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Fotograma de Avatar: Fuego y Ceniza

Fotograma de Avatar: Fuego y Ceniza20th Century Fox

Crítica de cine

'Avatar: Fuego y ceniza': otro apabullante espectáculo audiovisual con algo más de hondura

James Cameron reafirma su don para activar la capacidad de asombro del espectador

En Avatar —que inició esta saga en 2009—, el marine Jake Sully (Sam Worthington) acepta convertirse en un avatar de los Na’vi, los indígenas del planeta Pandora. Su objetivo es infiltrarse en uno de sus clanes para convencerles de que abandonen el Árbol Madre, que oculta en sus raíces un mineral valiosísimo, el Unobtanium. Pero Jake se enamora de la Na’vi Neytiri (Zoe Saldaña), se integra en su cultura y acepta el poder de la deidad Eywa. Así que contra él irá Quaritch (Stephen Lang), un coronel humano violento y sin escrúpulos. Diez años después, en Avatar: El camino del agua, Jake y la familia que ha formado con Neytiri huyen a un pueblo Na’vi marino, hasta el que llegan el incansable Quaritch —ahora recombinante, o sea, clonado en un Na’vi con su conciencia humana— y brutales cazadores de criaturas marinas.

En esta tercera entrega, los Sully siguen llorando la heroica muerte de su hijo mayor, Neteyam, y cuidan como pueden a los hermanos Lo'ak, Kiri y Tuk, y al humano que adoptaron, Spider, hijo de Quaritch, que sobrevive gracias a una máscara de oxígeno. Pero sus esfuerzos son de nuevo puestos a prueba por los constantes ataques de humanos, de clonados y ahora de otros Na’vi —no precisamente pacíficos—, pertenecientes al Pueblo de la Ceniza. Su líder es la sanguinaria Varang (Oona Chaplin), que perdió todo por la fuerza del volcán y se ha convertido en una especie de pirata voladora, cuya avaricia le lleva a aliarse con Quaritch, ansioso de matar a los Sully, recuperar a su hijo y expandir su poder.

Más de lo mismo, pero más profundo

Basta leer esta sinopsis para concluir que seguramente la saga Avatar no pasará a la historia por las complejidades dramáticas y éticas de sus guiones, el primero firmado sólo por James Cameron y los dos últimos por él mismo, Rick Jaffa y Amanda Silver. Sin embargo, se agradece la claridad narrativa de estas modernas fábulas morales y su amplia galería de personajes secundarios, que introducen de vez en cuando alguna chispa de humor, intriga, terror, romance, poesía, trascendencia... Una trascendencia, eso sí, más New Age, naturalista o panteísta que cristiana, aunque las virtudes que propugna la saga se acercan mucho a los ideales cristianos de crítica al materialismo hedonista, caridad hacia todos, servicio al bien común, radical prioridad de la familia, cuidado de la naturaleza y pacifismo..., en la medida en que te lo permitan los demás.

En esta tercera entrega, acierta Cameron al reforzar el carácter personal de la deidad Eywa, al introducir alguna nítida referencia bíblica —concretamente, a Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac— y, sobre todo, al mantener a la familia Sully como protagonista colectiva, introduciendo en ella conflictos generacionales y dilemas existenciales que enriquecen la historia y arrancan unos cuantos momentos muy emocionantes.

Por otra parte, se avanza en la defensa del mestizaje y el interculturalismo —integrar lo mejor de las diversas culturas—, de modo que se suaviza notablemente el ingenuo indigenismo de la primera entrega y el maniqueísmo contra los humanos que se derivaba de él. De hecho, esta tercera película se acerca para bien al equilibrio de los mejores westerns clásicos o de Bailando con lobos y las dos partes de Horizon. An American Saga, de Kevin Costner. Incluso los más versados pensarán en Apocalypto, la impresionante película de Mel Gibson, en la que el actor-director se adelantó unos cuantos años a la actual historiografía elogiosa de la evangelización de América y crítica con la leyenda negra sobre ella.

Despliegue por tierra, mar y aire

En fin, aunque no depare demasiadas sorpresas, esa sólida base narrativa y dramática enriquece el impresionante espectáculo audiovisual que despliega de nuevo James Cameron, especialmente si se ve la película en IMAX y son sonido de última generación. Desde que triunfó con las dos entregas de Terminator hasta esta saga de fantasía espacial, pasando por Aliens: el regreso, Abyss, Mentiras arriesgadas, Titanic, la serie Dark Angel, los documentales Los misterios del Titanic y Los misterios del océano..., este inquieto cineasta canadiense no ha dejado de alimentar la capacidad de asombro de los espectadores, hipnotizándolos con colores, brillos, sonidos, animaciones, efectos visuales, diseños de personajes... nunca vistos. Hasta la poliédrica partitura del londinense Simon Franglen y la bella canción final, Dream As One, de Miley Cyrus —candidata al Globo de Oro— suenan a descubrimiento.

En este sentido, resulta necesariamente antológica la descomunal batalla final, cuyos 40 minutos se pasan en un suspiro y dejan saciado hasta al espectador más voraz. Si triunfa como sus antecesoras —las películas más taquilleras de la historia—, será una buena noticia, sobre todo si tenemos en cuenta la inquietante adicción a las pequeñas pantallas de tantos jóvenes y su incapacidad para mantener la atención durante más de 8 segundos ante imágenes en movimiento... o ante cualquier escrito. Además, todavía nos quedan otras dos entregas de Avatar —una en postproducción y otra en rodaje— para dar la vuelta a esta penosa situación.

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