El influyente
El perro era una pintura. Alto a la cruz, ligero, con una capa blanca por la que le asomaban unos lunares marrones en la piel que con el tiempo fueron a más. Tímido. Dócil como pocos. Inteligente como menos aún. Muy individualista, largo e independiente. Quería cazar sin ayuda ni estorbos
El Capricho, solo, acosando a un vareto
Siempre que hablamos de los requisitos que, como mínimo, se le deben de exigir a un perro de rehala, se habla de olfato, dicha, valentía… Sin duda tenemos que tratar de que cada perro los reúna, aunque hay que asumir que es imposible que, de manera individualizada, sean sobresalientes en todo. El balance dentro del conjunto es lo que hace grande a la rehala. Es labor del perrero saber lo que tiene, cómo mantenerlo, equilibrarlo o corregirlo.
Hay, no obstante, características que son poco comunes. Cualidades únicas que se dan en perros especiales. O más bien, diría excelentes. De esos que tienes muy pocos en la vida...
La capacidad de arrastrar, de atraer seguidores, es algo extraordinario. Hoy muchos se dedican a eso. Una vez más, nuestros perros no son una excepción y algunos, muy pocos en mi experiencia, son quienes tienen este singular talento.
La primera vez que tuve un perro con esta capacidad fue en 2013. Sebastián Pérez Arjona quería regalarnos un perro de una línea muy suya y particular. Así, nos regaló al Capricho, nombre que adquirió por sus propias palabras: «Tengo yo el capricho de que tengáis un perro de esta línea».
El perro era una pintura. Alto a la cruz, ligero, con una capa blanca por la que le asomaban unos lunares marrones en la piel que con el tiempo fueron a más. Tímido. Dócil como pocos. Inteligente como menos aún. Muy individualista, largo e independiente. Quería cazar sin ayuda ni estorbos. Siempre solo, al trote y con la nariz pegada al suelo, como solo hacen aquellos dotados con un extraordinario sentido del olfato. Gran perseguidor. Valiente con los cochinos mientras se defendían, para luego largarse cuando la cosa estaba ya del lado de los perros.
(I-D) Diego Gómez-Arroyo y Jorge Torrubias con el resultado de la misión del Capricho
En la víspera de la Nochebuena de 2016, cazábamos en casa de mis abuelos en Toledo. Mucha caza, bastantes ladras y algún agarre. Ya en la furgoneta, pasábamos lista. Faltaban siete y el Capricho, a quien no habíamos visto en todo el día.
Cuando llega al bajo, contempla a los ocho perros acosar a un buen cochino. Negro como una mora y más grande que un burro
Acordamos que Jorge se asomaría al barranco que da al río y yo cogería la mano hacia el tope, más alto. Cuando se asomó al valle, escuchó a un perro en el bajo dar a parado. Hizo oído y distinguió perfectamente su voz. Me avisa por la radio y empieza a bajar. Le digo que veo que dos de los que faltan van hacia la llamada. Jorge aprieta el paso al ver que los otros también aparecen y acuden como reactores al aviso del Capricho. Cuando llega al bajo, contempla a los ocho perros acosar a un buen cochino. Negro como una mora y más grande que un burro. Son todos perros ligeros, pero muy valientes. Aquí está el director de toda esta comedia, el Capricho, que ha conseguido meter ahí al Balín, al Jabonero, a la Puntilla… Los perros se tiran al verraco según llega Jorge, que termina con el lance en segundos. Es increíble el arrastre que ha conseguido. Cómo perros así hacen que otros de su misma recova confíen en él a cualquier precio y se vayan a los infiernos, si hace falta, atendiendo a su llamada.
Ya en la casa, me cuenta mi primo que ha alucinado con un podenco blanco con las orejas marrones. «Al poco de soltar salió para atrás con una cierva y un venado que maté. Tras ello, estuvo dando de parado en el río en un zarzal. Al rato se fue y pensé que había abandonado, pero volvía con ladras para siempre pasar por la zarza y golpear un tiempo. ¡Ahí le dejé!». El perro se quedó golpeando en la zarza hasta conseguir resolver su autoimpuesta misión, metiendo allí a los efectivos necesarios.
Casualidades o no, en mi vida esto solo me ha pasado con podencos. El Jabonero, perro de la misma casa, aunque de distinta línea, era también muy latidor. Tenía una voz muy concreta y fácilmente reconocible. En cuanto que habría el pico desaparecían todos para acudir a su llamada. Como un toque de corneta. Actualmente, parece que puede haber algún candidato a arrastrador. También podenco. Algo tendrá el agua cuando la bendicen... Ya veremos cómo queda.
Técnicamente, la capacidad de arrastre es un atributo derivado de la dicha. Los perros jipadores provocan mucho arrastre. Ellos distinguen la voz de cada uno de sus hermanos de armas. Si esa voz genera confianza, serán llamadas con una elevada capacidad de atracción. Por contra, los perros que se relaten suelen quedarse solos, al entender que la convocatoria es falsa. Son como nosotros, cuando recibimos llamadas fraudulentas. Simplemente, no cogemos.
Conseguir esa lealtad por parte de sus iguales, para mí, solo lo consiguen perros muy concretos. Aquellos que, sostenido en el tiempo, transmiten solidez, consiguen que el resto tenga fe ciega y responda a la llamada sin más explicación.
Las ladras, amén de ser uno de los espectáculos más vibrantes y emocionantes de la montería, van más allá de ir marcando la caza. Es la voz de la rehala, transmite emociones y refleja su personalidad. Monteando revela el estado de ánimo y lo que está sucediendo, conectando al montero despierto con el desarrollo de los acontecimientos.
Aquí no cabe el silencio. Los únicos que tienen que hablar son ellos. ¡Que hablen los perros en el monte!
- Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero