Mercedes Barona
Diccionario sentimental del campoMercedes Barona

Poda

Donde el profano ve una rama, el podador ve una carga y donde el paseante ve desolación, él ve reparto de savia

Trabajos de poda en una viña

Trabajos de poda en una viñaCedida por el autor

La poda parece violencia hasta que se entiende. Un hombre entra en la viña en invierno, cuando todo está bajo, quieto, sin promesa visible, y empieza a cortar. Corta lo que creció. Corta lo que parece vida. Corta madera sana, sarmientos largos, brazos que se fueron demasiado lejos. Visto desde fuera, podría parecer un castigo. Pero la viña sabe que no todo crecimiento es futuro.

Esa es la primera lección de la poda: crecer no siempre es avanzar. Hay ramas que solo gastan: hay fuerza que se dispersa, hay abundancias que, si nadie las ordena, terminan debilitando la cepa. El podador no entra a destruir, entra a decidir. Y decidir, en el campo, casi siempre deja restos en el suelo.

No se poda con entusiasmo. Se poda con juicio. Con frío en los dedos, con la espalda avisando, con los ojos puestos no en lo que se quita, sino en lo que vendrá. La herramienta muerde y la cepa queda desnuda, reducida a una forma casi pobre. Pero esa pobreza es deliberada; la viña, después de la poda, parece menos viña. Parece un esqueleto, una escritura tachada.

Hay una belleza áspera en ese gesto. La tijera no admite sentimentalismo. Donde el profano ve una rama, el podador ve una carga y donde el paseante ve desolación, él ve reparto de savia. Sabe qué yema dejar, qué vara sobra, qué herida conviene hacer limpia. No corta por cortar. Tampoco perdona por lástima. La mala poda es una forma de blandura, y el campo suele castigar las blanduras mal entendidas.

El campo no idealiza el reciclaje. Lo practica desde antes de que tuviera nombre moderno

Por eso la poda no habla de muerte, aunque esté llena de cortes. Habla de gobierno. De una inteligencia que no se nota hasta meses después, cuando la cepa brota donde debía, cuando el racimo no sale a lo loco, cuando la planta no se agota en presumir de verde. La poda enseña que cuidar no siempre es conservar. A veces cuidar es quitar.

Esta palabra tiene algo incómodo para una época que lo quiere todo: todos los caminos, todas las posibilidades, todos los brotes. La viña, en cambio, obliga a escoger. Cada corte dice: esto no. Cada sarmiento caído al suelo es una renuncia visible, y quizá por eso la poda parece tan moral sin necesidad de sermón. No promete felicidad: promete forma.

Después quedan los sarmientos. Amontonados, secos, humildes. Lo que hace un rato era parte de la planta pasa a ser resto, gavilla, lumbre, humo futuro. También en eso hay una lección rural: casi nada desaparece del todo; cambia de oficio. La rama que ya no servía para dar fruto puede servir para encender una candela, para calentar una cocina, para perfumar una brasa. El campo no idealiza el reciclaje. Lo practica desde antes de que tuviera nombre moderno.

Conviene no convertir la poda en metáfora demasiado limpia. Quien ha podado sabe que también hay error. Se corta de más, se corta de menos, se duda, se aprende mirando a otro, se carga el cuerpo de repetir el mismo gesto cientos de veces. No hay sabiduría instantánea. Hay oficio. Y el oficio es una memoria que baja a la mano.

En el Diccionario sentimental de campo, poda debería ser una palabra de renuncia fértil. No porque todo corte salve, sino porque algunas vidas, algunas viñas y algunas escrituras solo empiezan a tomar forma cuando alguien se atreve a quitar lo que sobra. El sentimentalismo diría que todo brote merece seguir. La viña, que es menos ingenua, contesta que no.

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