Un melón partido en el suelo en Alcázar de San Juan, Castilla-La Mancha (España)
Por qué los agricultores tiran sus productos y no los regalan cuando les pagan por debajo del coste
Cebollas, patatas, sandías, tomates: son varias y muy diferentes las producciones que en las últimas semanas han acabado perdidas
Las imágenes de agrarios que optan por no recolectar el fruto de su trabajo se han convertido en habituales en España.
La decisión responde a una cuestión estrictamente económica. Los productores que no obtienen un precio justo por sus cosechas, que les permita cubrir gastos y gozar de cierto margen, eligen esta alternativa para tratar de amortiguar unas pérdidas que de continuarse acabarán con su forma de vida.
Estas acciones resultan muy impactantes para el ciudadano medio que desconoce cómo se configuran las cotizaciones en el campo y los desembolsos asociados a este tipo de actividades.
Cebollas, patatas, sandías, tomates... son varias y muy diferentes las producciones que en las últimas semanas han acabado perdidas por un problema común: la falta de valor en origen.
«Esto es una pena. Que yo te haga arrancar estos tomates… Mirad qué calidad. Que yo tenga que arrancarlos porque me dan una miseria por ellos. Es que no me entra la cabeza», señala desesperado un agricultor de tomates desde una explotación bajo invernadero en Almería, zona desde la que se exportan frutas y hortalizas a más de 50 países.
El agrario denuncia la presión asfixiante que ejerce la industria, a la que reprocha que aprovecha las dificultades para dar salida a la producción –y el carácter perecedero de la misma– para hundir el precio: «Luego vas a un supermercado o una tienda y los tomates están carísimos. Pero a mí, este 19 de junio, me los pagaron a 0,26 euros por kilo. ¿Tú crees que yo puedo asumir todos los costes que conlleva cultivar tomates y la mano de obra con 0,26 euros por kilo? Es que estoy poniendo dinero de mi bolsillo. Es que no paro de poner dinero. Y esto la solución es arrancarlos también. Los voy a arrancar y punto», asevera.
Las reacciones a este tipo de publicaciones apuntan en la mayoría de casos a buscar un método para encontrar destino a las producciones. De hecho, muchas personas incluso reprochan a los agricultores que tiren el fruto de su trabajo antes de regalarlo o intentar venderlo directamente al consumidor, que se postula para ir a las explotaciones a por los alimentos. Estas intentonas omiten la realidad: se trata de cantidades industriales, toneladas de fruta o verdura que en caso de recogerse elevaría aún más las pérdidas para los productores, tanto en la cuenta de resultados como en tiempo.
Uno de los argumentos que defienden algunos es que si los agricultores regalan sus cosechas alimentan a la gente, perjudican a la industria que les aprieta y evitan el desperdicio de comida; sin embargo, este razonamiento desconoce dos grandes obstáculos: el precio de recolección y la logística que requiere.
Según un informe sobre los costes de producción en la mandarina elaborado por la Junta de Andalucía, la diferencia entre recoger o no la fruta es de unos 3.700 euros por hectárea. «No se hace más porque hay gastos logísticos muy caros», apunta el popular olivarero Fernando Giraldo, conocido en redes como @Tomy_Rohde, en respuesta a un usuario que criticaba cuando los agricultores deciden no recoger su cosecha.
«Y por último, hay una ley que dice que está prohibido vender por debajo del coste, por lo que regalar una producción es ilegal», asevera el productor andaluz, que reivindica la correcta aplicación de Ley de la Cadena Alimentaria, cuya modificación implementada en 2021 prohíbe la venta a pérdidas.