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Fotograma de Blue Heron

Crítica de cine

'Blue Heron': una delicada y auténtica mirada a los problemas de salud mental de un adolescente

La directora húngaro-canadiense Sophy Romvari pone sobre la mesa cuestiones sociales de enorme interés y actualidad

Nos llega una película de claros tintes autobiográficos, y que es en realidad el desarrollo del multipremiado cortometraje Still Processing, que estrenó la directora, Sophy Romvari, en el 2000. Romvari es la cuarta hija de un matrimonio de emigrantes húngaros que acabó viviendo en una isla de Vancouver. De los cuatro hermanos ella es la única que ya nació en Canadá.

El argumento del film se centra precisamente en una familia similar, en las mismas circunstancias, y la protagonista es Shasha (Eylul Guven y Amy Zimmer), una niña de ocho o nueve años, que es testigo de que su hermano mayor Jeremy (Edik Beddoes) tiene problemas de salud mental que le llevan a realizar conductas disruptivas cada vez más peligrosas e incluso delictivas.

Sus padres (Iringó Réti como madre y Ádám Tompa como padre) intentan todo para que su hijo esté bien, pero fracasan siempre y parecen estar abocados a la desesperación. Finalmente, una trabajadora social les propondrá que Jeremy vaya temporalmente a una familia de acogida.

La directora húngaro-canadiense Sophy Romvari nos ofrece en su ópera prima una película paradójicamente madura, original, muy personal y hasta cierto punto vanguardista. Hace gala de un ejercicio libérrimo de narración cinematográfica, en el sentido de combina realidad, ficción y ensoñación en lo que es un comprometido esfuerzo de reconstrucción de la memoria y construcción de la propia identidad. O viceversa. Pero lo más interesante es que no estamos hablando de una obra intimista, o peor, narcisista, sino que Romvari pone sobre la mesa cuestiones sociales de enorme interés y actualidad. Temas como la salud mental, la adolescencia, la inmigración, los servicios sociales son tomados muy en serio en una película que no pretende dar recetas ni decir la última palabra sobre nada, sino simplemente observar con mirada auténtica, sin juzgar, sin condenar.

La película cuenta con tres partes que se corresponden con tres puntos de vista del mismo personaje, Shasha, alter ego de la directora. La primera parte se sitúa a finales de los noventa, y en ella nos introducimos en la vida de la familia de Shasha a través de su mirada infantil; luego venimos más o menos al presente, cuando Shasha se ha convertido en una especie de investigadora en trabajo social, y trata de aproximarse a lo que vivió veinte años atrás desde una perspectiva más profesional o científica; por último, en la tercera parte Shasha nos ofrece un punto de visto desdoblado, de niña y adulta, en un viaje entre onírico e imaginario del presente al pasado.

Naturalmente, en un film de estas características, la interpretación actoral es decisiva, y Romvari consigue alejar a los actores de la fácil tentación del melodrama, y consiguen unos registros tan contenidos como auténticos; sin duda el mérito mayor es el de Eylul Guvene, que encarna a Shasha de niña, y que lo hace con convicción.

Todo este trabajo, que tiene tanta observación –casi documental– como introspección, viene envuelto en una banda sonora muy sugerente que incluye temas contemporáneos con piezas clásicas de Dvorsak, Beethoven o Prokofiev. Un hallazgo de película.