Kirk Douglas en una escena de la película El loco del pelo rojo
Historias de película
La Odisea de Kirk Douglas, la película olvidada que el actor adoraba
Fue la película gracias a la cual creó su propia productora y sacó adelante Espartaco
En 1954, Dino De Laurentiis y Carlo Ponti se pusieron detrás de uno de los proyectos más emblemáticos de la Italia de la época. Sin poder considerársela péplum (género que aparecería unos años más tarde en películas ambientadas en la Antigüedad, con presupuestos exiguos y protagonistas hercúleos), los dos productores se animaron a desarrollar una película basada en la obra de Homero después del éxito de Quo Vadis de 1951, realizada en los estudios Cinecittá de Roma. Conscientes de que debían dejar atrás las cintas neorrealistas, fueron ambiciosos y propusieron a la Paramount una producción internacional, en Technicolor y con Silvana Mangano, esposa de De Laurentis, como protagonista.
Para que la película funcionara pasados los Apeninos, la productora americana aceptó poniendo a uno de sus actores más populares, Kirk Douglas, en el papel de Ulises y al magnífico secundario Anthony Quinn en el del pretendiente Antinoo. Pero, junto a estas decisiones, hubo otras que llevaron a la película a ser una de las de mayor éxito en la historia del cine europeo de la década de los 50.
Para empezar, la elección del director. Mario Camerini entró en sustitución del vanguardista G.W. Pabst (La caja de Pandora), que abandonó el proyecto a medida que crecía en ambición y miradas internacionales. Camerini no era un director con ínfulas de autor, sino un realizador todoterreno eficaz, rápido y fiable que era capaz de sacar adelante una película ágil y comprensible para todo el mundo sin perderse en la densidad de la obra de Homero.
Para condensar el texto en una película comercial de hora y media sin perder coherencia narrativa ni la grandeza de la obra, encargaron el guion a Ben Hecht, guionista de Encadenados o Luna nueva, fundamental para darle ritmo a la película sin perder el estilo comercial americano. Junto a él estuvieron el célebre novelista Irwin Shaw y los populares guionistas italianos Franco Brusati, Ennio De Concini e Ivo Perilli.
Una de las decisiones dramáticas más inteligentes del filme fue la de darle a Silvana Mangano un doble papel, el de Penélope, la fiel esposa de Ulises que le espera en Ítaca durante veinte años, y el de la hechicera Circe, que le seduce y retiene durante años, reforzando el conflicto interno de Ulises entre su deseo de regresar al hogar y la tentación del olvido. Esta dualidad elevó la cinta a otro nivel porque le otorgó un subtexto psicológico poco corriente en el cine de su tiempo, mostrando la confrontación entre el deber y el hogar y el deseo y la perdición.
La película tampoco habría sido lo mismo sin el cúmulo de innovaciones técnicas aportadas por Mario Bava, futuro director de cine de terror que por entonces era un magnífico director de fotografía y un ingenioso creador de efectos especiales. Aceptó el reto titánico de crear un cíclope gigantesco alternando planos de un actor con prótesis faciales con los de una maqueta gigante animatrónica manejada mecánicamente desde dentro. Su labor haciendo aquellos magníficos y vanguardistas trucajes ópticos en la cueva del gigante, sin embargo, no fue acreditada.
Pero, sin duda, el gran acierto del filme fue la elección de Kirk Douglas como protagonista. El actor de origen ruso había protagonizado ya importantes películas como El gran carnaval, Cautivos del mal y 20.000 leguas de viaje submarino y estaba en un momento álgido de su carrera. Él le aportó a Ulises su característico atletismo y un halo de virilidad pura, pero lleno de astucia e imperfecciones, de vulnerabilidad ante las tentaciones y de la humana necesidad de regresar al hogar. Douglas se divirtió tanto dando vida a un héroe que sobrevivía más por su ingenio que por su simple fuerza bruta que crearía su propia productora, Bryna Productions, y volvería pocos años después a Italia para impulsar su proyecto más personal ambientado también en la Antigüedad, Espartaco.
Kirk Douglas en Espartaco
En su magnífica autobiografía Kirk Douglas: El hijo del trapero así lo explica: «Trabajar en Italia me abrió los ojos sobre cómo se podía hacer cine fuera del corsé del sistema de estudios de Hollywood. Había una pasión y una improvisación técnica maravillosas».
Ulises ocupa un lugar fascinante en la historia del cine, pues supuso un puente necesario entre el cine épico (grandes superproducciones de estudio hollywoodienses) y el peplum (modestas películas de héroes rotundos), entre la cara y la cruz de entender las historias magníficas, enormes y grandilocuentes ambientadas en la Edad Antigua que durante más de una década llenaron las salas de cine del mundo entero.