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James Stewart, en una imagen de archivo

Cine

La faceta de héroe de guerra de James Stewart que explota el biopic sobre su vida

La película Jimmy no se centra en su carrera cinematográfica sino en su labor durante la Segunda Guerra Mundial

La moda de biopics sobre grandes estrellas de Hollywood ha conocido días mejores. Quizá el mejor y el más fidedigno con su historia sea Chaplin de Richard Attenborough o Ed Wood de Tim Burton. Pero Hitchcock, Trumbo, Marilyn, Blonde, El gordo y el flaco, Judy, Archie y hasta Mank de David Fincher han sido películas correctas. Sin más.

Por eso, cuando aparece un nuevo biopic sobre unas de las figuras icónicas del cine clásico, aquellas que contribuyeron a hacer de Hollywood la fábrica de sueños -y de dinero- que fue y sigue siendo, se espera que sea uno de esos biopics inolvidables y disfrutables. Y no parece que Jimmy lo sea habida cuenta de las frías críticas que ha recibido tras su reciente estreno en Estados Unidos.

James Stewart nació en 1908 en el seno de una familia acomodada de Indiana. Era presbiteriano, republicano, un estudiante ejemplar que destacaba en música y teatro y que se graduó en arquitectura en la prestigiosa universidad de Princeton.

Su amigo y futuro director de cine Joshua Logan le invitó a formar parte de un grupo de actores universitarios donde le vio un cazatalentos de la Metro y en 1935 firma un contrato de siete años porque, en plena Gran Depresión, tenía más posibilidades de prosperar como actor en comedias de Frank Capra y Clarence Brown que como arquitecto.

Son los años de Ardid femenino, Arizona, Vive como quieras, Caballero sin espada y El bazar de las sorpresas y en ellas da vida al hijo que quería todo el mundo: joven, alto, apuesto, simpático, honesto, entrañable y, sobre todo, bueno. Cinco años imparables le llevan a ganar, en 1940, el Oscar al mejor actor por Historias de Filadelfia y se convierte definitivamente en estrella.

Fotograma de Historias de Filadelfia (1940)

La carrera de James Stewart era imparable

Pero en marzo de 1941, meses antes de que Japón bombardease la base naval de Pearl Harbour y Estados Unidos entrase en la guerra, el actor hace lo que nadie esperaba. Y es que se alista voluntariamente en las Fuerzas Aéreas.

Aquello desestabilizó enormemente a la industria porque si bien es cierto que no existía ninguna ley o norma especial que eximiera a los actores de Hollywood (ni a ninguna otra figura pública) del reclutamiento obligatorio en tiempos de guerra, desde el gobierno de Franklin D. Roosevelt y la Oficina de Información de Guerra, Hollywood tenía un valor estratégico incalculable y no podía permitirse que ninguna de sus estrellas muriera por el riesgo que ello suponía de hundir la moral de la tropa. Las estrellas bien seguras en la retaguardia.

James Stewart había aprendido a pilotar monomotores en 1935, tal era su fascinación por los aviones, y por esa razón superó con éxito las exigentes pruebas de la Air Force para pilotar bombarderos pesados. Demostró tanta pericia, de hecho, que se convirtió en instructor de vuelo, pero él solo tenía un objetivo: ir al frente europeo.

Le costó dos años que le enviaran a Inglaterra. Dos años de largas y de excusas para que una superestrella de cine, oscarizada y famosa, no pusiese su vida en peligro. Finalmente logró un mando y fue comandante un escuadrón de bombarderos cuatrimotores B-24 Liberator. Pero Stewart no solo combatió de manera activa, sino que planificó más de veinte misiones de alto riesgo sobre la Alemania nazi y los territorios ocupados, enfrentándose al fuego antiaéreo y a los cazas enemigos de la Luftwaffe. En ocasiones, sus aviones regresaron a la base en terribles condiciones, pero su destreza a los mandos le hizo salvar la vida in extremis en varias ocasiones.

Stewart desarrolló una envidiable carrera militar

Por su valentía, liderazgo y contribución militar, recibió numerosas medallas de guerra entre las que destacan la Cruz de Vuelo Distinguido con hojas de roble, la Medalla del Aire y la Cruz de Guerra francesa. Pero, además, se ganó el respeto absoluto no solo de sus compañeros de armas, sino de toda América que le elevó a la categoría de héroe rotundo.

Al terminar la guerra, Stewart no abandonó el uniforme y continuó vinculado a las Fuerzas Aéreas en calidad de reservista hasta que se retiró en 1968 con el rango de general de brigada, convirtiéndose en el actor de Hollywood con mayor graduación militar en la historia de Estados Unidos.

En 1946 James Stewart regresó al cine y lo hizo de la mano de su íntimo amigo Frank Capra con una de las películas que más y mejor refuerzan la grandeza del espíritu humano: ¡Qué bello es vivir! Una grandeza que uno de los actores más emblemáticos y queridos del viejo Hollywood demostró dentro y fuera de la pantalla.