Dios está con nosotros
Estoy impasible, hasta sonriente. Mi acompañante me mira, intentando atisbar un halo de desesperación. Le contesto relajado, camuflando mis nervios. Dios está con nosotros. Hoy va a ser un gran día de caza
Día de caza
Estaba la tarde movida. Lo noté cuando al salir de casa vi a las vacas tendidas en mitad de la raña; viene agua y tormenta. Se echan barriga a tierra cuando barruntan los cambios de presión. A mí me duele la cabeza y me pica la cicatriz que tengo en la espalda de cuando me quebré tres costillas domando un potro. No falla. Y hoy es un día importante. Porque estamos vivos. Porque la vida hay que exprimirla. Porque viene uno de esos que trae una corte de cortesanos.
Nos caímos bien desde el principio. Daba la mano fuerte y miraba a los ojos. Sonreía. Venía cansado de un largo viaje. Emocionado por la caza. Miraba al cielo algo preocupado; hablaba con su asistente. Hace mala tarde. Todos asentían. Pero no le convencía ninguno de sus acólitos. Clavó sus ojos en mí y me preguntó. Mi respuesta fue directa: hace una tarde perfecta porque hoy estamos vivos y vamos a sacarle un tango a estos montes. Quizá estaba esperando una dosis de realidad. No quiere que le bailen el agua, quiere que se le diga la verdad, sin paños calientes. Hablan entre ellos, los veo discutir. No, no es prudente, no puede ir usted solo -le dicen-. Se revuelve. Veo que fija en mi todas sus atenciones. No les entiendo. O quizás sí. Me voy con este tipo, el de las patillas. Nadie más nos acompaña. Vengo a cazar y a cazar vamos. Si hay tormenta como si hace sol. Busca mi amparo y me lanza: ¿verdad que no hay problema en que vayamos solos? Es una responsabilidad, lo sé. Sonrío. De los cobardes nunca se ha escrito. Su equipo de seguridad espera que yo amague, que de un paso al lado, que diga eso de «si algo ocurre…» pero no. Soy español y estoy en España. Sube al coche y no perdamos más el tiempo. Y vosotros -el séquito de pajes- tomaos una tila que estáis bajo nuestra protección. Nos gateamos al coche. Disimuladamente beso el rosario que llevo al cuello y un escapulario que agarra mi muñeca regalo de mi amiga Sandra Hinojosa. Calma. Todo saldrá bien. Hace una tarde de tormenta… pega el aire y amenaza con llover. Miro sereno mientras doy al limpia. Abandonamos el lugar ante la mirada de todo el equipo de seguridad. Estoy impasible, hasta sonriente. Mi acompañante me mira, intentando atisbar un halo de desesperación. Le contesto relajado, camuflando mis nervios. Dios está con nosotros. Hoy va a ser un gran día de caza.
No sé dónde está el macho, pero con este tiempo y estas hembras, me juego las patillas a que no anda lejos un buen ejemplar
Llego a los páramos. Los páramos ahora no son refugio. Pero hay algunas chaparreras que albergan gamos de buen porte. Estamos en terreno abierto. Nos apeamos. Tenemos el aire de cara, sesgado. Ahora no llueve. Camino derecho a una rastrojera. No soy yo, es mi instinto quien me lleva. Mi amigo me sigue. Avanzamos un buen trecho. En mitad del chaparral se abre una plaza de avena segada tiempo atrás. Hay un grupo de gamas echadas. Están tranquilas. No nos han percibido. Son hembras –me dice–, no hay ningún macho entre ellas. Comparto mi pensamiento: ¿recuerdas cuando ibas a una discoteca y veías a un grupo de chicas guapas bailando? Siempre hay en la barra o en el entorno un par de mozos vigilando y cuidando el redil… Esto es lo mismo.
No sé dónde está el macho, pero con este tiempo y estas hembras, me juego las patillas a que no anda lejos un buen ejemplar… ¡Bingo! A pocos metros, en mitad de unas carrascas, dos gamos adultos sesteaban camuflados entre las ramas. Son buenos. Uno es soberbio. Comienza a llover. Calma. Nada de mover manos ni aspavientos. Ahora nos fundimos con el entorno, sigilosos. Somos lobos que se deslizan pocos metros buscando tener en la espalda vegetación para que nuestra figura no haga viso contra el cielo. Nos hemos arrimado hasta el límite. No es prudente acercarse más. Le doy apoyo con la horquilla. El cazador está tranquilo. Hay dos, cuál te gusta más. Primero el de la izquierda y luego el de la derecha. Así, sin anestesia. Le veo muy capaz. Espera mi orden. En cuanto se levante el segundo animal, en ese momento se estirará después de estar tanto tiempo echado. Arqueará el espinazo, levantará la grupa para luego levantar las agujas. Ahí se sacudirá la lluvia. Es el momento. Dicho y hecho. El animal hace lo propio. Tengo mi escapulario junto a mi cara pues estoy mirando con los prismáticos… Lo beso de nuevo y susurro: Dios está con nosotros…
Doblete de gamos
Fueron dos trallazos seguidos, hilados, enraberados… Fueron las notas de una partitura en el réquiem de una trágica función. Los dos machos han quedado de pie, inmóviles, tambaleándose. Justo empieza de nuevo a llover. El cazador no separa la cara del rifle. Ordeno recargar y silencio absoluto. Están a punto de caer, o quizás no. Ahora sí me palpita el corazón. A lo lejos suena un rayo. Se palpa la tensión…
Caminamos de regreso a casa. Mi amigo va feliz y no cabe en sí de gozo. Ha logrado una hazaña en mitad de una tormenta con dos gamos de máximo nivel. Está a punto de anochecer cuando una piara de cochinos escandalea en unos girasoles a nuestra derecha. Nos miramos cómplices mientras compruebo que el aire –de nuevo– nos viene de cara. Mi amigo pone su mano en mi hombro para mantenerse cerca y acompasar nuestro avance. Me susurra en perfecto español justo antes de quedarnos mudos dirigiendo nuestros pasos hasta la piara: Dios está con nosotros…