Lo relativo

Hace un tiempo recibí su llamada: él iba a organizar una montería en plena Semana Santa porque el campo está más bonito. Éramos dos puestos: su abuelo y yo. En lugar de perros entraban todos los primos. De guante cobró cinco euros por puesto que irían directos al cepillo de Misa

Lo Relativo

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Todo es relativo según los zapatos que calcemos; el seis y el nueve son el mismo número pero depende desde dónde lo miremos. Puede ser de día o de noche a la misma hora dependiendo de nuestra ubicación geográfica. Un abrazo puede ser de despedida o bienvenida, o un beso, o un saludo. Una sonrisa no siempre refleja felicidad ni una lágrima tristeza.

Estoy melancólico. Enero me pone así. Estamos en el meollo de las monterías. Me agotan, me cansan, me agobian. No quiero seguir. O quizás es que no puedo parar. La perspectiva del caballo en el monte te da otro punto de vista, ves lo que nadie ve. Llegas a donde otros tardan más. Diriges y te expones. Las caídas son más dolorosas y aunque no vas caminando, el riesgo aparente es mucho más extenso que cualquier otro. Pero no, nunca me dio miedo la muerte, sí me lo da la vida. Sigo a lomos de Talibán -cuántas llevamos ya juntos, amigo- y los dos nos hemos acostumbrado a estar solos y unidos. Me evado. Echo de menos fumar y eso que nunca he fumado. Dicen que un cigarro da mucha compañía, siempre se lo escuché a la gente de campo. He nacido tarde, muy tarde. Tres o cuatro generaciones -o quizás treinta o cuarenta- después de lo que tenía previsto. Una vez leí que nos vamos reencarnando cada vez en un ser humano distinto. De ahí lo del dejà vu.

Absorto estoy, camino y cabilo. El equipo de caza está formado. Es una familia que nos vemos durante todo el año, pero que hoy me toca tutelar. No sé si esto tiene sentido. Si la caza tendrá júbilo en dos generaciones. Estoy melancólico…

Por su bautizo tuvo ya unos zahones. Y desde que pudo andar camina con su padre de montería en montería

Apareció en mi vida, aunque desde que nació estuvo allí. Es el hijo de un primo que podría ser hermano. Es moreno de carnes, fibrado, duro, muy sonriente, con hoyuelos en las mejillas y da la mano como un hombre. Se llama Paquito, pero su nombre es Paco Márquez de Prado. Por su bautizo tuvo ya unos zahones. Y desde que pudo andar camina con su padre de montería en montería. Ahora ya tiene arrestos, los suficientes, para demostrar su valía y fuerza en el monte. Le faltaban uno o dos años para la Primera Comunión, eso marca un hito en la vida de un muchacho. En las monterías se pone a mi lado, se sube al coche, me sujeta la carpeta y cuando le pido gritar los vivas siempre entona el «Viva la Virgen de Guadalupe» antes del «Viva España y el Rey». Se me cae la baba. Es el hijo que no tengo y que quiero tener. Se llama Paco Márquez de Prado, pero todos le llamamos Paquito.

Hace un tiempo recibí su llamada: él iba a organizar una montería en plena Semana Santa porque el campo está más bonito. Éramos dos puestos: su abuelo y yo. En lugar de perros entraban todos los primos. De guante cobró cinco euros por puesto que irían directos al cepillo de Misa. Allí me presenté con mi corbata, zahones y listo para cumplir las órdenes de mi sobrino. Hizo de capitán y de postor, y nos colocó en una reforestación. Me indicó de dónde venían los perreros, dónde estaba mi vecino (que era el único) y que me recogería al terminar la montería. Ojo con las hembras paridas y cuidado con los rebotes. Nada de moverse del puesto sino es para rematar. Y me guiñó un ojo.

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Se marchó y «soltó» a la jauría de diez primos suyos más, madres y mayores. A la media hora vi el gran revuelo que montaban. Paco dirigía la mano y venían a rematar a las posturas donde se encontraba su abuelo (leyendo el periódico plácidamente sentado en una silla) y servidor. Para animar el cotarro, apunté a una piedra plana que tenía a mi espalda y disparé. Al estruendo todos avivaron voces. Paquito vino a mi encuentro expectante. ¿Qué tal? Le sonreí y me lamenté: era un cochino macho que me ha entrado zorreado y creo que se me ha ido.

Me dio una palmada en la espalda y me dijo: tranquilo, tendrás que correr más la mano y estar más atento. Más grande se hará para otro año. Y estoicamente nos recogió y comimos toda la familia bajo una gran encina en esta improvisada montería en mitad de Semana Santa.

Tenía que devolverle la invitación, pues la afición se paga con afición. Paco ya no es Paquito y esa dosis de arrestos debe tener su premio. Vamos a montear a los pocos meses en las sierras de los Ibores. Voy a lomos de Talibán. Ordeno a Paco y a su padre que vengan amparando las corvas de mi caballo. Hoy será y se hará. Hace sol, hay amigos y tengo la melancolía enterrada bajo tierra. Hoy tengo el corazón a mil porque voy a hacer un hombre a mi sobrino con su padre de testigo. Y Talibán lo sabe.

Ibamos por un camino, adelantados a la mano de los perros para dirigir la caza de una hoya muy caliente. Poco tardó en ladrar un puntero, se unieron más, una cochina planta cara a los canes. Es cuestión de segundos. Talibán va a salir a galope al agarre, pues ha oído la faena. No, aún no, me giro, veo a mi sobrino Paquito y lo subo conmigo al caballo sobre la perilla. Salimos a galope tendido. El aire en la cara, los perreros animando al fondo pues sabían que hoy era un día grande. Paquito me sujeta el brazo firme, apretando los dientes. Sabe que lo que acontece requiere de arrestos. Me bajo, le bajo. Le miro a los ojos y no nos decimos nada. Me sonríe y mira hacia donde se encuentra el jaleo a pocos metros de donde estamos. Le hago el gesto del silencio, coge mi mano y despacio nos adentramos…

Era una cochina de cien kilos, los perros no se hacían con ella. Desenfundo. Tengo al niño detrás de mí. Los perros me ven, me reconocen y se crecen. Dos alanos se tiran a las orejas. Ahora o nunca. Se lanzó Paquito sobre el cochino, como se lanzaban los legionarios a la muerte. Yo con él. Le di mi cuchillo y con fuerza remató la fiereza del jabalí. Una vez liquidado el lance, llegó el grueso de la mano de perros y perreros y se escuchó lo más esperado en la vida de un niño que quiere ser cazador:

Lo Relativo

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¡Viva el novio!

Abrazado a mí me dijo:

¡Es el día más feliz de mi vida!

Y no, no era el suyo, era también el mío. Porque sentirse joven es el mayor de los regalos. Y mi sobrino Paquito, ahora Paco Márquez de Prado, es uno de esos que quieres tener cerca porque le dan sentido y valor a la vida. Por su inconsciencia o valentía, qué más da. La diferencia entre un loco y un valiente es sólo el resultado. Y él es un valiente.

  • Lolo De Juan es gestor agropecuario
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