Julio Rodríguez, hermano del autor del asesinato, en un plano del documental Santoalla
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El sangriento enfrentamiento entre dos familias por unos lindes que inspiró 'As bestas'
El documental Santoalla reconstruye, a través de la mirada de su viuda, el caso que desembocó en el asesinato de un holandés
«Martin pensaba que habíamos encontrado el lugar perfecto». Así arranca Santoalla, un magnífico documental que reconstruye el enfrentamiento entre las dos únicas familias de una aldea gallega del municipio de Petín que desembocó en la desaparición y asesinato del holandés Martin Verfondern. Lo hace fundamentalmente, aunque hay más personajes, a través de la mirada de su viuda, Margo Pool.
La buena respuesta en taquilla y la cascada de nominaciones al Goya recibidos por la película As bestas ha reavivado el interés por este crimen, y de ello se ha beneficiado también Santoalla, estrenado en 2017 y que se puede ver en Amazon Prime Video.
El lugar perfecto
Al que Martin consideraba «el lugar perfecto» llegaron tras vender sus casas en Holanda, donde se conocieron protestando contra el derribo de un barrio tradicional para levantar viviendas de lujo, y viajar dos años por el mundo. Tenían claro que querían vivir en la naturaleza, pero no sabían dónde. La respuesta llegó un día que tomaron un desvío de una carretera y otearon, en la bajo de un valle, Santoalla do Monte. Allí decidieron echar raíces. Corría 1997. Compraron una casa en ruinas y empezaron a reconstruirla. En su país, él se dedicaba la impresión y ella trabajaba en una oficina, así que tuvieron que aprender todo in situ sobre el cuidado del huerto y de los animales.
Cuando llegaron ya había una casa habitada. En el número 26 residían Jovita, su marido Manuel Rodríguez O Gafas y sus hijos Julio y Juan Carlos, éste último discapacitado. En principio, los forasteros fueron bien recibidos, especialmente por Julio. «Los primeros años fuimos muy muy felices. Pero después las cosas empezaron a cambiar muy rápido», recuerda Margo en el documental.
El holandés era un manitas que quería dejar el pueblo bonito. Pero a cada paso que daba, surgían «un montón de problemas». Los ponía la otra familia. «El viejo vecino que vive arriba, Manolo, se cree el jefe del pueblo», denuncia Martin en unas imágenes grabadas a comienzos de siglo.
La semilla del mal
Las relaciones se tensaron más cuando los forasteros empezaron a reclamar sus derechos a explotar el monte comunal. «Los lindes. Como siempre», dice Margo cuando se alude al tema de las divisiones del campo, foco habitual de problemas en Galicia. Fue el origen del crimen. A partir de ese momento la semilla del mal empezó a crecer. El holandés empezó a grabar su día a día, a documentar sus constantes roces con la familia Rodríguez. El problema lo resume Jovita, matriarca en el documental con una frase: «Hacían lo que querían y en un pueblo tienes que hacer lo que haga el vecino». Y aquellos forasteros no lo hacían.
Un juzgado falló a favor de los holandeses por la disputa del monte comunal. Fue un 4 de diciembre de 2009. El 16 de enero de 2010, Martin, que había salido de casa en su Chevrolet Blazer con intención de hacer unos recados, desapareció.
El inicio del rodaje
Tres años después de esa desaparición, en 2013, empezó el rodaje de Santoalla, dirigido por los norteamericanos Daniel Mehrer y Andrew Becker. ¿Qué pintan dos ciudadanos del otro lado del charco contando un turbio asunto del rural gallego? La respuesta es sorprendente. Paul, hermano de Daniel, se anotó para trabajar como voluntario en la granja agrícola-ecológica de Martin y Margo, pero tuvo la mala suerte de llegar a la aldea justo el día de la desaparición del primero. Permaneció diez días en Santoalla, jornadas de búsqueda intensa y emociones disparadas. Al regresar se lo contó todo a Daniel. Y ahí nació el documental.
Margo Pool es el principal personaje, pero también hablan los miembros de la familia rival, especialmente la madre y Julio. Durante el rodaje, que se extendió hasta 2016, el caso se resolvió.
En junio 2014, en un paraje de acceso situado a doce kilómetros de Santoalla, apareció el Chevrolet Blazer de Martin, quemado, y su cráneo. En noviembre de ese año, Juan Carlos, el hermano con discapacidad psíquica, fue arrestado como autor del asesinato. Confesó que tras una breve discusión en la que acusó de conducción temeraria al holandés, le disparó a través de la ventanilla. Martin murió en el acto. Él y su hermano se llevaron el coche y el cadáver a un remoto paraje.
Vista aérea de Santoalla
La justicia condenó a Juan Carlos a diez años y medio de prisión y a mantenerse alejado de la viuda durante 11 años y cinco meses tras salir de prisión. Julio quedó en libertad, eximido de responsabilidad penal porque al que encubrió era un familiar directo.
Epílogo
En Santoalla ahora vive una única persona: Margo. La misma que ha enterrado en el campo que hay a las puertas de su casa los restos de su pareja que le entregaron en una pequeña caja de cartón. Se niega a irse. «No solo perdería a Martin, porque su espíritu está aquí, sino nuestro sueño».