Fotograma de Los miserables. El origen
Crítica de cine
'Los miserables. El origen': una verdadera lección de antropología cristiana
La propuesta de Víctor Hugo llega clara al espectador: solo una mirada de amor incondicional puede cambiar el corazón de las personas
Hay varias versiones cinematográficas de Los miserables de Víctor Hugo. Y algunas de ellas son bastante notables, como la que dirigió Bille August en 1998 protagonizada por Liam Neeson o la adaptación del musical, dirigida por Tom Hooper en 2012. En ambas se trata bastante bien la relación entre Jean Valjean y el obispo Myriel, pero prácticamente no pasa de ser una escena más de la película. Pero es la escena decisiva, pues es en la que se opera el cambio radical del personaje.
Por eso el director Eric Besnard ha decidido hacer de esa escena una película entera que pueda explorar las motivaciones y las heridas tanto de Jean Valjean como del obispo. Besnard ya había demostrado su sensibilidad humana en cintas como Las cosas sencillas, La primera escuela o Delicioso, las tres protagonizadas por Grègory Gedebois, uno de los actores de última hora que se ha convertido en muy poco tiempo en uno de los mayores referentes del cine galo.
La película escrita y dirigida por Barnard recrea solo la primera parte de la novela, y prácticamente cuenta solo con cuatro personajes y un escenario principal (la casa del obispo), lo que le da un cierto aire teatral. Para romper un poco esa situación, una serie de flashbacks de la vida del obispo y de Valjean oxigenan y dan algo de color al relato.
Cada personaje expresa una postura muy diferente ante la vida y Dios. Jean Valjean (Grègory Gadebois) está cargado de odio y rencor hacia la vida, y no cree ni en Dios ni en el hombre; Baptistine (Isabelle Carré), la hermana del obispo, es más bien agnóstica y está aquejada de una mortal enfermedad; Magloire (Alexandra Lamy), la criada, es todo lo contrario: moralista, intolerante, formalista y cargada de prejuicios. Por último, el obispo Myriel (Bernard Campan) es un hombre santo, misericordioso, paciente, y que tiene fe en las personas y esperanza en su conversión.
Este coctel de tan opuestos convivientes origina interesantes conversaciones entre ellos sobre Dios, la justicia humana, la pobreza, el sentido de la vida y la condición humana. En todos los personajes se pone de manifiesto el peso del pasado, para bien o para mal.
La puesta en escena es muy sobria, pero realista, y con mucho protagonismo de los primeros planos. El iluminador Laurent Dailland se mueve entre la penumbra de la noche, el claroscuro que retrata a los personajes y la luminosidad esperanzada y colorida del final. La narración —entre el presente y el pasado— cuenta con el apoyo de diversas voces en off que hacen de coro o narrador según el momento.
Desde el punto de vista de la interpretación, la película cuenta con dos de las mejores actrices francesas del momento. Por otra parte, la presencia física de Gadebois, como siempre, es extraordinaria, y armoniza de forma creíble la fuerza bruta de su aspecto con la bondad que se esconde en su mirada. El resultado es que la propuesta de Víctor Hugo llega clara al espectador: solo una mirada de amor incondicional puede cambiar el corazón de las personas. Una película muy agradable que es una verdadera lección de antropología cristiana.