Sobre las limitaciones al cerramiento de las fincas

A todos nos gusta cazar en abierto, que es más natural, más salvaje, más difícil. Pero hay que tener también en cuenta la economía del propietario, que es a la postre el que soporta y promociona en un enorme porcentaje a la fauna cinegética

Vallado de alambre en el campo

Vallado de alambre en el campoiStock

Continúo con Jovellanos y su Informe sobre la Ley Agraria, de 1784, que ya dije en un anterior artículo que contiene afirmaciones, denuncias y argumentaciones, por desgracia, plenamente actuales.

Es sabido por casi todos que nuestro Derecho Civil consagra el derecho a cercar la propiedad privada. Contra esto no han podido los ecologistas revolucionarios y anticaza. Pero sí han sabido darle la vuelta y conseguirlo indirectamente en contra de los cotos de caza, que realmente eran a los que quería perjudicar. El sistema era tan simple como condicionar la validez y pervivencia de un coto de caza a que no se valle o que el vallado contenga un número enorme de hectáreas, o poner unas limitaciones técnicas al vallado que lo haga inútil o inviable.

A todos nos gusta cazar en abierto, que es más natural, más salvaje, más difícil. Pero hay que tener también en cuenta la economía del propietario, que es a la postre el que soporta y promociona en un enorme porcentaje a la fauna cinegética.

Los anticaza vienen utilizando de forma satisfactoria (para ellos) dos armas principales: torpedear a los cotos y torpedear el relevo generacional. Con los típicos argumentos de falaz ambientalismo han ido convenciendo a la sociedad de que cualquier vallado es malo, sobre todo en el monte, porque, ya se sabe, «el monte es de tos».

No es nueva esa vocación a impedir los vallados, ya que es una forma de limitar la explotación y disfrute de la propiedad privada en exclusiva por parte de sus dueños, porque la propiedad privada rural siempre ha tenido sus enemigos. Hace siglos esos enemigos eran, tanto los poderosos ganaderos de la Mesta, como los «pelentrines y pegujareros de los pueblos» que, lejos de intentar ser productivos, esquilmaban las propiedades. Hoy esos enemigos tienen otro nombre y motivaciones, pero son igualmente poderososdelaplata; se llaman Administración y marxistas vestidos de ecología.

Pero entremos en lo que ya decía hace siglos Jovellanos sobre la cuestión:

La bárbara y vergonzosa prohibición de cerrar las tierras

Una costumbre bárbara, nacida en tiempos bárbaros y solo digna de ellos, ha introducido la bárbara y vergonzosa prohibición de cerrar las tierras, y menoscabando la propiedad individual en su misma esencia ha opuesto al cultivo uno de los estorbos que mas poderosamente detienen su progreso.

Ya es tiempo de que Vuestra Alteza rompa las cadenas que oprimen tan vergonzosamente nuestra agricultura, entorpeciendo el interés de sus agentes. ¡Pues qué! El pasto espontáneo de las tierras, ora estén de rastrojo, de barbecho ó eriazo, las espigas y granos caídos sobre ellas, los despojos de las eras y parvas, ¿no serán también una parte de la propiedad de la tierra y del trabajo, una porción del producto del fondo del propietario y del sudor del colono?

A la derogación de tales costumbres verá Vuestra Alteza seguir el cerramiento de todas las tierras de España. En los climas frescos y de riego se cerrarán de seto vivo y natural, que es tan barato como hermoso y tan seguro para la defensa de las tierras como útil para su abrigo, para su abono y para el aumento de sus productos.

Al cerramiento de las tierras sucederá naturalmente la multiplicación de los árboles, tan vanamente solicitada hasta ahora. Es muy laudable, por cierto, el celo de los que tanto han clamado sobre este importante objeto, pero, ¿quién no ve que la prohibición de los cerramientos ha frustrado los esfuerzos de tantos clamores y tantas providencias dirigidas a promoverlo? … ¿qué propietario, qué colono se atreverá a plantar las lindes de sus tierras si teme que el diente de los ganados destruya en un día el trabajo de muchos años? Cuando sepa todo el mundo que podrá defender sus árboles como sus mieses, todo el mundo plantará por lo menos donde los árboles ofrezcan una notoria utilidad.

Una suerte bien dividida, bien cercada y plantada, bien proporcionada a la subsistencia de una familia rústica, la llama naturalmente a establecerse en ella con sus ganados e instrumentos.

Cuando la Sociedad desea que las leyes autoricen los cerramientos no distingue ninguna especie de propiedad ni de cultivo. Tierras de labor, prados, huertas, viñas, olivares, selvas o montes, todo debe ser comprendido en esta providencia, y todo estar cerrado sobre sí, porque todo puede presentar en su cuidado y aprovechamiento exclusivo un atractivo al interés individual y un estímulo á la actividad de su acción, todo puede ser mejorado por este medio y proporcionado á la producción de más abundantes frutos.

No hay cosa más constante que el que los montes se reproducen naturalmente por sí mismos, y que una vez formados apenas piden de parte del colono otra diligencia que la de defenderlos y aprovecharlos con oportunidad.

Es verdad que en este punto no bastará desagraviar la propiedad con la libertad de los cerramientos si no se la reintegra de otras usurpaciones que ha hecho sobre ella la legislación, si no se derogan de una vez las ordenanzas generales de montes y plantíos, las municipales de muchas provincias y pueblos, y en una palabra, cuanto se ha mandado hasta ahora respecto de los montes. Tengan los dueños el libre y absoluto aprovechamiento de sus maderas, y la nación logrará muchos y buenos montes.

Creo que poco hay que añadir. Si acaso, que es lógico que los vallados garanticen la continuidad de las superficies mínimas establecidas para tener cotos de caza, si bien éstas no deben ser ampliadas artificial y caprichosamente para prohibir de hecho esos vallados y reservar el derecho sólo a los muy poderosos, los que, de forma testimonial en el conjunto de la propiedad privada rural patria, pueden ser propietarios de miles de hectáreas.

  • Antonio Conde Bajén es miembro del Real Club de Monteros

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