Un día en Nueva York
Cine
La primera gran película que se rodó fuera de los estudios de Hollywood
Hasta finales de los años 40 Hollywood apenas llevaba sus rodajes fuera del plató
Al Hollywood de las grandes productoras le costó un mundo salir a rodar en localizaciones, es decir, a grabar escenas en los propios escenarios donde se situaban los guiones. Hasta finales de los 40 apenas se rodaban escenas fuera de los platós. Lo que el viento se llevó (1939), por ejemplo, se rodó prácticamente entera en el interior, salvo algunos cuantos planos que se tomaron en la propia California.
Hasta que comenzaron a buscarse localizaciones sí que se rodaron algunas escenas en exteriores, pero en la ciudad de Los Ángeles. Por ejemplo, la famosísima secuencia del reloj de Harold Lloyd en El hombre mosca (1923), aunque hay serios debates sobre cuál fue el auténtico edificio del que se colgó el cómico.
La escena del teatro de King Kong (1933), aquella en que termina rompiendo las cadenas, se rodó en el Auditorio Shrine de la ciudad californiana. Y algunas tomas de Casablanca (1942) se rodaron en el aeropuerto Van Nuys.
Más «exóticos» son otros dos ejemplos. Trader Horn es una película de 1931 que muy pocos han visto, pero que cuenta con ser la primera producción hollywoodiense no documental en rodarse en la propia África. Por otro lado, Buster Keaton, para su magistral El maquinista de la general (1926) llevó a su equipo de filmación al estado de Oregón.
Pero eran excepciones. Lo habitual, como El mago de Oz (1939), era que se rodasen íntegramente en las propias instalaciones de los grandes estudios, equipados con réplicas de calles y capaces de recrear los más variopintos escenarios. Así, el equipo de Historias de Filadelfia (1940) nunca pasó por la ciudad de Pennsylvania.
Antes de continuar, debemos recordar que, desde La diligencia (1939), John Ford rodó a menudo en Monument Valley, en Arizona, lo que sobre todo demuestra el prestigio del director, capaz de imponerse a las restricciones presupuestarias de los estudios. En cualquier caso, fue más un escenario que una auténtica localización.
Escena de La diligencia
El asunto de los exteriores comenzó a cambiar en los años 40. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria cinematográfica en pleno contribuyó al esfuerzo bélico, numerosas películas rodaron escenas en bases militares estadounidenses. Por ejemplo, parte de Treinta segundos sobre Tokyo (1944) usó imágenes tomadas en Florida y la propia California.
Por razones obvias, y antes de buscar otros lares, si había que rodar en exteriores el lugar más lógico era California. Para Qué bello es vivir (1946) se construyó, en el californiano valle de San Fernando, un enorme decorado que representaba el pueblo donde transcurre la historia de George Bailey. Y la famosa escena del baile y la piscina, se grabó en el gimnasio del Beverly Hills High School.
Fue a finales de década cuando el asunto cambió definitivamente. The Naked City (1948), película de culto, es especialmente recordada por rodarse íntegramente en Nueva York. Y parte importante de El tesoro de Sierra Madre (1948) se grabó en lugares de California y de México, aunque el Tampico que aparece en pantalla es una réplica construida para la ocasión en los estudios de la Warner Bros.
The Naked City
Y entonces llegó el primer estreno del gran Hollywood que rodó secuencias enteras en la gran Manzana. A pesar de las reticencias de Louis B. Mayer -que argüía que había magníficas réplicas de calles neoyorquinas en sus estudios- Stanley Donen y Gene Kelly consiguieron rodar parte de Un día en Nueva York (1949) in situ. Entonces surgió el problema de que las fans de Frank Sinatra interrumpían constantemente el rodaje con sus gritos.
Comenzaba así una nueva manera de hacer cine. Por un lado, se captaba la atmósfera real del escenario. Por otro, se acercaba la magia del cine a los curiosos que se acercaban a ver a sus estrellas favoritas. Por fin, numerosos colectivos se beneficiaron del fenómeno, como los navajos que aumentaron sus ingresos gracias a los rodajes de los westerns de John Ford en Monument Valley.
Meses antes de Un día en Nueva York se estrenó El tercer hombre (1949) filmada en gran parte en Viena. Pero debemos recordar que es una película británica, no estadounidense.
Fue en los años 50 cuando Hollywood dio el gran salto fuera de los estudios. Por ejemplo, para captar el ambiente teatral de Broadway, parte de Eva al desnudo (1950) se rodó en Nueva York gracias al buen uso de la segunda unidad por parte de Jospeh L. Mankiewicz. Para ahorrar costes, ni Bette Davis ni Celeste Holm viajaron a Manhattan, y las escenas correspondientes se grabaron con dobles.
Eva al desnudo
En California comenzaron a rodarse muchas más escenas en exteriores, como en el Crepúsculo de los dioses (1950), La guerra de los mundos (1953) o Rebelde sin causa (1955), rodada en parte en Santa Monica High School. Desde entonces, muchas calles californianas nos resultan muy familiares. Incluso, Sed de Mal (1958), que iba a rodarse en México, terminó rodándose en Venice, famoso distrito playero de Los Ángeles.
Sin embargo, la gran aportación de los exteriores al cine de los años 50 fueron los aportes documentales de los rodajes que, con un sinfín de anécdotas, se rodaron en África.
Por ejemplo, La reina de África (1951), dirigida por John Huston, cuyo primer viaje al continente sirvió a Clint Eastwood para rodar Cazador blanco, corazón negro (1990). Del filme protagonizado por Humphrey Bogart y Katharine Hepburn hay un sinfín de anécdotas, pero valga la siguiente: la escena de las sanguijuelas se rodó en la laguna de Los Angeles State & County Arboretum, una suerte de jardín botánico de la ciudad californiana.
Otras películas de la época que se rodaron en África son Las minas del rey Salomón (1950) con Deborah Kerr y Stewart Granger, Las nieves del Kilimanjaro (1952) y Mogambo (1953), cuando se temió que el movimiento keniano Mau Mau atentase contra la vida de Clark Gable.
La novedad que aportaron todas estas películas se descubre al revisitarlas y comprobar que todas contienen elementos entre documentales y folclóricos, pues ya que se movía a todo el equipo en viaje tan complejo, pues había que incluir unas cuantas escenas de supuestas tradiciones locales, que fascinaban por su novedad al público de la época.
Así, Hollywood poco a poco fue saliendo de sus propios estudios angelinos. Pero el rodaje en exteriores nunca fue la norma. Salieron de Los Ángeles, y cada vez se rodaron más y más películas en Italia y España, por poner dos ejemplos. Pero esa es otra historia.