Timothée Chalamet, como Marty Supreme
Crítica de cine
'Marty supreme': una película que entretiene tanto como fácil es de olvidar
El filme se resuelve a lo Hollywood, tratando de dejar una sonrisa en la cara del espectador
Se estrena Marty Supreme, coronada con sus nueve nominaciones a los Oscar, entre las que destacan las de mejor película, mejor director, mejor guion original y mejor actor para Timothée Chalamet, que ha ganado el Globo de Oro.
La película está en la línea de las que pueblan los Oscar en los últimos diez años: largometrajes que están bien hechos, que entretienen, pero que se olvidan y que difícilmente se ven por segunda vez. Vamos, que no pasan a la gran historia del cine, como sí lo hicieron las que ganaban Oscar hace décadas. Por tanto, olvidémonos de las devaluadas estatuillas y hablemos simplemente de la película en sí misma.
El argumento se inspira ligeramente en la historia de Martin Reisman, un neoyorkino nacido en 1930, que a finales de los cincuenta fue campeón de ping pong –hoy llamado «tenis de mesa»-, y que falleció en 2012, dejando unas memorias, The Money Player, escritas en 1974. Los guionistas son el propio director de la película, Josh Safdie, y Ronald Bronstein.
La historia arranca en los años cincuenta, cuando Marty Mauser (Timothée Chalamet), un joven judío que trabaja de dependiente en una zapatería, decide dejar su empleo para centrarse en llegar a lo más alto en su gran pasión, el tenis de mesa. Para ello precisa de un dinero que no tiene, y su falta de escrúpulos le va a permitir engañar, estafar y manipular a quien haga falta para alcanzar sus objetivos.
Este buscavidas mantiene además dos relaciones paralelas con sendas mujeres casadas, a las que engaña sin problemas: una, Rachel (Odessa A'zion), es una chica pobre, buena y maltratada por su brutal marido; la otra, Kay Stone (Gwyneth Paltrow) es una famosa actriz de Hollywwod retirada y casada sin amor con un empresario millonario. Las dos son utilizadas a conveniencia por el narcisista Marty. Pero la realidad de la vida y de las personas no es maleable ad infinitum y acabará imponiendo sus reglas a nuestro irresponsable protagonista.
La película tiene un gran diseño de producción –nominado al Oscar– a cargo de Jack Fisk y Adam Willis, un excelente ritmo, una magnífica selección de canciones, y momentos visuales potentes. También las interpretaciones –de todos en general– son brillantes, y destaca la siniestra participación del cineasta Abel Ferrara. Sin embargo, al protagonista le falta algo que facilite que el espectador se interese por su vida; nos lo muestran casi solo como un caradura y un egoísta, y en ese sentido nos preocupa más el destino de la pobre Rachel que el suyo propio.
El género del film es poliédrico, como suele ocurrir últimamente: obviamente tiene estructura de biopic, aunque desarrolla un lapso muy breve de la vida del personaje, y contiene muchas escenas atravesadas de un humor muy judío, junto a otras de enorme carga dramática. Pero también tiene momentos de thriller, de aventura y de romance. Esta variedad beneficia a la película, que se sigue bien a pesar de su larga duración. El film se resuelve a lo Hollywood, tratando de dejar una sonrisa en la cara del espectador. Y la deja, pero la borrará cualquier chubasco a la salida del cine.