07 de octubre de 2022

Pogacar y Vingegaard, durante una etapa del pasado Tour

Pogacar y Vingegaard, durante una etapa del pasado TourRTVE

La semana de la tele

El Tour y la sagrada siesta

Dormir media horita durante la retransmisión no solo no es delito sino que permite afrontar los últimos kilómetros con la tête despejada

Vaya por delante que el arriba firmante es un gran seguidor del Tour desde los años 80, pero ello no impide reconocer que dormir media horita durante la retransmisión no solo no es delito sino que permite afrontar los últimos kilómetros con la tête despejada y, por tanto, disfrutar con más intensidad y más fresco del desenlace.
El caso es que se acabó el Tour de Francia el pasado domingo y con el final de la «ronda gala» temimos por nuestras siestas, que siempre son mucho más agradables con el epa-tante paisaje francés de fondo y los esforzados de la ruta recorriendo kilómetros mientras tú buscas un centímetro más de sofá compitiendo contra la parienta y la prole. Pero este año se han sacado de la manga una versión femenina y esta prórroga nos ha venido estupendamente. Lástima que se acabe ya hoy domingo.
Dicen que no somos europeos con esto de la siesta, pero eso no es así. Anduve con la mosca detrás de la oreja con este asunto durante muchos años, porque no entendía cómo los alemanes seguidores de Ullrich o los italianos fans de Bugno, Chiappucci o Pantani conseguían permanecer despiertos viendo una contrarreloj individual llana de 64 kilómetros mientras más de la mitad de los españoles (es una estimación a ojo de mal cubero) nos dormíamos aunque Indurain volase hacia la victoria. A comienzos del presente siglo nos llegó la respuesta vía estudio de la revista científica Neurology. Nos venía a decir que lo de la siesta española tampoco era para tanto, que de hecho nos superaban en esta práctica los alemanes, los italianos y los británicos, que sus buenas cabezadas se habrán pegado en los últimos años con Wiggins y Froome, corredores sustancialmente más aburridos que todos los citados con anterioridad.
Los entendemos. Vaya si los entendemos. En España, el héroe deportivo del verano ha sido Trigueros, mediocentro del futbolístico Villarreal quien, mientras el 99% de sus compañeros de profesión presumían en Instagram de vacaciones con una rubia en un rincón paradisíaco, nos mostró una estampa que habría seducido a Bigas Luna: una copa, una botella de Viña Altamira y un plato de cocido en primer término, todos ellos bien colocados sobre un clásico mantel de cuadros, y él sonriente al fondo, feliz en su normalidad. Que después de este atípico posado se echó una siesta de campeonato ni computa.

La imagen deportiva del verano

El bodegón de Trigueros apretándose un cocido en plena canícula es sin duda la imagen deportiva del verano junto a la de Vingegaard destrozando a Pogacar en el Col du Granon, la mejor etapa del Tour en años y la que más tiempo me ha conseguido tener despierto en décadas. Algún día las audiencias se computarán de un modo más sofisticado desde el punto de vista técnico y estamos seguros de que en las del Tour, las de Masterchef y las de Supervivientes se diferenciará entre tiempo dormido y tiempo despierto, y habrá hasta un «minuto de oro» del sueño.
No podemos dejar de hablar del Tour sin hacer un guiño a sus comentaristas. Todos los que hemos ejercido el periodismo deportivo y hemos llenado una página de periódico con un esguince de tobillo del lateral derecho suplente sabemos valorar más que nadie el extraordinario mérito de esa gente para rellenar horas y horas en las que no pasa absolutamente nada. Sin ningún tipo de fidelidad, hemos hecho zapping entre el equipo Eurosport (Javier Ares, Alberto Contador y Juan Antonio Flecha) y el team RTVE (Carlos de Andrés y Pedro Delgado). En mi clasificación particular, han ganado estos últimos, por pura nostalgia, porque uno escucha Perico Delgado y evoca aquellos veranos de helado Camy y bañador Meyba de la infancia en los que el segoviano te levantaba de la silla del chiringuito con sus ataques montañosos.
Y no solo debemos eso a Perico. Sino nuestros primeros Tour televisivos, aquellos en los que teníamos una edad que no demandaba siesta.
Porque alguien podría pensar que la Grande Boucle lleva fomentando la siesta de toda la vida, o al menos desde que la tele se popularizó y dejó de ser un objeto de lujo. Pues no. Fue un miércoles 20 de julio de 1983 –lo he investigado– cuando RTVE empezó a dar finales de etapa de la ronda gala, que había comenzado el 1 de julio sin un favorito claro por la ausencia del gran Bernard Hinault. ¿Qué motivó el cambio? Pues la gran actuación del Reynolds (hoy Movistar, antaño Banesto y casi siempre «el equipo navarro» para Butano), con Ángel Arroyo y Perico Delgado a la cabeza. Hasta entonces, habíamos alimentado nuestras ansias de información con los periódicos deportivos y, en caso de hazaña, con los últimos minutos del Telediario, que nos regalaban, si había suerte, algunos segundos de la etapa del día. Arroyo y Perico lo cambiaron todo en aquel año 83, año I después de la muerte de Chanquete.

El final de 'Supervivientes'

También resulta difícil resistirse a Morfeo cuando toca ver Supervivientes. En este caso se combinan dos factores: que finaliza a una hora solo apta para parados y/o personal de vacaciones, y la trama en sí, que tras más de veinte años no da mucho de sí. En la final del pasado jueves el chicle se estiró hasta las dos de la madrugada, a base de pruebas mani-das y televotaciones encadenadas. Hasta Jorge Javier Vázquez (JJ) se perdió con ese confuso mecanismo, y hubo un momento en que dudó que se estaba votando.
Hemos de confesar que dio tiempo a echar alguna cabezadita durante una gala en la que el presentador, ahora firme aliado de Rocío Carrasco, vistió un traje fucsia en homenaje a la hija de La más grande y en colorista desafío a Olga Moreno, que en calidad de ganadora del año anterior tenía derecho a entregar el cheque al vencedor del 2002, pero declinó su asistencia porque JJ, de un tiempo a esta parte, le repele.
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