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Cantando bajo la lluvia no fue nominada al Oscar a la mejor película

Cantando bajo la lluvia no fue nominada al Oscar a la mejor película

Cine

Los mejores musicales del cine clásico: de 'Cantando bajo la lluvia' a 'West Side Story'

Repasamos varios títulos míticos del género musical desde los inicios del cine hasta Bob Fosse

Hubo un tiempo en que el musical fue un vehículo clave de Hollywood. Después de todo, la primera película sonora –solo algunas escenas, las de las canciones– fue El cantor de Jazz (1927), es decir, en el cine se cantó antes que se habló. Y muchos de los grandes títulos de los años 30 fueron musicales, muchos de los cuales apenas se consideran en la actualidad, como los filmes de Busby Berkeley y sus memorables números musicales o los melodramas de Jeanette MacDonald.

Sin embargo, operetas como La viuda alegre (1934), dirigida por Ernst Lubistch, se siguen valorando. Valga esta película como ejemplo de lo que durante décadas caracterizaría el género: comedia de enredo, con sencillos pero trabajados guiones, y unas canciones, obra de talentosos músicos, que forman parte de la banda sonora del último siglo.

En este sentido, nada como la magia de las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. La alegre divorciada (1934), por ejemplo, se basaba en un musical de Broadway, del que se respetó casi toda la trama. Sin embargo, de las canciones originales de Cole Porter apenas se conservó la memorable Night and Day, mientras se compusieron otras para la ocasión, como The Continental, que ganó el primer Oscar que se concedió a la mejor canción original. Sombrero de copa (1935), por su parte, se creó en todos los sentidos para la pantalla, con canciones de Irving Berlin, como la famosa Cheek to cheek.

Cuando Ginger Rogers se cansó del perfeccionismo y los consiguientes ensayos extenuantes de su compañero, Astaire siguió con su carrera para convertirse en uno de los grandes iconos del musical de Hollywood. Daba igual su compañera de reparto, porque al final números como la de la habitación giratoria o el baile del perchero en Bodas reales (1951), el baile del gimnasio junto a Cyd Charisse en La bella de Moscú (1957) o la asombrosa escena a cámara lenta de Desfile de Pascua (1948) nos recuerdan la inigualable calidad de este bailarín.

En estos terrenos, la única estrella masculina que podría situarse a la altura de Astaire sería Gene Kelly, 13 años más joven. Con un estilo bien diferente, llevó el género –ejerció de director de muchos de los números que interpretó–- a otros terrenos: baile con un dibujo animado en Levando anclas (1945), escenarios reales en Un día en Nueva York (1949) o el formidable esfuerzo estético del número final de Un americano en París (1951) –a la postre, un homenaje a la música de George Gershwin–. Sin embargo, la obra maestra en la que participó Kelly fue Cantando bajo la lluvia (1952), para muchos el mejor musical de siempre.

El mago de Oz, de 1939, es uno de los grandes clásicos de la historia del cine

El mago de Oz, de 1939, es uno de los grandes clásicos de la historia del cine

En cuanto a actrices, quizás la más grande de esta la época dorada del musical de Hollywood fuese Judy Garland, con sus papeles en El mago de Oz (1939), Cita en San Luis (1944), algunas de las ya citadas como Desfile de Pascua o Ha nacido una estrella en su versión de 1954. Por cierto, estuvo casada con Vincente Minnelli, uno de los grandes directores del género, y de cuyo matrimonio nacería Liza, de la que hablaremos en próximas semanas.

Hasta aquí, solo hemos citado unas pocas películas de estas estrellas especializadas en el género. Podrían recordarse muchísimas otras.

Y lo mismo podría decirse de lo que resta de artículo. El género era tan popular que hay un sinfín de películas. Muchos de los grandes directores terminaron rodando algún musical. E intérpretes conocidos por otras virtudes intervinieron en musicales. Aunque fuese en la variante del biopic. En Yankee Doodle Dandy (1942) James Cagney encarnó a George M. Cohan, que en su momento fue conocido como «El rey de Broadway». En Noche y día (1946) Cary Grant se puso en la piel de Cole Porter, y James Stewart hizo lo propio con Glenn Miller en Música y lágrimas (1954).

En los años 50 destacan algunos musicales de primer nivel, como Los caballeros las prefieren rubias (1953), donde destacan la pareja protagonista de Marilyn Monroe y Jane Russell, dirigidas en este caso por Howard Hawks. De Navidades blancas (1954) destaca la canción homónima, uno de los grandes éxitos de la música en la voz de Bing Crosby, otro habitual del género, en este caso acompañado por Danny Kaye –y no por Bob Hope–.

Fotograma de Siete novias para siete hermanos

Fotograma de Siete novias para siete hermanos

Siete novias para siete hermanos (1954) supuso el salto hacia un musical mucho más dinámico, sobre todo si la comparamos con Brigadoon, del mismo año. Aquella, dirigida por Stanley Donen -otro de los directores clave del género, mejora con el paso del tiempo, mientras que esta, de Minnelli, ha envejecido sobremanera.

De la época es Alta sociedad (1956), que adaptó al género Historias de Filadelfia (1940), como en 1948 Nace una canción (1948) había hecho con Bola de fuego (1941). Es decir, se adaptaban magníficas comedias al gusto del público que exigía nuevas canciones.

Por fin, en ellos 50 destacan otros dos filmes que ya anuncian un cambio de paradigma. Guys and Dolls (1955) presenta una pareja protagonista formada por los inmortales Frank Sinatra y Marlon Brando, aquel una constante del cine musical de Hollywood, y este en una de sus escasas escapadas al cine de mero entretenimiento. Y Gigi (1958), una superproducción que, con 9 estatuillas, barrió en los Oscar sin que ninguno de sus intérpretes –Leslie Caron, Louis Jourdan, Maurice Chevalier– estuvieran siquiera nominados.

En los 60 el cambio de maneras comienza a ser obvio. Y no solo porque el rock cambió la manera de entender la música -con películas protagonizadas por sus grandes estrellas, como Elvis en Viva Las Vegas (1964)– sino porque el género comenzó a oscurecerse y/o las superproducciones se sucedieron presentando algunas películas inolvidables.

Comenzó la década con West Side Story (1961), con música de Leonard Bernstein, una adaptación libre y moderna de los inmortales Romeo y Julieta, al son de las bandas callejeras de Nueva York. Otro triunfo en los Oscar a partir de una superproducción con origen claro en Broadway.

West Side Story (Filmin, Movistar+)
Cualquier momento es bueno para recuperar un musical clásico como West Side Story, el largometraje de Robert Wise y Jerome Robbins que ganó 10 Oscar de un total de 11 nominaciones. Pero más ahora que la versión de West Side Story dirigida por Steven Spielberg está en los cines 60 años después del estreno del largometraje con Natalie Wood, Richard Beymer, George Charikis, Russ Tamblyn y Rita Moreno.

Richard Beymer y Natalie Wood como Tony y María en West side story

Que es el mismo caso de My Fair Lady (1964), adaptación al musical del Pigmalión de George Bernard Shaw, aunque con un ligero cambio en el final. Dirigida por George Cukor, muestra a las claras la efusividad estética de una década en la que todo estaba cambiando. La pregunta es si esta película se podría estrenar hoy en día, con un protagonista masculino tan antañón.

Curiosamente, la actriz que había encarnado a Eliza Doolittle en el West End londinense y en Broadway fue Julie Andrews, pero los productores optaron por Audrey Hepburn pues era más famosa, aunque luego decidieran doblar su voz en las canciones. Gracias a este hecho, la actriz británica pudo protagonizar Mary Poppins (1964), la película que le valió el salto a la fama universal. Andrews, por cierto, ganó el Oscar a la mejor actriz, mientras que la Hepburn 2 ni siquiera fue nominada a pesar del acento del que supo dotar a su personaje.

Y así Julie Andrews, la estrella naciente, pudo protagonizar Sonrisas y Lágrimas (1965) otra superproducción musical que se llevó el Oscar a la mejor película. Dirigida, como West Side Story, por Robert Wise, es desde entonces una de esas películas que se han visto en familia uniendo frente a la pantalla a distintas generaciones. Por cierto, como era habitual en la época, se tradujeron muchas de las canciones, lo que no sé si algunos aún hemos superado.

Menos recordada es Oliver! (1968), el último musical en ganar el Oscar a la mejor película hasta que lo hiciera Chicago (2002). La adaptación de la novela de Dickens muestra un modo de hacer musicales que comenzaba a cambiar radicalmente. Aunque al año siguiente Hello Dolly (1969), dirigida por Gene Kelly y protagonizada por Barbra Streisand y Walter Matthau, mostró este mismo camino.

Audrey Hepburn encarna la nueva versión de Pigmalión en My fair Lady

My fair Lady adapta en formato musical el Pigmalión de George Bernard Show

Pero el cambio hacia un cine diferente se puede ver mejor en algunos números de Funny Girl (1968), dirigida por William Wyler y también con la Streisand, o, incluso, en El graduado (1967) donde, sin ser un musical, las canciones de Simon & Garfunkel tiene una importancia decisiva. Aunque, sobre todo, es en Noches en la ciudad (1969) –Sweet Charity en inglés– el primer largometraje dirigido por Bob Fosse, donde se puede observar que el género caminaba hacia caminos completamente nuevos.

Antes de terminar, me gustaría recordar las películas de Esther Williams, que consiguió hacer de las piscinas la base para sus números musicales. Dentro de su larga filmografía destaca Escuela de sirenas (1944), en la que también participó el español Xavier Cugat, un habitual del cine musical hollywoodiense de la época.

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