Richard Burton y Elizabeth Taylor
Cine
Richard Burton, sobre su alcoholismo: «Bebo por miedo: al escenario, a no ser suficiente, a mí mismo»
Se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los mejores actores de su generación, nominado a siete Oscar y protagonista de algunas de las mayores excentricidades de Hollywood
Richard Burton nació en la pobreza y, sin embargo, llevó una vida de lujos y ostentosidad en su vida adulta que aún hoy siguen llamando la atención por sus contradicciones, porque su aspecto de atormentado intelectual chocaba con la frivolidad de sus actos. Richard Burton fue un hombre contradictorio y atormentado, nacido ahora hace 100 años.
Galés que se esmeró en ocultar siempre su acento, después de participar en la Segunda Guerra Mundial, decidió que quería dedicarse al teatro por entero, pues los pinitos que había hecho siendo un estudiante brillante de Oxford, le habían maravillado.
Debuta en el cine inglés con enorme solvencia a finales de la década de los 40 y Hollywood no tarda en tentarle donde debuta, nada menos, que en el drama de Henry Koster Mi prima Raquel por el que recibe su primera nominación al Oscar.
A partir de ese momento, su carrera se ve marcada por el cine de sandalia y arena (La túnica sagrada, Alejandro Magno) y el bélico (Las ratas del desierto, Amarga victoria, El día más largo) sin dejar de volver nunca al cine inglés donde sigue brillando por encima de sus compañeros de reparto como en La esposa del mar o Mirando hacia atrás con ira.
Pero en 1962, su nombre deja de escucharse para referirse a él como uno de los mejores actores de su tiempo, y empieza a llenar el papel cuché. Y es que conoce a Elizabeth Taylor. En realidad, se habían conocido diez años antes en una fiesta en donde apenas si cruzaron tres palabras, pero cuando se reencuentran en Roma al comenzar el rodaje de Cleopatra a las órdenes de Joseph Leo Mankiewicz, saltaron las chispas.
La atracción que surgió entre ellos fue intensa e inmediata y traspasaba la pantalla. Pero el escándalo fue tremendo. Ella estaba casada con Eddie Fisher y él con Sybil Williams, y después de que se publicaran fotos de ambos abrazados y besándose durante descansos del rodaje, el mismísimo Vaticano declaró que ese amor, además de una «vergüenza pública», era «erótico-vagabundo».
Richard Burton y Elizabeth Taylor, en Cleopatra
Pese a las presiones y el bullicio, se casaron en 1964 en Montreal y a los diez años se divorciaron, protagonizando entre medias Hotel internacional, Castillos en la arena, ¿Quién teme a Virginia Wolf?, La fierecilla domada, Doctor Fausto, Los comediantes, La mujer maldita, Pacto con el diablo, Bajo el bosque lácteo y Se divorcia él, se divorcia ella.
Después de su divorcio se casan de nuevo al año siguiente, para divorciarse ya de manera definitiva en 1976. Su amor, que él mismo definió como «tan intenso que nos consume mutuamente», fue profundamente destructivo y estuvo marcado por las peleas, la violencia, el exceso, los celos, el alcohol, las reconciliaciones y… los regalos millonarios. Los más sonados: la Perla Peregrina y el diamante Taylor-Burton. La primera, una de las perlas más legendarias de Europa, fue un «modesto» regalo de San Valentín que le costó 37.000 dólares y que Taylor mandó montar en un collar de rubíes y diamantes diseñado por Cartier inspirado en un retrato de la infanta Margarita de Velázquez. El segundo, un diamante de 69,42 quilates, fue su regalo de cumpleaños de ese mismo año, por el que pagó algo más de un millón de dólares. Tras el divorcio, ella lo vendió por 5 millones.
Richard Burton
Pese a los escándalos y los tabloides, Burton seguía conmoviendo a la crítica cinematográfica del mundo entero por cada una de sus interpretaciones que completarían una carrera repleta de papeles memorables como el de Becket, La noche de la iguana, Hamlet, El espía que surgió del frío, Doctor Fausto, La escalera, Comando del desierto, Muerte en Roma y la que fue su última película, 1984. Rudo, atormentado e inseguro, pese a su más de media docena de obras maestras y sus siete nominaciones al Oscar, jamás veía sus películas porque odiaba contemplar en ellas sus propios errores como actor.
Pero el gran drama de la vida de Burton, que era hijo de un minero alcohólico, fue la bebida. En sus memorias contaría que hubo rodajes enteros que apenas recordaba porque trabajaba completamente ebrio o con poderosas resacas. Y pese a los daños hepáticos, las hemorragias estomacales, la incipiente cirrosis y algunos intentos desesperados por dejar de beber, el whisky y el vodka fueron sus eternos compañeros de viaje. En sus diarios, que fueron publicados póstumamente, escribiría: «Bebo por miedo: miedo al escenario, miedo a no ser suficiente, miedo a mí mismo». Y, también: «He derrochado talento. He derrochado amor. He derrochado mi vida… Y todo por una botella».
Murió a los 58 años en Génova a causa de una hemorragia cerebral víctima de su propia leyenda, de sus propios demonios que le hicieron ser un hombre profundamente atormentado y que tuvo, como él mismo diría, una única alegría en su vida. Y ésta no fue Elizabeth Taylor, no fue el teatro, no fue la botella. Sino leer. «La mayoría me ve como un libertino, como un mujeriego, como un borracho y como un derrochador. Y soy todo eso dependiendo del prisma y de la luz, sí. Pero soy, ante todo… un hombre que lee».