporte». El capítulo tercero de su obra, La caza y el deporte, no tiene desperdicio. Su lectura basta para comprender por qué ambos términos no pueden confluir sin falsear su sentido.

Llamar deporte a la caza no la dignifica, no la defiende ni la acerca a nadie; todo lo contrario. Si algo no entiende de edad, categorías o sexo, es la caza. La caza no necesita jueces, ni público, ni igualdad de medios, ni marcador. No necesita esa muleta conceptual.

Existe, además, un hecho que la demoscopia confirma; cuando la caza se presenta como «deporte», la aceptación social cae en picado. Para quien no caza, deporte es ocio competitivo; asociarlo a la muerte de un animal resulta incoherente y ofensivo. Presentada como alimento, gestión o tradición, genera una mayor aceptación. «Deportiva» es el peor calificativo posible. Insistir sistemáticamente en ello, no ayuda.

Y por si hiciera falta un último aviso, ahí está Machado, en boca de Juan de Mairena:

«Para crear hábitos saludables, que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y los deportes…»

Tomémoslo como advertencia poética o como guiño de hombre sensato. Sí, el que recorrió los Campos de Castilla viendo a los galgos cazar desconfiaba del deporte como brújula de vida; imagínese la torpeza de reducir la caza a una simple actividad «esportiva».

Mejor no preguntar a Unamuno.

Tras esta esgrima dialéctica, esta gimnástica lenguaraz…

¡Perros al monte!

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es consultor ambiental

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