Los cazadores, usos y costumbres
Los dos guardas a caballo que mantiene la propiedad en El Serafín y Casa de vacas se encargarán de la custodia de La Cartuja. A estos se les prohíbe «en todo tiempo tener perros podencos -¿las otras razas no cazan?- y salir del radio de la dehesa.» ¿Ni para asuntos privados?
Ilustración sobre caza
El refranero que Cervantes, por medio de Sancho Panza, elevó a fuente de consejos dice que «cualquier tiempo pasado fue mejor.» No estoy muy convencido del aserto, mas por si acaso fuera cierto hablando de la caza, he investigado para conocer las actitudes de los cazadores en otros tiempos y en función de estas justificar, en su caso, si cualquier tiempo transcurrido fue efectivamente superior.
Para ello he buceado en mi biblioteca espigando los reglamentos que conservo de sociedades de caza, textos que respiran el sentir de los cazadores de antaño. Son ahora más que centenarios y pueden constituir un faro que guíe en el modo de vivir la caza entonces y si finalmente no dan la respuesta que busco, al menos ofrecerán algún entretenimiento.
El más antiguo que poseo es de 1877 y se titula Reglamento de la Sociedad de Caza a la carera, dedicado a la montería con perros y caballos. Impone que los terrenos que se adquieran no deben estar a más de cuatro leguas de Madrid -había que ser cuidadosos con las distancias- mas como la afición empuja «deberá cazarse al menos una vez por semana.»
Nada dice sobre qué especies cinegéticas son su objeto pero sí dispone como deben ir trajeados sus socios. «El uniforme adoptado por la Sociedad se compone de casaca o levita de paño castaño, chaleco grana, gorra de terciopelo negro, corbata blanca y botones de la sociedad. Las señoras podrán vestir traje de amazona, de paño castaño y botón de la sociedad.»
A continuación tengo un reglamento de 1878 para la sociedad de caza denominada La Malagueña. Dicen los firmantes que se han reunido «espontáneamente,» y oculta qué fuerzas podían desear presionarlos para que se congregaran. Esta sociedad exige decisiones con la «convivencia», ojo no el acuerdo, de dos terceras partes de los socios; una postura cuando menos inquietante.
Como es de Andalucía la baja el acento impone su ley y lo que son cacerías en Castilla, allí se mudan en «caserías;» todo sea por el folklore. Los forasteros no pagarán cantidad de entrada ninguna, en Málaga se cuidó siempre al turista.
Sevilla ha sido siempre una ciudad culta, vio nacer emperadores y produjo maravillas como Itálica y de ese entorno es el siguiente reglamento, escrito para los cazadores de Cartuja, dehesa propiedad entonces de José Marañón. Se redactó en 1881 y establece una definitiva distinción entre la junta directiva y los asociados a quienes se les autoriza a cazar cumpliendo las condiciones establecidas, pero que quedan apartados de la dirección y administración de la Sociedad, juntos pero no revueltos.
La normativa es rigurosa con los asociados, personas poco consecuentes a quienes, en prevención de posibles cuando no previsibles desmanes, se les exige «ofrezcan garantía de cumplir escrupulosamente las prescripciones de este reglamento.» La cuota es mensual y de 15 pesetas de plata.
Los dos guardas a caballo que mantiene la propiedad en El Serafín y Casa de vacas se encargarán de la custodia de La Cartuja. A estos se les prohíbe «en todo tiempo tener perros podencos -¿las otras razas no cazan?- y salir del radio de la dehesa.» ¿Ni para asuntos privados?
A continuación aparece otra normativa también andaluza y corresponde al Círculo Venatorio de Sevilla y lleva fecha de 1884. Empieza bien pues dice ser «una reunión de amigos y compañeros de caza.» El objeto es de altura: «proporcionar a sus socios recreo y distracción» y «procurar la estimación recíproca entre los individuos que la componen.» Como desean tener paz en su círculo, no autoriza «en absoluto la discusión sobre asuntos políticos y religiosos.»
«No son admitidos los votos de censura a la Junta directiva, a fin de que pueda obrar con entera libertad en todos sus actos.»
La cuota establecida es 2 pesetas mensuales, eso sí, abonada anticipadamente el primero de cada mes. El reglamento acaba con un toque autoritario: «No son admitidos los votos de censura a la Junta directiva, a fin de que pueda obrar con entera libertad en todos sus actos.» Ahí queda eso.
Desde la ribera del Guadalquivir saltamos a la del Manzanares para estudiar el reglamento de Casa Blanca, monte lindero con El Pardo en su costado Norte. El presidente no es el arrendatario sino el propietario en persona y habrá veinte accionistas para los dos años contados desde julio de 1887 al mismo mes de 1889. La cuota única es de 450 pesetas.
Los guardas de la propiedad debían ser gente áspera y de ruda condición porque les conmina a «tratar con agrado» a los socios y sus convidados y lo mismo ocurre con el conductor de carruaje quien «guardará a los Srs. socios toda clase de consideraciones.» Como el monte está tan alejado, su dueño establecerá «desde 1º de Septiembre hasta el 31 de Marzo, el servicio de un coche de 6 a 8 asientos para los señores socios y convidados, el cual saldrá todos los días impares, por la tarde, de la casa de Pendolero para el apeadero de Las Matas, en cuyo punto esperará la llegada del tren ascendente de la noche.»
Los canes que son una prolongación de los cazadores y merecen atención en la normativa pero no a su favor: «Se prohíbe terminantemente introducir los perros en el comedor o dormitorios y, bajo ningún pretexto, se les permitirá dormir en ellos.»
Y de Madrid a Barcelona para conocer el reglamento de la asociación de Cassadors de Catalunya establecida para «despertar la afición a la caza.» Es algo distinto pues no se trata de cazar una determinada propiedad sino de acudir a un club urbano por lo que está abierta a toda la población con número de socios ilimitado entre las categorías de fundadores, de número, mérito, honorarios y transeúntes. Son socios honorarios el Capitán General de Cataluña, los gobernadores de las cuatro provincias catalanas, el presidente de la Audiencia, el fiscal, el Alcalde de Barcelona y el Presidente de la Diputación. El respeto a la autoridad se convierte aquí en virtud.
Decidan los lectores ¿Eran mejores aquellos cazadores?
- El marqués de Laserna, Íñigo Moreno de Arteaga, es premio Jaime de Foxá