Los guiris

Ricardo Medem había cazado medio mundo bajo la advocación de su amigo Valentín Madariaga. Ambos ganarían el Weatherby. Explotó el aspecto comercial de la caza. Creó Cazatur, Caza y turismo. Consiguió atraer a cientos de extranjeros a cazar y disfrutar de nuestra forma de vida y nuestra cultura. Todos quedaron fascinadísimos. Convirtió nuestro país en destino preferente y un referente en la caza internacional.

Ilustración caza

Ilustración cazaBarca

Queridos Incautos: Ricardo «Ricky» y su hermano Roberto «Bobby» pertenecían a una familia de origen alemán. Ambos representaban el emprendimiento y el éxito empresarial, y eran padres de familia numerosa, de aquellas que fueron el orgullo de España. Ricky se interesó por los safaris. Y Bobby por las perdices, donde hoy triunfa su hijo, mi buen amigo Javier.

Inventó una figura icónica: el guía. Éramos jóvenes, hablábamos idiomas y mientras estudiábamos una carrera nos escapábamos a cazar. Nos pagaban fenomenal. Así sufragué mi juventud. Conseguí financiarme todo… hasta la carrera.

Fui jefe de Guías. Formábamos una entrañable hermandad donde Ricky era un poco nuestro padre. Forjamos amistades férreas. De hecho, dos de mis mejores amigos casaron con sus hijas. Su socio y mi gran amigo, el llorado Javier López de Ceballos, a quien tantos lazos me unían, me contrató. Él traía a cazar europeos y Ricky americanos. Recogíamos al cliente en el aeropuerto, y lo llevábamos por toda España. Los rebecos en los Pirineos y el Cantábrico, las cabras de Gredos, Ronda o Beceite, y los venados gamos y muflones en las fincas madres. «El Castaño» y «las Arripas» que eran la base de operaciones.

Nuestros viajes tenían mil vicisitudes y aventuras. Entre el cliente y el guía se establecía una relación magnificada por el sentimiento paternal. Les encantaba nuestra educación, audacia, y resolución. Éramos un poco los hijos que les hubiera encantado tener. Muchos se convirtieron en buenísimos amigos que perduraron para siempre y formarían una importante parte de nuestras vidas.

Llegando a Barajas nos colábamos en la T1 que era lo único que entonces existía. Luego llegaría la T2. Eran inconfundibles. Somnolientos, pasados de kilos, y estrafalariamente vestidos. Ella una adorable y devota ama de casa. Les ayudábamos con el papeleo de las armas, cosa que la Guardia Civil agradecía pues andaban muy cortitos de inglés. El desafío empezaba logrando acoplar en nuestros pequeños coches todo el equipaje. Él, de copiloto y la señora detrás medio asfixiada entre maletas. Íbamos directamente a aquella oficina de la calle Velázquez.

Ricky les recibía obsequioso. Nunca conocí a nadie con tal carisma en el trato. Les convencíamos para dejar el 75 por ciento de los bultos allí. No necesitábamos las tiendas de campaña, los sacos de dormir, los botiquines, las latas de comida. Para su sorpresa en España había neveras y calefacción. También dejamos mil cosas más incluidos sus espantosos smokings color celeste, que solo usaban si había una gran cena en Madrid al final de la cacería.

Partíamos jubilosos hacia una reserva de caza. Al principio aterrados. Sus inmensos cadillacs solo podían circular a 60 millas que eran 90 por hora. Y nosotros no bajábamos de 130. Luego se relajaban y les encantaba. Invariablemente bonachones, muy trabajadores, y de una incultura que resultaría insultante, si no fuera por su entrañable candidez: «Que simpáticos estos españoles de poner Toledo a su ciudad como nuestro Toledo en Ohio». «¿En España tenéis lavadoras?» «Ese museo de El Prado, ¿es de ciencias naturales? Es que no nos interesan los cuadros»…

Sacábamos fotos como Ricky nos había enseñado. Siempre de abajo arriba y con un gran angular. Que no se viera sangre. Y que el bicho tuviera el protagonismo

Improvisábamos alojamiento y comidas por el camino. Localizábamos al guarda con el que cazaríamos. La señora quedaba descansando en el pequeño hotel de montaña. Al alba salíamos. Sudaban cargando sus inmensos macutos. Solo cuando estaban muy cansados se los cogíamos. El agotamiento les hacía transigir. Todos querían gold medal y había… lo que encontrábamos. Su felicidad era máxima. Sacábamos fotos como Ricky nos había enseñado. Siempre de abajo arriba y con un gran angular. Que no se viera sangre. Y que el bicho tuviera el protagonismo.

Entonces empezaban las sorpresas para el guarda. Querían naturalizarlos de pecho. Pero algunos… ¡entero! Y había qué desollarlos. Nos habían enseñado. Era laborioso y concienzudo. Lo envolvíamos bien, y marchábamos hacia nuestro siguiente destino.

Acabábamos en el Castaño o las Arripas. Entregábamos los trofeos que se metían en sal para secar las pieles, que luego se enviarían a su taxidermista. Estábamos deseando llegar. Los clientes se encontraban con otros cazadores y los guías, entre grandes carcajadas nos contábamos nuestras aventuras.

De madrugada salíamos a cazar venados, muflones y gamos, con los guardas. Tenían muchísima experiencia. Aprendí tanto de ellos… Pero estaban muy resabiados: «Ya están con las tontunas del goldmedal ese. El venado es bueno. Dile que lo tire y luego lo medimos.» El americano insistía gold, gold… Y entonces recurríamos a nuestro ingenio. Nos las apañábamos con mil triquiñuelas. Los trofeos los media Ricky por el sistema del SCI que era infinitamente más generoso. Salíamos bien parados.

Era una industria. Teníamos que cazar sí o sí. Los clientes tenían que llevarse sus trofeos del modo más satisfactorio y eficaz. Detrás venían otros. Luego, Ricardo, el gran maestro, con su arrolladora simpatía y su carisma todo los solucionaba. Si había alguna pega le convencía para cazar un segundo animal en un «special prize». A nosotros nos daban una comisión por bichos extra, el americano como loco, y todos encantados.

El viaje terminaba en Madrid. Allí íbamos a cenar a un restaurante buenísimo. Nos encantaba pedir cosas que a ellos les sorprendían muchísimo. Como angulas o percebes. Una vez que las probaban les encantaban.

Por fin la despedida, se escapaban algunas lágrimas. Tras un enorme abrazo, nos daban una propinaza que hacía temblar las paredes. Ellos marchaban con la mejor aventura de caza de su existencia. Y nosotros quedábamos con una maravillosa experiencia, y unos amigos de por vida, que luego nos invitaba a visitarles en USA.

Pero sobre todo, unos recuerdos inolvidables que forjaron nuestro espíritu. Y mil aventuras que os contaré en otros capítulos.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero

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