Fundado en 1910

Robert Redford, el intelectual que desdeñaba su atractivo

A medida que el desaparecido actor fue ganando peso en la industria, intentó labrarse un espacio como autor que le permitiera hablar de las cosas que verdaderamente le preocupaban, como los problemas de la sociedad de su país

Robert Redford en 2004

Robert Redford en 2004Europa Press

En 2012, en una escena que podría identificarse con otra sacada de la Biblia, un indignado Robert Redford, fiel a sus botas camperas, irrumpió en una de las salas donde se celebraba algún acto del festival de Sundance y, como Cristo en el templo, casi sacó a los presentes a patadas. «Yo no creé esto para que se llenara con vendedores de vodka y Paris Hilton», se le oyó decir.

Tres décadas antes, en medio de las montañas de Utah, donde tenía su última morada, el lugar donde acaba de despedirse de este valle de lágrimas de la segunda mejor manera posible: mientras dormía, Redford había creado un pequeño festival para que pudieran verse, y quizá hasta obtener cierta difusión (como buen visionario, acertó), las películas que a él le hubiera gustado protagonizar o dirigir. Esas que gozan del gusto minoritario.

Porque si algo tuvo claro Redford, desde que intentó abrirse un hueco en la competitiva industria creadora de sueños, era que él no había llegado hasta allí para convertirse sólo en otro más de esos actores estúpidos, capaces, gracias al milagro del primer plano, de trasladar la ilusión de una falsa profundidad.

En él los rasgos constitutivos de su cautivador atractivo, seguro de encarnar, a la vez, el ideal para las féminas como de convertirse en el sueño de tanto presidiario, se encontraban realzados por una despejada inteligencia que puso al servicio del arte; pero, sobre todo, de aquellas causas en las que creyó hasta el final: la conservación del medioambiente, la política de su país y por ahí.

Y a pesar de todo, nunca logró ser santo de la devoción de los principales, más sesudos críticos cinematográficos de EE. UU., que nunca compraron su mercancía: entonces, lo encontraban demasiado guapo para cualquier papel, incluido ese Gatsby en el que algunos creyeron ver la proyección de su propia, narcisista imagen ensimismada, un poco como también le ocurrió a DiCaprio al abordar el remake de este clásico.

Al público normal estas consideraciones solían importarle poco o nada; y por eso, solo o en compañía de actrices soberbias, como Jane Fonda, Barbara Streissand o Meryl Streep, y compañeros que hubieron de arrastrar idénticos prejuicios sobre su belleza: Paul Newman, se construyó una sólida reputación de estrella.

Era capaz de llenar las salas con su solo carisma (un don destinado a unos pocos privilegiados), aunque él soliera ponerlo, en cuanto podía, al servicio de buenas historias consagradas al entretenimiento de las masas, como reflejan esos filmes fijados por siempre en el imaginario popular de varias generaciones: Descalzos en el parque, Dos hombres y un destino, El golpe, Memorias de África

Más tarde, en cuanto empezaron a caerle esos años que en modo alguno aminoraron su eterno aspecto seductor, se puso gafas y se hizo cargo, como director, de un puñado de películas más o menos interesantes, como Gente corriente.

Su personal encuentro con el Oscar, como autor, resultó una muy típica cinta de una época en la que empezaba a salir a cuenta, a la hora de unos premios que ahora se fijaban en otras cosas, emprenderla con la clásica familia norteamericana para ahondar en las miserias del sistema capitalista.

Desde que, aún muy joven, se marchó a Europa para encontrarse a sí mismo, e intentar probar suerte en alguna faceta artística (llegó a cultivar la pintura por las calles de Málaga), el siempre inquieto, algo huidizo, Redford cultivó un cierto existencialismo muy de aquellos tiempos turbulentos (inicios de los sesenta) que, de regreso a su madre patria, se traduciría con el tiempo en un absoluto desdén por las pompas mundanas que rodean a su oficio.

Súmesele a ello una, mantenida hasta el final, vocación de servicio a la sociedad, con la que tampoco se identificaba demasiado, y a la que había que liberar de sus vicios y miserias mediante la acción, en su caso, con obras y discursos.

De toda esta parte, lo más perdurable y enriquecedor, seguramente, habrá sido uno de sus principales motivos de orgullo: el sostenimiento en el tiempo de ese santuario de Sundance, donde a veces brota el talento encarnado en las voces singulares que hacen avanzar «el arte de hacer películas, ese maldito baldío que cruzan dando zancadas algunos escasos gigantes y unos pocos hombres de talla mediana», como afirmaba Truman Capote en su conocido retrato de Chaplin.

Dónde se sitúe a Redford, corresponde a cada uno de nosotros, humildes espectadores.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas