Veronica Lake, en una imagen de los años 40
Cine
Veronica Lake, la triste historia de la estrella de cine que lo perdió todo al cortarse el pelo
La actriz neoyorquina se hizo famosa por su corte de pelo y cuando este cambió, se hundió su carrera
Hay pocas historias en las profundidades del cine clásico más tristes y crueles que la de Veronica Lake, perfecto ejemplo de cuán despiadada podía ser la industria de Hollywood que, a la misma velocidad que la elevó como la más rutilante de las estrellas de la década de los 40, la abandonó a su suerte en la de los 50.
Siempre hubo cierto misterio en torno a su fecha de nacimiento, un ardid urdido por su madre que quería convertirla en estrella a toda costa. Y las estrellas, por supuesto, eran siempre jóvenes. Lo cierto es que Constante Ockleman nació en Nueva York en 1922 y que llegó a Hollywood en el 38 con el objetivo de triunfar en el cine. Unos cuantos concursos de belleza ganados la llevaron a debutar en películas menores hasta que en 1941 consiguió un contrato con la Paramount de 750 dólares a la semana.
Veronica Lake protagonizó Me casé con una bruja junto a Fredric March
La leyenda de Veronica Lake comenzó cuando un productor de los estudios vio unas pruebas de cámara de la actriz en que su espesa melena caía accidentalmente sobre uno de sus ojos. A partir de ese momento, decidieron que aquella rubia misteriosa con un mechón de su pelo ocultando parte de su rostro iba a ser la imagen de la Paramount para lo que, además, le cambiaron el nombre por uno que sugiriera, al mismo tiempo, la belleza clásica y la gelidez de un lago suizo. Marketing puro.
Su paso por el cine se dividió en dos grandes bloques: las comedias y el noir. A las primeras corresponden algunas películas importantes como Los viajes de Sullivan (1941) o Me casé con una bruja (1942) y, a las segundas, algunas joyas del cine negro que fueron un éxito como El cuervo (1942), La llave de cristal (1942) o La dalia azul (1946), las tres con Alan Ladd, que la detestaba. En esos años trabajó con Claudette Colbert, Paulette Goddard, Bing Crosby, Fredric March, Bob Hope, Fred MacMurray, Charles Boyer, Olivia de Havilland, William Holden y Joel McCrea, pero sus actuaciones estaban casi siempre por debajo de las de sus compañeros. No era una gran actriz, pero era tan bella, tenía una voz tan profunda y una mirada tan lánguida que todo valía la pena.
Llevaba cinco años en Hollywood trabajando incansablemente y logrando importantes éxitos, ganaba 5.000 dólares a la semana, llenaba portadas de revistas de cine y de moda y se había convertido en un fenómeno entre las jóvenes norteamericanas gracias a su peinado, conocido como el peek-a-boo-bang. Veronica Lake era una estrella indiscutible.
Pero en 1943 comenzó la pesadilla. El Ministerio de la Guerra solicitó a la Paramount que obligara a la señorita Lake a peinarse de otra manera, pues las mujeres que trabajan en las fábricas de armamento llevaban el pelo como ella, no veían bien la maquinaria y estaba saliendo material defectuoso. Obligada por el estudio protagonizó una campaña de publicidad en que se recogía el pelo y meses después fue también empujada a cortárselo. Y esa melena, esa misma melena que la convirtió en estrella, acabó con ella.
Veronica Lake
La Veronica Lake con el pelo retirado de la cara no gustó y su popularidad y su fama se hundieron. A medida que avanzaba la década sus papeles eran cada vez menores, su salario descendió y ella, desesperada, enfurecida y frustrada se presentaba ebria a los rodajes. Algunas de sus películas aún fueron bien, pero ella, sencillamente, dejó de estar de moda. En 1948, la compañía rescindió su contrato y en 1950, con 28 años, arruinada, alcoholizada, con un desequilibrio mental diagnosticado, tres hijos, una denuncia de su madre por abandono y el fracaso estrepitoso de su última película, Misión peligrosa, Constante Ockleman dice adiós a Hollywood y a Veronica Lake.
Durante los siguientes veinte años sobrevivió como pudo en el género ínfimo y apareciendo en papeles menores en alguna serie de televisión mientras alternaba aquellas pequeñas reapariciones bajo los focos con trabajos de todo tipo: una fábrica de perchas, un motel, una coctelería neoyorkina y varios grandes almacenes. Algunos le decían que se parecía a una antigua estrella de cine lo que la hundía cada vez más. Entre borracheras, despilfarros, detenciones por escándalo público, disputas familiares, varios ingresos en instituciones mentales y un tercer divorcio decidió logró escribir y publicar sus memorias en 1970. El libro fue un éxito de ventas y algunos intentaron desenterrarla del olvido. Ella misma invirtió el dinero que ganó con su autobiografía en producir y protagonizar una película de terror de serie B, Flesh feast, casi vergonzante.
Todo fue inútil. Veronica Lake murió sola de cirrosis en un motel de carretera en 1973. Tenía 50 años. Aquella joya indiscutible del cine negro, la femme fatale misteriosa que debía parecer siempre fría, joven y distante, resultó ser una mujer desgraciada y deprimida a la que la industria del cine, como ha hecho tantas veces, dejó de lado cuando dejó de ser rentable. Su leyenda demuestra lo efímero de la fama y cómo se puede se puede pasar de la gloria al ocaso por un sencillo mechón de pelo.