Grégory Gadebois y Anton Alluin en la película Un buen padre, que se estrena en los cines este viernes 23 de mayo
Crítica de cine
'Un buen padre': una buena historia para un inmerecido final
El guion de la película dirigida por Ronan Tronchot funciona bien, está engrasado y en manos de los actores transmite autenticidad pero el final es impostado
Un sacerdote católico afable y piadoso llamado Simón (Grégory Gadebois) cuida de su feligresía con entrega y devoción. Un buen día aparece en el templo una mujer con un niño de once años, Aloé. Se trata de una mujer con la que Simón tuvo un affaire antes de ser sacerdote, y le comunica que ese niño es hijo suyo. Además le pide que le reconozca legalmente como hijo. Al principio Simón quiere seguir viviendo como si nada, desarrollando un cierto mecanismo de negación, pero pronto se da cuenta de que eso no puede ser así y que debe asumir alguna responsabilidad. Sin embargo no está nada claro que pueda compatibilizar su trabajo pastoral con dedicar tiempo a su hijo. Tarde o temprano tendrá que contarle su situación a su obispo.
Aunque la película plantea un caso poco habitual, lo cierto es que trata de hacer un elogio simultáneo del sacerdocio y de la paternidad. El director francés Ronan Tronchot busca la solución al problema concibiendo el sacerdocio católico como un trabajo cualquiera que puede ser conciliable con la responsabilidad paterna. De hecho, en una determinada escena, propone el sacerdocio ortodoxo o protestante como modelos en los que se pueden vivir ambas vocaciones. Y este es el berenjenal en el que sucumbe la película en los cinco últimos minutos, cayendo en la reivindicación y el adoctrinamiento al espectador. Lo cual es una lástima porque una película que estaba planteada de forma muy sugerente en términos dramáticos, con personajes complejos y humanos, se convierte abruptamente al final en un manifiesto agresivo a favor del celibato opcional o algo parecido.
No falta una ligera crítica al Papa Francisco, al que acusa en cierto modo de ponerse de perfil. El coguionista, Ludovic du Clary, tiene una corta pero interesante trayectoria de dramas humanistas, como El buen maestro (2017) o Souffler plus fort que la mer (2016). El guion funciona bien, está engrasado y en manos de los actores transmite autenticidad. Por ello fastidia aun más si cabe ese final impostado que nos hace sentirnos manipulados.
El actor Grégory Gadebois se ha convertido en los últimos años en un imprescindible de la pantalla francesa. Su físico y talante lleno de bonhomía es perfecto para personajes empáticos y entrañables como es el caso. Está rodeado de unos buenos secundarios, entre los que destaca Anton Alluin, el chaval que interpreta a Aloé y que está lleno de frescura y naturalidad.
Parece que la película se inscribe en esa costumbre de moda de decirle a la Iglesia, desde fuera, por dónde debe ir o qué asuntos se deben incluir en la su agenda. Pero hace falta algo más que una película para cambiar una doctrina avalada por la experiencia de siglos.