Mercedes Barona
Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Escopeta

Hoy, cuando casi todo se compra envuelto en plástico, es fácil olvidarlo y mirar la escopeta solo como arma. El campo, en cambio, sabe que también sigue siendo una herramienta de equilibrio

Escopeta de caza

Escopeta de cazaCedida por el autor

Hubo un tiempo en que escopeta era, sobre todo, herramienta de supervivencia: hierro largo apoyado en la pared, junto a la puerta, esperando el amanecer para salir con el hombre al campo. No se llevaba por deporte ni por estética, se llevaba porque de vez en cuando hacía falta llenar la olla con algo más que patatas y pan duro. Un conejo, una liebre, unas perdices podían cambiar la semana entera de una casa.

En muchos hogares, la escopeta era tan necesaria como el azadón o la azada. Servía para defender el corral de los animales que venían a por las gallinas, para espantar a la zorra, para que el jabalí cerca del huerto supiera que allí había alguien despierto. Y servía, sobre todo, para cazar la carne que no se compraba, porque no había tienda cerca, ni costumbre de gastar lo que podía conseguir el monte. Por eso los viejos hablan de «salir con la escopeta» como quien dice «ir a buscar provisiones».

Nunca cargada en la casa, nunca apuntando donde no se mira, nunca un tiro al aire por hacer ruido

Colgada en el doblao o apoyada en un rincón discreto, la escopeta imponía respeto. No era un juguete ni un símbolo de poder: era un instrumento serio, muchas veces heredado, con el que se aprendía pronto que un segundo de descuido podía costar caro. El padre enseñaba al hijo a tratarla de usted: nunca cargada en la casa, nunca apuntando donde no se mira, nunca un tiro al aire por hacer ruido. La pólvora tenía su propio olor, el de los días de suerte y también el de las horas largas de espera sin ver un alma entre jaras y retamas.

Hoy, cuando casi todo se compra envuelto en plástico, es fácil olvidarlo y mirar la escopeta solo como arma. El campo, en cambio, sabe que también sigue siendo una herramienta de equilibrio: sirve para controlar poblaciones que se disparan cuando faltan depredadores, para evitar daños en cultivos, para que el jabalí o el conejo no conviertan en ruina un año entero de trabajo. Quien caza de verdad, y no de oídas, sabe leer huellas, vientos, querencias, sabe cuándo tocar y cuándo dejar en paz; su escopeta forma parte de una conversación larga con el monte, no de una guerra contra él.

Sobre todo, porque el cazador que permanece en el monte todo el año sabe que no puede disparar contra aquello que ama sin medida ni criterio. El primero que tiene interés en que haya perdices mañana es quien hoy decide no apretar el gatillo cuando ve andan escasas; el primero que se preocupa por las vedas, los cupos y los censos es quien sabe que, si se rompe el equilibrio, el silencio llegará también a su puesto. Muchos de esos hombres y mujeres que salen con la escopeta al hombro son los mismos que limpian fuentes, arreglan pasos de agua, siembran comederos, dejan agua en las charcas en verano y avisan cuando algo va mal en el campo. No cazan contra la naturaleza, sino desde dentro de ella: entienden que su afición solo tiene futuro si el monte está sano y las especies fuertes, y por eso, aunque a veces se les quiera colocar enfrente del ecologismo de despacho, son con frecuencia sus aliados más discretos y constantes.

Por eso, en este diccionario sentimental, la escopeta no entra para glorificar balas, sino para recordar aquella época en que salir con ella era salir a por cena, y también para reconocer a quienes hoy la usan con respeto, como una herramienta más para cuidar un territorio que conocen palmo a palmo. Una escopeta apoyada junto a la puerta de una casa de campo cuenta, sin palabras, la historia de un lugar donde la supervivencia no era una metáfora y donde el amor a la naturaleza incluye, a veces, el trueno breve de un disparo al amanecer, para que todo lo demás pueda seguir viviendo.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá

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