La actriz Meryl Streep asiste a los 76º premios Emmy en Los Ángeles, California
Cine
La estrella del cine clásico que escribió una carta a Meryl Streep poco antes de morir: «Eres mi sucesora»
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En los últimos años de su vida, cuando los focos ya no la buscaban y los días transcurrían entre recuerdos y viejas glorias, Bette Davis —la gran dama del Hollywood clásico— tomó la pluma y escribió una carta. No iba dirigida a un productor ni a una antigua compañera de reparto, sino a una actriz ya reconocida, con varios premios a sus espaldas, pero aún consolidando su lugar definitivo entre las grandes. En aquella nota breve, Davis fue directa: «Eres mi sucesora».
Aquella afirmación, más que un cumplido, fue un legado. Dueña de una «belleza diferente», con la que —según decía ella misma— «Hollywood no sabía qué hacer», Bette Davis convirtió sus peculiares rasgos, especialmente sus inolvidables ojos, en una marca personal que incluso inspiró la célebre canción Bette Davis Eyes de Kim Carnes, publicada en 1981. Su talento, su intensidad emocional y su mirada feroz la convirtieron en una actriz única. Que alguien tan exigente, poco dada a regalar halagos, decidiera nombrar sucesora a otra intérprete hablaba por sí solo.
Davis, ganadora de dos premios Oscar y diez veces nominada, no era solo un icono del cine clásico, era un símbolo de carácter, precisión y coraje. Aquella carta reconocía en Meryl Streep algo que iba más allá del talento técnico: intuía en ella la misma obsesión por la verdad del personaje, la misma entrega absoluta.
La carta llegó en un momento clave. Davis, nacida en 1908, se encontraba en el epílogo de su vida —moriría en 1989—, con su época dorada ya convertida en historia. Títulos como Eva al desnudo, La extraña pasajera o ¿Qué fue de Baby Jane? habían quedado atrás, y el Hollywood de los años 80 era otro: más realista, más introspectivo. Sin embargo, en Meryl Streep, Davis reconoció un hilo invisible que unía generaciones: la capacidad de llegar al fondo emocional de los personajes sin concesiones.
Un año antes de su muerte, Davis viajó a España para recibir un homenaje en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Iba en silla de ruedas, debilitada por un derrame cerebral y un cáncer, pero se mantuvo digna, irónica, elegante. Aquella fue su última gran aparición pública. La despedida de una leyenda consciente de lo que dejaba tras de sí.
Bette Davis, junto a Gary Merril, en un fotograma de Eva al desnudo
Mientras tanto, Streep ya había ganado dos Oscar —por Kramer contra Kramer y La decisión de Sophie— y estaba labrando una carrera brillante, guiada por la sensibilidad, la inteligencia emocional y el compromiso interpretativo. Como Davis, no actuaba, se transformaba. Había algo en su forma de mirar a cámara, de sostener un silencio, que evocaba los ecos de otra época.
Para Meryl Streep, aquella nota no fue solo una muestra de admiración, sino una carga simbólica: un recordatorio del camino que había decidido seguir. Durante años la guardó en su estudio, como una señal del pacto tácito que compartía con otras mujeres que rompieron barreras y reescribieron las reglas desde dentro. Hoy, la protagonista de La decisión de Sophie es la actriz más nominada de la historia de los Oscar.