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Joseph Goebbels, jerarca nazi y genocida, responsable de la propaganda del Tercer Reich

Joseph Goebbels, jerarca nazi responsable de la propaganda del Tercer ReichWikipedia

Cine

El Hollywood de Hitler

Con Goebbels a la cabeza, la industria cinematográfica alemana produjo más de 1.000 películas entre 1933 y 1945, todo un ejemplo de propaganda que manipulaba la realidad

El cine del Tercer Reich fue una industria férrea, metódica y de censura que, al mismo tiempo, quería ser una fábrica de sueños para el pueblo alemán y una metáfora de todo lo bueno de su raza y de su pueblo. Pero, lo más curioso, es que muy pocas de las películas que se produjeron en algo más de una década son abiertamente nazis porque la gran mayoría parecen amables e inofensivas.

El 2 de febrero de 1932, sólo tres días después de que Hitler asumiera la Cancillería Alemana, acude a la gala de estreno de la película Amanecer rojo dirigida por Gustav Ucicky en 1933. Ambientada en un submarino de la Gran Guerra y producida durante la República de Weimar, en ella se ensalzaba el patriotismo, el heroísmo y el sacrificio militar alemán que en seguida se vio como un símbolo cinematográfico ideal de los «nuevos tiempos».

El nuevo führer entendió perfectamente el poder de las películas y en marzo de ese mismo año nombró a Joseph Goebbels ministro de Propaganda para que ejerciera un poder férreo sobre la radio, la prensa y todas las áreas de la actividad artística como, por ejemplo, los estudios cinematográficos UFA, absorbidos por el Estado en 1937. Goebbels supervisaba las historias, los guiones, la producción, el montaje, la distribución y hasta el reparto de todas las películas que se producían en Alemania ejerciendo un poder sobre la forma de pensar del pueblo absolutamente pasmoso. Así lo expresó él mismo: «La propaganda es una forma de arte con un solo objetivo: la conquista de las masas. Seducir a los hombres con una idea de modo que se sientan tan cautivados por ella que se apodere de sus mentes y ya no puedan extraerla». Pero esta propaganda no empezó siendo frontal ni agresiva, sino una especie de encantamiento cuyo objetivo era el alinear a la sociedad entorno al hechizo de su líder.

La adscripción política a esta forma de hacer cine era fundamental. Por eso, las más de dos mil personas que no se sumaron abiertamente a ella fueron empujados a abandonar el país o lo hicieron abiertamente como la actriz Marlene Dietrich o Fritz Lang, padre del Expresionismo Alemán.

Pero, ¿qué proponían las películas que encandilaron a todo un pueblo durante más de diez años? Para empezar, los ideales de una vida hogareña, un trabajo honrado y justo para el buen alemán, el amor a la tierra y, en definitiva, una vida casi inmaculada. El cine nazi creó un mundo artificialmente perfecto lleno de tradición y jovialidad donde hasta la muerte es un momento de armonía casi deseable. La juventud en estas películas era valiente, aventurera y tentadora, el proletariado, potencialmente poderoso si es guiado «por el buen camino» y las mujeres, temperamentales, luchadores inteligentes y rotundas, matriarcas casi siempre capaces de alumbrar niños sin parar en este nuevo mundo lleno de esperanza.

Entre 1933 y 1945, se produjeron más de 500 comedias y musicales y 400 dramas históricos, melodramas, películas de aventuras o detectives. Pero no eran historias inocentes. Primero, porque antes de cada proyección se emitía un noticiario donde se narraban todas las grandezas del régimen y su líder supremo. Y segundo, porque con unos recursos estilísticos asombrosamente audaces y transgresores, con imágenes caleidoscópicas, fundidos cruzados casi mágicos, superposiciones ilusorias y toda clase de técnicas que evocaran ideas oníricas o irreales, se generó un mundo aspiracional ante el que el público de la sala y los propios personajes de los filmes miraban con verdadera devoción.

Desde películas de revista, casi de opereta, con canciones populares simpáticas y pegadizas, a aventuras exóticas llenas de hombres vigorosos y valientes, todas ellas suponían una especie de opio para el pueblo con el que le gente se evadía y soñaba. Ni terror, ni ciencia ficción, ni nada que recordara a los horrores que proponía el Expresionismo apenas unos años atrás y que aterradoramente recordaban demasiado a la realidad. Eso sí, en este contexto de cintas de amor a la patria se metía, poco a poco al principio algún comentario antisemita, primero naif, en forma de chiste, y años después, en forma de insulto y desprecio.

Este cine de propaganda halló su máxima expresión en el documental El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, un filme extrañamente hermoso y sin duda poderoso en el que hombres y mujeres jóvenes y vigorosos miran, admiran y desfilan con una devoción hipnótica a su líder, Adolf Hitler. Mientras Europa iba sucumbiendo al caos y la crisis, los alemanes se mostraban al mundo como una nación grande, geométrica y organizada que exaltaba su poder comunitario, su voz única. Algo que, en su siguiente película, Olympia, sobre la actuación de los alemanes en los Juegos Olímpicos de 1936, da un salto oneroso al mostrar la superioridad física de la raza aria.

El teórico cinematográfico Sigfrid Krakauer pasó la vida advirtiendo sobre los riesgos de esta forma de manipulación: «La propaganda es totalitaria, regresiva y nihilista. Extrae toda la sustancia de cualquier concepto lleno de significado y utiliza su cáscara para desarrollar un discurso con apariencia atractiva. Desde el fondo del tumulto generado por la propaganda emerge una calavera».

Hoy sabemos que el Tercer Reich fue imposible sin la propaganda. Y el éxito de la propaganda fue imposible sin el cine.

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