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John Wayne y Angie Dickinson, en Río Bravo

John Wayne y Angie Dickinson, en Río Bravo

Historias de película

El wéstern que indignó a Howard Hawks y por el que hizo 'Río Bravo'

Lo curioso es que aquél está considerado en todas las listas como uno de los mejores de todos los tiempos

Es uno de los wésterns más atípicos que existen. Por todo. Porque la acción es mínima y no hay viajes, ni persecuciones, ni grandes enfrentamientos, porque es profundamente teatral y la historia gira en torno a una espera no a una gran aventura expansiva, porque es casi un estudio de personajes llenos de miserias –un ayudante alcohólico, un viejo cojo, un joven inseguro–y porque tiene algunos momentos de cotidianeidad que se alejan totalmente de la épica del género. Y, sin embargo, su estructura narrativa, el tratamiento de los personajes y el tono de camaradería enfatizada y atípica hace que, para muchos, Río Bravo, sea el wéstern definitivo.

En ella, un pistolero es detenido por el sheriff de un pueblo y llevado a la cárcel a la espera de que los federales se hagan cargo de él. Pero como el hermano del detenido, un terrateniente local, hará lo imposible por liberarle, el sheriff y sus ayudantes deciden apostarse en la cárcel para evitarlo a toda costa. Howard Hawks, había dirigido sólo dos wésterns antes de realizar éste en 1959, y uno de ellos es, seguramente, uno de los dos o tres mejores que se hicieron nunca en blanco y negro: Río Rojo. Pero en los años 50, el director estaba a otra cosa. Había cultivado algunas de sus mejores comedias como Los caballeros las prefieren rubias o Me siento rejuvenecer y seguiría después en el género con ¡Hatari! y Su juego favorito. Así que no, no estaba interesado en el wéstern en ese momento. Por eso, su llegada a Río Bravo, casi casual, fue uno de esos milagros gloriosos de la historia del cine.

Y el propio Hawks lo explicó: «Hice Río Bravo porque no me gustó nada la película Solo ante el peligro» de 1952. Algo que no deja de sorprender dado que este trabajo de Fred Zinnemann está considerado una película de culto, un wéstern adulto y psicológico, la antítesis de un wéstern de acción, pues contemplativo y asfixiante, además en blanco y negro, que sucede en tiempo real y cuenta la historia de un sheriff que ha esperar al tren en el que llegará un peligroso pistolero, sin que nadie del pueblo se atreva a ayudarle para que los secuaces del preso no le liberen.

La película, un relato evidente sobre la complacencia, la cobardía y la soledad, se leyó desde el principio como una crítica severa contra el macartismo y la caza de brujas y, además, ganó cuatro Oscars: actor (Gary Cooper), montaje, banda sonora y canción. Es una película tan importante que, para muchos críticos, desafía incluso a La diligencia como el wéstern más trascendental de todos los tiempos.

Y no, a un genio de la talla de Howard Hawks no le gustó: «No pensé que un buen sheriff fuera a andar por la ciudad como un pollo sin cabeza pidiendo ayuda a todos. ¿Y, además, quién le salva? Su esposa cuáquera. Esa no es mi idea de un buen wéstern» explicó en el libro Halcones contra Halcones de Joseph McBride publicado en 1982. Y, añadía: «Un buen sheriff se daría la vuelta y preguntaría: '¿Eres bueno? ¿Eres lo suficientemente bueno como para encargarte del mejor hombre que tienen (los malos)?' El tipo probablemente diría que no, a lo que el sheriff contestaría: 'Entonces tendría que ocuparme también de ti'», desechándole por inútil.

Hawks explicó que hizo Río Bravo porque quería mostrar la actitud opuesta a la del héroe de Solo ante el peligro «y mostrar el punto de vista de un profesional». Y es que la crítica de Hawks a la cinta de Zinnemann se centraba en que, para él, un sheriff de verdad no iba mendigando ayuda a los ciudadanos. «Alguien me dijo entonces –concluyó Hawks–: '¿Por qué no hacemos esa película al revés?' Yo dije: 'Vale' y por eso hicimos Río Bravo».

Fotograma de Howard Hawks en Solo ante el peligro

Solo ante el peligro

Hoy considerado uno de los cinco o diez mejores wésterns de la historia del cine, se trata de un profundísimo retrato psicológico sobre una larga espera que, alejado de los grandes peregrinajes en grupo propios del género, y mediante un relato más bien urbano y claustrofóbico, muy teatral y de argumento mínimo, logra compendiar todo el espíritu del género, de sus hombres, de sus creencias y miserias, de sus códigos de honor y sus valores. Algo que Hawks volvería a explorar, aunque con tonos y matices muy distintos, en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo, sus dos últimas películas.

Pero no deja de ser curioso cómo, uno de los wésterns más excepcionales de todos los tiempos, inspiró a que surgiera otro de los wésterns más excepcionales de todos los tiempos. Pero no porque concibiera Río Bravo como la obra maestra que luego fue, sino porque a Howard Hawks, sencillamente, Solo ante el peligro le indignó.

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