Julio Llorente, autor de 'El sentido del campo'

Julio Llorente, autor de 'El sentido del campo'Manuel Herráez

Entrevista

Julio Llorente: «El declive del campo es el declive de toda la comunidad política»

El autor de El sentido del campo (Deusto) defiende que sin agricultura no hay civilización y sin cultivo no hay cultura

El despertar del campo no es exclusivo de agricultores y ganaderos, ni siquiera de hombres y mujeres de pueblo. La brecha entre el campo y la ciudad es tal que, incluso urbanitas a los que se presupone totalmente ajenos a lo rural, empujan para volver a acercar la urbe al origen.

Allí, en las poblaciones más pequeñas, donde uno conoce a la abuela del amigo, al primo de la vecina, a los panaderos, al tipo de las chapuzas o a la señora del bar, se mantiene una esencia que anhela alguien que identifica su único vínculo directo con la agricultura y la ganadería en su bisabuelo, el que «tenía vacas en Guarnizo (Cantabria)», celebra en conversación con El Debate Julio Llorente, autor de El sentido del campo (Deusto).

«Este libro, que tiene algo de canto, nace de la indignación ante el trato que están dispensando las instituciones y los gobiernos europeos a los agricultores. Hoy, nuestro campo, nuestros agricultores y nuestros ganaderos están padeciendo los estragos de una política injusta en el mejor de los casos y criminal en el peor», destaca el periodista, escritor y editor, que desde la lejanía que le da pertenecer a una familia burguesa del madrileño barrio de Chamartín desarrolla este ensayo filosófico contra el ecologismo de ciudad.

Llorente parte de la premisa de que el problema agrario no está únicamente circunscrito al mundo rural, sino que concierne a la comunidad política en su conjunto, al considerar que de esta vida depende la del resto del país: «El mejor modo de conocer el campo es trabajarlo, aunque la distancia brinda determinadas ventajas. Dice Baltasar Gracián que la distancia purifica aquellos defectos que a la presencia resultan intolerables. Pues esta es un poco la idea que motiva el libro. De algún modo, la distancia me permite aprender la esencia de la agricultura».

Esta naturaleza agrícola en el humano que reivindica el autor invade el texto frente al ecologismo «de ciudad y aspaventero» que condena: «El problema del ecologismo imperante es que tiene una concepción demasiado optimista de la naturaleza y demasiado pesimista del hombre. El ecologista de ciudad obvia que la naturaleza también es conflictiva y piensa que toda intervención humana es de por sí misma corruptora. El ecologista soslaya la realidad de que el hombre puede mantener una relación ordenada, amorosa y cuidadosa con la naturaleza».

Julio Llorente, autor de 'El sentido del campo', entrevistado en la sede de El Debate

Julio Llorente, autor de 'El sentido del campo', entrevistado en la sede de El DebateManuel Herráez

La necesidad de la vigencia de las labores agrarias en la sociedad salpica cada una de las páginas de El sentido del campo, cuyo título va acompañado del subtítulo 'Por qué no habrá cultura sin agricultura', que muestra la intención de Llorente de defender que la dimensión del campo está por encima del aporte al tejido económico y productivo: «La ciudad se sostiene en dones que no dependen de sí misma y cuya sede son los pueblos. La distancia entre pueblo y ciudad se explica por la ficción en la que viven las personas que habitan las urbes».

Una idea distorsionada que cree en un control absoluto de la realidad, incluso con independencia de los fenómenos naturales, y en la que se da por sentada la autosuficiencia, empuja la pluma de Llorente: «El hombre de campo sabe que su existencia depende en último término de dones que no puede controlar. De dones ante los que solo cabe la gratitud o la súplica. El urbanita ha olvidado esa realidad porque vive la ficción de una autosuficiencia».

Agricultura familiar frente a agroindustria, el desprecio a echar raíces, el abrazo a la multinacional que repliega la cultura o el lamento sobre el que elige una vida pacífica son algunos de los planteamientos en los que el autor arde en defensa del campo y su relación con el hombre: «En las grandes ciudades constatamos un declive de la cultura en una homogeneización y uniformización crecientes. Las grandes urbes cada vez se parecen más entre sí; las diferencias se difuminan».

La muerte de la agricultura conduce a la agonía de la cultura, concluye Llorente, que insiste en que «el declive del campo es el declive de toda la comunidad política». «La agricultura propició el asentamiento y el asentamiento propició la civilización, una especie de abundancia. Como el hombre ya no estaba preocupado de proveerse de lo fundamental para la subsistencia, pudo empezar a desbordar el ámbito de la subsistencia. Ahí nace la cultura», afirma el escritor, que recalca que «la cultura global no es cultura», ya que la cultura siempre ha estado vinculada a un espacio, a una tradición y unas costumbres, igual que la agricultura y la ganadería.

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