Robert Altman, durante el rodaje de la película Vuelve a la tienda de baratijas, Jimmy Dean
Cine
Robert Altman, el director anti Hollywood: «No hay ningún cineasta con más suerte que yo, hice lo que quise»
El director de M*A*S*H* y Gosford Park, con fama de inconformista y de rebelde, y que nunca dejó de trabajar, nació hace ahora 100 años y falleció en 2006
Tenía mala fama entre los productores y los distribuidores por no mirar el presupuesto ni la duración de sus películas, y magnífica entre los actores porque era con ellos entrañable y les dejaba improvisar. Robert Altman conoció la gloria, descendió a los infiernos y resurgió exultante de sus propias cenizas como si de una historia de película se tratara. Una historia que empezó hace 100 años.
De educación estricta y ascendencia alemana e irlandesa, su padre había cambiado el apellido familiar de Altmann a Altman para que no sonara tan alemán en una América entre guerras. Había estudiado en varias escuelas católicas antes de ingresar en las Fuerzas Aéreas con quien combatió en la Segunda Guerra Mundial en Europa para, en 1947, recalar en Hollywood con el firme convencimiento de dedicarse al cine.
Se estrenó primero rodando capítulos de Bonanza, Encrucijada y Alfred Hitchcock presenta, donde dio muestras evidentísimas de su talento para rodar, hasta que logró debutar como director en solitario en 1969 con Aquel día en el frío parque. Y ya entonces revelaba uno de los elementos que definirían su estilo y era su empeño en captar a los actores de la manera más naturalista y realista posible, algo que desarrollaría también con el uso de las grabadoras de ocho pistas, lo que le permitía crear ambientes realistas llenos de vida, su eterna obsesión.
Todo ello le permitió rodar con mayor libertad los guiones que se convertirían en su segunda gran seña de identidad: las películas corales. En 1970, Altman estrena M*A*S*H*, adaptación de la novela de Richard Hooker, sobre la vida de dos cirujanos en la guerra de Corea que, con un tono afable, casi de comedia, es capaz de mostrar el modo en que ellos y su equipo de enfermeras sobrellevan los sinsabores del conflicto. Unas inmensas críticas, una taquilla favorable y la Palma de Oro del Festival de Cannes, el Globo de Oro a la mejor película y el Oscar al mejor guion adaptado pusieron a Robert Altman en el mapa.
En aquellos años de plena popularidad y creatividad rodaría Los vividores (1971), Imágenes (1972), Un largo adiós (1973), California Split (1974), Buffalo Bill y los indios (1976) o Quinteto (1979), casi todas bien en taquilla y casi todas con grandes estrellas, desde Warren Beatty a Paul Newman. Pero su interés seguía estando en las películas de personajes, algo que pudo desarrollar en Ladrones como nosotros (1974), Nashville (1975), Tres mujeres (1977) y Salud (1980).
Robert Altman
Nada hacía pensar que en 1980 conocería uno de los mayores fracasos de su carrera, Popeye, protagonizada por Robin Williams, que tuvo una buena acogida por parte de la prensa, no así por parte del público, que la ninguneó. Esto hizo que las productoras quisieran limitar los movimientos de Altman que, siempre firme, prefirió dejar de trabajar para los grandes estudios que plegarse a las exigencias de la industria.
Y aunque nunca estuvo apartado del oficio, la década de los 80 estuvo marcada por trabajos menores, incluidos documentales, películas canadienses y miniseries de televisión cuando hacer televisión era de directores de segunda. Ya entonces muchos le llamaban el «anti-Hollywood» por no ceder a las presiones de quien, consideraba, nada tenían que ver con el arte. Tal vez por eso su «vuelta» oficiosa al cine fue, precisamente, con una película que mostró sus costuras: El juego de Hollywood (1992), una comedia negra y satírica sobre un asesinato en unos estudios que pasan por una crisis financiera. El resultado: tres nominaciones al Oscar y un montón de llamadas telefónicas que permitieron a Altman seguir trabajando los siguientes diez años, realizando todavía algunas películas magistrales como Vidas cruzadas (1993), cuando no maestras, como Gosford Park (2001). La primera –León de Oro en Venecia– muestra la vida de un heterogéneo grupo de personas en Los Ángeles de manera innovadora, conmovedora casi, cuando no enloquecida y, la segunda, ambientada en la Inglaterra aristocrática de 1932, reúne a señores y criados en torno a una gran mansión durante una cacería. Y una vez más, en ambas, su estudio de personajes mostrado con un estilo limpio, elegante, fluido y de una enorme riqueza visual que va de la mano de la crítica sutil y refinada en torno a los diferentes sistemas de clases. Seguramente son, junto a Nashville, sus películas más depuradas. Las más importantes.
Altman, que murió en 2006 a causa de una leucemia, nunca dejó de trabajar. Después de El juego de Hollywod aún haría Pret-a-porter (1994), Kansas City (1996), Conflicto de intereses (1999), Cookie’s fortune (1999), El Dr. T y las mujeres (2000) y The company (2003). Además, de manera siempre humilde, se alejó de la fama de outsider, rebelde e inconformista que despertó quitando mérito al hecho de que cuando los estudios no le producían sus películas conseguía el dinero necesario para hacerlas: «No creo que haya ningún cineasta vivo, o que haya vivido alguna vez, con más suerte que yo. Nunca me he quedado sin proyecto y siempre ha sido uno de mi propia elección. Así que no sé qué más podría pedir. No me he convertido en un magnate, no construyo castillos ni tengo una gran fortuna personal, pero he podido hacer lo que he querido y lo he hecho mucho».