Henry Fonda protagonizó Doce hombres sin piedad
Cine
¿Por qué 'Doce hombres sin piedad' se estudia en los cursos de liderazgo?
La película, nominada a tres Oscar, fue tan popular que se ha llevado al teatro en infinidad de versiones, incluido Estudio 1 en TVE
En 1957, United Artists estrenó una película teatral, de bajo presupuesto, rodada en menos de un mes y con un director de televisión detrás de la cámara. El protagonista sería Henry Fonda, que acababa de rodar Falso culpable con Alfred Hitchcock y al que ofrecieron ejercer de productor para que se animase a participar en un proyecto aparentemente menor. Y el resultado no pudo ser más favorable. Primero, porque el que sigue siendo hoy uno de los mejores actores de todos los tiempos, contrató a Sidney Lumet como director y, segundo, porque eligió uno por uno a sus once compañeros de reparto.
La película cuenta la deliberación de un jurado en un juicio por asesinato. La originalidad de la historia radica en que el espectador no ve nada del juicio e irá sabiendo la naturaleza del crimen sólo mediante el intercambio de impresiones de los doce hombres que han de llegar a un veredicto por unanimidad. En una primera votación, todos hallarán al acusado culpable de matar a su padre. Todos menos uno, el jurado número 8 que tiene una duda razonable. A partir de ese momento, la película consiste en cómo, uno a uno y de distintas maneras, van cambiando -o no- de veredicto gracias a la evidencia de unas pruebas, a priori inadvertidas.
Uno de los hechos determinantes del filme es que esos cambios de opinión nacen de la capacidad de liderazgo del personaje de Henry Fonda, que apela a sus compañeros de jurado a mirar unos hechos ante los cuales todos se han sentido interpelados de manera personal. Un hombre cauto, prudente, pero perseverante, racional y de argumentos sencillos que es capaz de depositar en sus compañeros, poco a poco, sendas dudas razonables hasta que va consiguiendo que cambien de opinión.
Doce hombres sin piedad es una película de tesis que defiende la presunción de inocencia, la idea de que, ante la duda, es mejor que un culpable esté en la calle a que un inocente muera ejecutado. Defiende que todo el mundo merece un juicio justo y el tiempo necesario que el jurado necesite para analizar todas las pruebas. Pero, además, arremete contra la pena de muerte, el racismo y los prejuicios sociales de manera sutil, sin brocha gorda.
No es baladí que Doce hombres sin piedad sea una película que se use en los cursos de liderazgo y de resolución de conflictos porque enseña de manera muy evidente cómo, por un lado, Fonda es capaz de exponer su punto de vista sin querer imponer un criterio y sin una hoja de ruta empecinada, sino permeable también a las opiniones del resto, y por el otro, porque ellos, los once, desde su realidad y, en muchas ocasiones, su cabezonería, irán cambiando su veredicto.
Es muy interesante cómo, sin arquetipos ni maniqueísmos fáciles, el guion de Reginald Rose dibuja una serie de personajes que, mediante sus palabras, van mostrando qué clase de personas son y cuáles son su idea de la justicia y sus prejuicios.
Así, el jurado número 1 y presidente (Martin Balsam), es un hombre gris, sin ninguna clase de carisma, anodino casi, que trata de ejercer su labor con sencillez y diligencia. El número 2 (John Fiedler) es un hombre tímido y callado que defiende claramente su opinión, pero que tiene una idea completamente equivocada de la justicia. El número 3 (Lee J. Cobb) es el gran antagonista del personaje de Fonda, un hombre rudo, violento, radical y lleno de prejuicios. Es el último en cambiar de veredicto y está lleno de odio hasta el punto de reconocer que quiere que el joven «se achicharre en la silla eléctrica». El número 4 (E. G. Marshall) es una especie de líder de los escépticos, un hombre pragmático, frío, racional, inalterable, severo y carismático, pero que es capaz de cambiar de idea en cuanto tiene una duda razonable. El número 5 (Jack Klugman) es un hombre con un pasado marcado por la pobreza, ambiguo y empático, que se pone en la piel del reo porque entiende, como nadie, la realidad y crudeza del mundo en que vive. El número 6 (Edward Binns) es prudente y de perfil bajo, callado y sin grandes pretensiones que, sin embargo, es capaz de saltar y enfrentarse a quien haga falta en cuanto alguien se mete con el anciano del grupo. El jurado número 7 (Jack Warden) es un ser soez, vulgar, que no da ni medio argumento serio ni a favor ni en contra del acusado y que sólo quiere irse de ahí cuanto antes. Respecto al número 8 (Henry Fonda), el único de todos los miembros del jurado que viste de blanco, es un hombre inteligente, metódico, pausado. No se empecina en la inocencia del muchacho, sino que quiere hablar, escuchar, debatir, quedarse verdaderamente satisfecho con el veredicto. Y todo lo logra desde la templanza. El jurado 9 (Joseph Sweeney) es el observador y calmado anciano, el primero en prestar su apoyo al número 8 y que propicia el giro de los acontecimientos, reivindicando la sabiduría que le da la edad. El número 10 (Ed Begley) es un hombre racista, desagradable y extremo que despierta repulsión y rechazo por el odio que destila contra el acusado por ser pobre y de un barrio bajo y que no siente ninguna vergüenza en hacerlo saber. El 11 (George Voskovec) va con el grupo, se deja llevar por lo que opina la mayoría, pero es de los primeros en cambiar de veredicto en cuanto le asalta la duda. Y el 12 (Robert Webber) es un hombre voluble que va cambiando de opinión sin demasiadas certezas. Perfecta ironía, además, teniendo en cuenta que es un publicista que se deja convencer por unos y por otros.
Así, cada uno desde su realidad, reconoce la culpabilidad del joven para, después, poco a poco ir reconociendo su error. Y todo ello gracias a la perseverancia de una voz que, en solitario, acaba convirtiéndose en líder de la mayoría. Perfecto ejemplo de liderazgo por su ética, empatía y racionalidad, que no se impone, sino que convence, que escucha y se hace escuchar, que rebate sin desacreditar, que tiene la valentía de salirse de la opinión mayoritaria siendo un ejemplo de integridad y coraje como pocas veces se ha visto en el cine.