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El director de cine Tarik Saleh en la entrevista de El Debate

El director de cine Tarik Saleh en la entrevista de El Debate

Entrevista

Tarik Saleh, director de cine: «La narrativa es una herramienta de poder y eso es inquietante»

Con 'Águilas de El Cairo', el director sueco disecciona la relación entre cine, propaganda y poder en una historia sobre verdad, mentira y supervivencia

Tarik Saleh no solo filma historias; desnuda las estructuras del poder. El cineasta sueco, aclamado en escenarios como Cannes y Sundance, se ha consolidado como el referente definitivo del thriller de autor, fusionando una estética visual impecable con una crítica social punzante que no da tregua. Su obra más reciente y ambiciosa, Águilas de El Cairo, nos sumerge en las entrañas de un régimen autoritario y un actor atrapado entre sus redes, obligado por la presión gubernamental a protagonizar una película de propaganda. Lo que comienza como un encargo forzado se convierte en un laberinto de supervivencia donde el arte y la moral chocan de frente. Con una narrativa eléctrica y una tensión que no da tregua, Saleh demuestra por qué es una de las voces más valientes del cine actual, capaz de transformar la crítica social en un espectáculo de alto voltaje.

—Conoce muy bien a Fares Fares. ¿Por qué sentía que él era el único que podía interpretar a este actor atrapado por el poder?

— Interpretar a un actor es muy difícil. Cuando le mostré el guion a Fares Fares, le hice una pregunta muy directa: '¿realmente puede importarnos lo que le ocurre a un actor?’. Muchas veces, cuando vemos a actores interpretando a otros actores, sentimos una distancia; parece que estamos viendo a alguien actuar sobre alguien que ya está actuando. Es fácil perder la autenticidad. Le pondré un ejemplo muy concreto: cuando vemos a celebridades muy conocidas en conflictos públicos, como en el caso de Johnny Depp y Amber Heard, muchas personas sienten que todo parece una representación, que no pueden creer del todo en la emoción que están viendo. Por eso le pregunté si de verdad creía que al público le importaría lo que le pase a este personaje.

— ¿Qué le convenció para seguir adelante con él como protagonista?

— Él me respondió que sí, que le importaría. Me dijo: «Te prometo que sí». En ese momento confié en él, porque entendí que no iba a interpretar a un actor, sino a un ser humano. Y eso era exactamente lo que necesitaba para el personaje.

— Su cine suele estar pegado a la realidad de Oriente Medio. ¿Cómo ha influido el contexto actual en la gestación de Águilas de El Cairo?

— Esta película se escribió mucho antes del 7 de octubre, y me alegra muchísimo que haya sido así. No me gusta hacer películas que reaccionen directamente a la actualidad, porque el cine es un medio lento, mientras que las noticias cambian cada día. Si haces una película sobre lo que ocurre hoy, mañana ya puede parecer anticuada; por eso siempre intento trabajar con historias más universales y más atemporales.

— Sin embargo, la película reflexiona sobre cómo se construye la verdad. ¿Cree que la forma de contar historias hoy determina nuestra percepción de la realidad?

— Absolutamente. Hoy vivimos en una época en la que la forma de contar las historias ha cambiado muchísimo, especialmente con internet y las redes sociales. Antes, una historia se construía alrededor de la pregunta: '¿qué va a pasar?'. Pero ahora la pregunta no es esa, sino '¿cómo va a pasar?'. En plataformas como YouTube el título muchas veces ya te dice lo que va a suceder; lo interesante no es el resultado, sino la manera en que ocurre.

— ¿Es esa lógica narrativa un nuevo instrumento de control?

— Esa lógica ha sido entendida muy bien por ciertos actores políticos y mediáticos. Hoy vemos cómo algunas potencias utilizan esa forma de contar historias para influir en la percepción pública: primero anuncian lo que va a pasar, y luego lo que sorprende es la forma en que ocurre. La narrativa se convierte así en una herramienta de poder.

Fotograma Águilas de El Cairo 2

Fotograma de Águilas de El Cairo

— ¿Qué es lo que más le preocupa de este escenario donde el relato parece ganarle a los hechos?

— Es inquietante porque, mientras hablamos de narrativa, también existe la realidad: guerras, bombardeos, niños que mueren. Esa es la parte verdaderamente terrible. Por eso creo que es importante preguntarnos qué historias queremos contar como sociedad; debemos ser capaces de decir qué mundo queremos y qué valores queremos proyectar.

— En sus películas, el escenario es casi un personaje más. ¿Cómo le afecta tener que rodar lejos de las localizaciones originales, como ha ocurrido con sus historias ambientadas en Egipto?

— Rodar lejos del lugar real siempre crea problemas, pero también posibilidades. En el cine siempre estás recreando algo, incluso cuando ruedas en el lugar original. Recuerdo que en una de mis primeras películas encontramos localizaciones reales perfectas, pero los productores decidieron rodar en estudio para controlar lo que pasaba en la calle. Entonces pensé: si al final vamos a reconstruir todo en un estudio, ¿qué diferencia hay?.

— Sus imágenes de El Cairo se sienten muy auténticas, a pesar de esa distancia física. ¿Cuál es el secreto para capturar esa esencia?

— Mis películas no son completamente naturalistas; son más bien una interpretación personal de un lugar, una memoria o una sensación. Es un poco como ocurre con las ciudades: cada persona tiene su propia versión de una ciudad. Tu Madrid no es el mismo Madrid que el mío. Los lugares que visitas y tus experiencias crean una ciudad diferente para cada persona. En el cine intento capturar precisamente eso: una versión muy específica.

Fotograma de Águilas de El Cairo

Fotograma de Águilas de El Cairo

— En su cine, la línea entre lo correcto y lo incorrecto suele ser difusa. ¿Refleja esta película los dilemas morales que enfrenta un creador frente al poder?

— Sí, la película habla precisamente de ese conflicto interior. Como artista, uno siempre vive con una tensión constante entre la verdad y la mentira. La paradoja central de esta historia es que el protagonista es un héroe, pero también es un mentiroso. En cambio, el antagonista es alguien que dice la verdad.

— ¿Se siente identificado personalmente con esa lucha por la honestidad en su trabajo?

— Esa contradicción me interesaba mucho. A veces yo mismo me siento así: intentando ser lo más sincero posible en lo que hago, pero al mismo tiempo sintiendo una presión constante, como si hubiera una voz que me dijera que no estoy siendo completamente honesto; 'me siento como un mentiroso'.

— Sin embargo, en la trama, la mentira no parece nacer de la maldad, sino de la necesidad...

— Exacto. En la película, el protagonista miente, pero no lo hace para beneficiarse a sí mismo. Miente para proteger a otras personas, para ayudar a quienes ama o para intentar salvar a alguien cercano. Sus mentiras nacen de una intención moral. Ahí es donde reside el peligro. El antagonista utiliza la verdad como herramienta para alcanzar el poder. Y eso crea una paradoja muy interesante: el mentiroso puede ser moralmente complejo y humano, mientras que el que dice la verdad puede utilizarla de manera fría y estratégica. Ese es el dilema que me interesaba explorar.

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