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Imagen de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que se estrena en los cines este 24 de octubreDavid Herranz/Movistar+

Crítica de cine

'Los domingos', una película auténtica convertida en arte con mayúsculas

El filme de Alauda Ruiz de Azua ganó la Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián

«No he venido a traer paz sino espadas… los enemigos de cada uno serán los de su casa». Con esa frase tan dura se anunciaba Jesús a sí mismo como signo de contradicción. La irrupción del Hecho cristiano en una familia podía quebrar su aparente paz porque cada miembro se vería obligado a posicionarse radicalmente ante la pretensión de Jesús de ser el centro y la verdad de la vida. Esto es exactamente lo que ocurre en la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa.

Ainara (Blanca Soroa) es una adolescente que vive con su padre (Miguel Garcés) y sus hermanas en Bilbao. Su madre murió, y su tía Maite (Patricia López Arnaiz) ha asumido un poco el rol materno. Ainara va a un colegio de monjas y está en el último curso de Bachillerato. Cuando todos esperan que diga en qué universidad quiere estudiar, ella se descuelga con que está haciendo un proceso de discernimiento porque cree que tiene vocación contemplativa. En su familia, alejada de la fe, todos van a tener que definir su posición ante este inesperado acontecimiento. Las posiciones se irán extremando a medida que Ainara vaya dando pasos en su proceso de verificación. La habilidad, delicadeza y agudeza con la que Alauda Ruiz de Azúa (Cinco lobitos) afronta el reto dramático de esta historia sitúa a la película muy por encima de la media. No sorprende que se haya alzado con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, así como con el Premio católico Signis y el Premio Feroz en dicho certamen.

La película cuenta con un guion enormemente inteligente, en el que todos los personajes están cosidos desde dentro con la mayor honestidad y autenticidad, lo que provoca que espectadores creyentes y ateos se sientan identificados con alguno de los protagonistas sin sentirse nunca caricaturizados. En ese sentido, la película también ofrece dos interpretaciones opuestas. Una entendería la película como el triunfo de la fe y la vocación; otra, como el fracaso de la razón y el éxito del miedo y la superstición. Pero la película ¿es realmente tan ambigua? ¿Alauda Ruiz de Azúa apuesta por una equidistancia total?

El filme es tan sutil y delicado que no es fácil responder a esas preguntas, pero hay ciertos elementos que parecen apoyar la primera hipótesis. Uno de estos elementos es la libertad. Así como Maite, la tía de Ainara, con toda su buena voluntad, mueve todos los hilos que puede para disuadir a su sobrina de su camino vocacional, las religiosas y el capellán del colegio nunca la presionan, la censuran o la meten prisa. Por otra parte, el corazón de Maite se va llenando de rencor, rabia y crispación, mientras que Ainara siempre le responde con paz y cariño. Pero… es discutible. Maite cree que su sobrina toma las decisiones motivada por el trauma de la muerte de su madre, porque busca un refugio protector… ¿Y es cierto? Me temo que eso lo tendrá que responder el espectador. Esa es la grandeza de la película. Que es tan rica en su sencillez que es inagotable. Como los hechos de la vida misma. Poliédricos, complejos e interpretables.

A la virtud de un guion impecable le acompaña un casting perfecto y una dirección de actores soberbia. Las tres cosas juntas consiguen que el espectador se llegue a creer que se ha colado en una casa de verdad y que está asistiendo a conversaciones reales. A esta verosimilitud se añade algo habitualmente inexistente en el cine -especialmente en el español- y es la excelente documentación sobre todo lo que tiene que ver con la Iglesia. Las monjas, la liturgia, el sacerdote… todo es tan realista y creíble que parece hecho por alguien que conoce muy bien ese mundo desde dentro.

No estamos ante una película de tesis, ni de grandes giros de guion, sorpresas o happy end hollywoodiense. Nada que ver. La película nos cuenta una historia sencilla y «normal», pero contada con tanta autenticidad que se convierte en arte con mayúsculas. No hay asomo de prejuicios ni de peajes ideológicos. Qué alegría tan grande.