El futuro, la posesión y la caza
Veo que no estoy en el final ni tampoco en el principio, pero lo que viene me gusta y lo que se va no morirá con ellos
Lolo De Juan junto a un grupo de niños antes de una montería
Tengo una corte de sobrinos –algunos de sangre y otros muchos adoptados– que arrastran una afición que en mil vidas yo quisiera. Tenemos una camada de cachorros que viene pisando muy fuerte, sin duda alguna será una generación grandiosa, con inquietudes por la caza, por la naturaleza, por el arco, por la cocina. Un conejo se cría en un retamal y debe acabar en un plato. Así con todo. Ese es el secreto. La generación de woke –o vainillas– es una panda de perdedores que no representa en absoluto la realidad de nuestro entorno. Así lo veo yo. No es que sea realista; me creo un visionario de un futuro en el que vierto todas mis esperanzas.
Mi sobrino Nico –hijo de una buena amiga– tendrá siete u ocho años pero ya acompaña a su padre a las monterías. Va con una balinera –o plomera– del 4,5. Su padre le permite doblar en los puestos porque el jovencito sólo imita, aprende, se encara, levanta el arma cuando viene una cochina con la prole. Hace el rodaje que todos deberíamos hacer. Nico va aprendiendo los pasos para cuando llegue el gran día de portar una escopeta con bala y –como una quimera– un rifle con un visor. Al igual que cuando uno tiene un cachorro que pega tirones de la correa, al abatir un marrano que aún sigue tirando coces al aire con las ansias de la muerte, soltamos al perro para que vaya a encontrarse con la presa –con su presa– para que desahogue los instintos que irán en aumento. Lo mismo el niño, debe desear asir el animal cazado. Tenerle respeto y no miedo. Y hacer suya la posesión. Ese vínculo es lo que hace que el predador lo sea, que tenga instinto –que no ansia– y que en su obsesión no abandone el rastro de la res herida o se niegue el cobro por lo abrupto del terreno.
Recuerdo un guarda amigo mío que tras la montería estaba enojado porque él decía: me han matado 40 venados. Se los habían quitado a él, a su parcela de propiedad. No de tierra, sino de vida. Son sus compañeros de cada tarde. El propietario paga la fiesta pero él siempre los consideraba «sus» venados. Todo buen guarda después de la temporada suele quejarse de que se ha arrasado con la madre, ya han descabezado la finca. Sus criterios apocalípticos son una queja que se eleva más allá de su jefe y quiere subir a los cielos. Ya todo se ha terminado, el año que viene criamos perdices porque los venados se los han llevado todos los cazadores. Pero al coronar el verano las reses dan la cara con nuevos trofeos, acuden a los comederos y el guarda más que quejarse, refunfuña, reconociendo que no hubo tanto daño pero que sí, que algo hubo. Y todo vuelve a rodar.
Esa juventud que ama ahora la naturaleza, va en tienda de campaña, añora hablar con los canosos habitantes de las aldeas
La posesión es fundamental para desear y respetar al animal. A nadie se le ocurriría pegarle un tiro en la mano a su perro y dejarlo ir al monte sin buscarlo. Pues algo parecido debería ser cuando disparamos a un animal montuno. Cuando en la nevera tenemos unos filetes que han sobrado y tenemos que tirarlos porque salimos de viaje en ese momento, a mí desde luego me revienta porque es comida, es alimento, y es una falta de respeto no aprovechar las cosas. Como coger una bandeja de gambas que se nos han pasado y hemos de tirarlas a los gatos; lo consideramos una jodienda, un fracaso. Pues eso mismo debería ser dejar un animal tirado en un barranco porque es complicado sacarlo. Al menos aprovechar los lomos y una nalga. Ese debe de ser nuestro objetivo.
Un joven aprenden las tradiciones de la caza y el campo imitando a un cazador
Esa juventud que ama ahora la naturaleza, va en tienda de campaña, añora hablar con los canosos habitantes de las aldeas. Ver unido lo viejo y lo nuevo, savia joven ocupando alcornocales viejos. Retoños que crecen a la sombra de otros que fueron gigantes. Y a mí todo esto me pilla en medio, como un chaparro terciado en una reforestación de cinco diez años donde habita algún testigo de tiempos pasados con cuatro quintales de corcha. Veo que no estoy en el final ni tampoco en el principio, pero lo que viene me gusta y lo que se va no morirá con ellos. Porque la posesión del conocimiento, del respeto y de la necesidad de ir al campo es algo que promete que todo esto tenga sentido.
Hasta entonces sigo a caballo, veo a mi sobrino Nico con su balinera deseando que algún día ésta sea sustituida por una del 12 mm. Otros sobrinos ya pasaron de la escopeta a entrar con los perros, van de ayudas con la mano de los perros de Tiburcio que les alecciona y enseña cómo entrar a un agarre. Alguno ya hecho hombre y con carné de conducir me acompaña y ayuda al postor a colocar la armada de los peñones, teniendo como pago el ocupar el último puesto. Condición sine qua non: recoger luego toda la armada y las reses abatidas, ayudando al mulero a llevarlas a cargadero.
Creo que así construimos. Que cada uno tenga el ansia de subir de nivel, de poseer una nueva responsabilidad y mirar con altanería a los que vienen detrás porque ellos ya pasaron por allí.
El guarda viejo me lo confesó la otra tarde: hay futuro. Otra cosa es que nos guste negarlo para seguir creando afición.
- Lolo De Juan es gestor agropecuario