01 de julio de 2022

Ángel de Fana, Ernesto Díaz Rodríguez, Maritza Lugo Fernández y Luis Zúñiga.

Ángel de Fana, Ernesto Díaz Rodríguez, Maritza Lugo Fernández y Luis ZúñigaPaula Argüelles

Víctimas de Castro, en El Debate

«El problema no es el castrismo, sino el comunismo: es el mal de Cuba y del mundo entero»

El 19 de noviembre se estrena «Plantados», una película sobre los presos políticos del régimen de Fidel Castro. Hablamos con los supervivientes de las torturas, que dan fe de que «todo ocurrió así»

Un día Fidel Castro dijo que en Cuba no había presos políticos. Así que se ordenó a estos que cambiasen su uniforme caqui por el azul de los presos comunes. Pero hubo muchos que se plantaron y se negaron. Aquellos «plantados» fueron entonces víctimas de represión, torturas y fusilamientos que se prolongaron décadas.
En total, más de 15.000 presos políticos se negaron a doblegarse ante el régimen tras el triunfo de la Revolución Castrista en 1959. Vivieron desnudos, hacinados y enfermos durante 30 años, pero algunos sobrevivieron. Ahora, una película recoge la verdad de las cárceles cubanas, y los protagonistas reales que inspiran Plantados relatan su experiencia a El Debate.
Entrevista con presos políticos exiliados de Cuba

«Las cucarachas nos comían los labios»

Son cuatro los supervivientes que se encuentran de gira promocionando la película, dirigida por Lilo Vilaplana y producida por Centurión Films. Ángel de Fana tiene 82 años, nació en La Habana y estuvo 20 años y 7 meses en prisión. Ha colaborado en el guion de la película, y no siente rencor, solo quiere que se sepa la verdad: «Puedo asegurar que cada hecho que cuenta la película ha sido corroborado por el testimonio de al menos tres presos. Desde el exilio sigo luchando para que haya elecciones libres, y el primer día que haya democracia allá, seré el primero en regresar», explica este cubano que emitía el programa La voz del Cid, al mismo tiempo que se dedicaba a la edición de libros, revistas y boletines. «El día que cumplí mi condena, tras 20 años de torturas físicas y psicológicas, me dijeron que para salir tenía que ponerme el uniforme azul de los delincuentes comunes. Les dije que no, y sin juicio ni defensa, me condenaron a un año más de cárcel».
Ángel de Fana

Ángel de FanaPaula Argüelles

Maritza Lugo Fernández estuvo cinco años en una cárcel de mujeres sin ser juzgada. Fue declarada presa de conciencia por Amnistía Internacional. «Llegué a pensar que estaba en el infierno y a dudar de si estaba viva o muerta», relata esta mujer de 58 años, que nació cuando Fidel Castro ya estaba en el poder. Se casó con un dirigente del Partido Democrático (que fue condenado a 20 años de prisión) y se unió a su causa por los derechos humanos. «Había presas que no soportaban el trato y se embarraban con sus excrementos, se partían los brazos, y como consecuencia eran golpeadas», revela con los ojos llenos de lágrimas, a la vez que confiesa que a ella los castristas le destrozaron la vida.
Luis Zúñiga y Ernesto Díaz Rodríguez son quienes responden a las preguntas de El Debate. Zúñiga tiene 74 años y lleva desde los 15 conspirando contra el castrismo. Se fugó, regresó para llevar armas, sufrió torturas, realizó huelgas de hambre y estuvo a punto de morir en varias ocasiones. «Pero Dios siempre estaba», afirma emocionado quien ha superado el odio, a pesar de los guardias le rompieron el cráneo con una barra de hierro y le atravesaron el esternón con una bayoneta. Salió en 1988 gracias a la negociación de Juan Pablo II, y vive desde entonces felizmente en Miami.
Díaz Rodríguez cumplió más de 22 años en prisión, desde donde logró publicar varios libros y poemarios, como Rehenes de Castro y La campana del alba, que los presos comunes sacaban escondidos en el recto. «Por supuesto que se puede ser feliz a pesar de lo vivido. Mi espíritu se sentía libre también en prisión. Hay quien no lo entiende, pero cuando uno lucha por una causa justa, aunque viva en la miseria, puede ser muy feliz», explica quien ha continuado con su labor como escritor, además de activista, para dar a conocer la realidad del régimen cubano. «Sé que mis torturadores nunca serán juzgados: en Cuba son premiados, son alabados por esos crímenes. Pero nuestro sueño es que se haga justicia, al menos mediante la propagación de la verdad».
Ernesto Díaz Rodríguez y Luis Zúñiga conversan con la periodista María Serrano

Ernesto Díaz Rodríguez y Luis Zúñiga conversan con la periodista María SerranoPaula Argüelles

Justicia, no venganza

– Algunos presos lucharon junto a Fidel. ¿Qué esperanza había en derrocar a Batista?
– Díaz Rodríguez: Nosotros luchamos contra la dictadura de Fulgencio Batista, que había dado un golpe de Estado sin ninguna motivación, simplemente por ambiciones personales. Creíamos en ese momento en las palabras de Fidel Castro de que en Cuba iba a haber un retorno a la democracia, iba a haber libertad de expresión, de movimiento… y que Cuba iba a prosperar y se iba a resolver el problema de los pobres. Muchas promesas que en esa época, con la situación de la población, provocaron un rayo de esperanza. Pero finalmente, desde el mismo año 1959, en cuanto Fidel subió al poder, empezó a implantar su tiranía y a buscar la forma de mantenerse permanentemente en el poder. La consecuencia directa fue más miseria, más sufrimiento para el pueblo de Cuba y la eliminación total de todas las libertades.
– En la película se menciona que realmente lo que llegó con el castrismo hizo parecer chiquito a Batista...
– Zúñiga: Yo era un niño. Tenía 11 años cuando triunfó la revolución. Mi familia pensaba que la revolución traería el restablecimiento de la democracia, que iba a resolver los pequeños problemas que tenía Cuba en términos económicos y los muchos que tenía en términos políticos, pero eventualmente Fidel Castro se burló de todas las promesas, y esa fue la razón por la que los primeros que se volvieron contra Fidel Castro fueron los revolucionarios, los que habían luchado junto a él en la revolución, que habían peleado en la guerrilla en la sierra. En cuanto llegó al poder, Fidel suprimió todas las libertades y buscó la manera de perpetuar su dictadura. Ahí surgimos los plantados.
– Díaz Rodríguez: La dictadura de Batista, aunque era mala, como todas las dictaduras, no importa que sean de derechas o de izquierdas –aunque por supuesto las de izquierdas son mucho peores–, no tiene comparación con la tragedia de Cuba. Nosotros nos dimos cuenta muy pronto y en seguida comenzamos la lucha contra la tiranía de Fidel Castro. Y eso conllevó que nos encerraran en prisión, que cometieran todo tipo de atropellos contra nosotros, que nos encerraran en celdas de aislamiento, nos torturaran… Ahí permanecimos muchos años, en mi caso casi 23, pero compañeros cumplieron hasta 30 años de prisión, ¡más que Nelson Mandela! ¡Y sin haber cometido ningún delito!
– ¿Qué significa que erais plantados, término que da también nombre a la película?
– Zúñiga: El nombre vino de la mano del Plan de Trabajo. Es importante entender que en el sistema comunista, la persona que se enfrenta al régimen es un enemigo al que hay que doblegar o destruir. El primer paso para doblegarnos fue en Isla de Pinos, en el presidio más grande que había en Cuba, donde a los presos se les obligaba a realizar trabajos forzados, como en la época de la esclavitud. Llevaban a los presos a trabajar a canteras, a romper piedras… no tenían un propósito económico, solo el de golpear y atemorizar a los presos para conseguir que se quebraran. Los presos salían con el miedo diario de no saber si regresarían vivos. Hubo presos que, ante esa situación, se negaron a trabajar: preferían morir. Decían: «Yo me planto». Y de ahí salió la expresión «los plantados».
– ¿Qué torturas sufrieron?
– Díaz Rodríguez: Uno de los métodos de castigo consistía en introducirnos en una laguna llena de excrementos, tanto de presos como de militares, y ahí nos sumergían durante horas y horas, nos pegaban con varas y barras de acero. Vivir hacinados, desnudos, entre excrementos y alimañas, sin asistencia médica (ni una aspirina nos dieron en todos esos años), siendo golpeados y heridos con machetes y bayonetas, sin comida, en condiciones extremas de frío y de calor y por supuesto aislados, sin visitas ni correspondencia… despojados de toda dignidad, excepto de la más verdadera. Yo estuve 23 años sin ver a mis hijos; los dejé con seis meses, año y medio y cinco años, y los volví a ver cuando eran adultos. El ensañamiento fue contra los prisioneros políticos plantados y contra nuestros familiares.
– ¿Eran peores las físicas o las psicológicas?
– Zúñiga: Sufríamos torturas de todo tipo. Una película no podría recoger todas las atrocidades que sufrimos… Nos encerraban en las celdas, que eran minúsculas y sin ventanas, tapiadas con planchas de acero (que producían un calor asfixiante), y nos ponían ruidos electrónicos chirriantes 24 horas al día que nos perforaban los tímpanos. Trataban de volvernos locos. Con esa tortura se suicidó Rafael del Pino Cielo, un preso político que había sido amigo de Fidel Castro y este lo había encarcelado. También nos llevaban a hospitales psiquiátricos para aplicarnos electroshocks… en los testículos. Eusebio de Sosa lo ha relatado en numerosas ocasiones.
– Díaz Rodríguez: Las celdas eran muy pequeñas: si apoyábamos la espalda en una pared, las piernas estiradas se apoyaban en la pared de enfrente. Teníamos que hacer nuestras necesidades en un hueco que había en una esquina de la celda, no teníamos agua y nos comían las ratas, las cucarachas, los insectos, los mosquitos… Y ahí pasamos años. Y estábamos incomunicados.
Ernesto Díaz Rodríguez y Luis Zúñiga en la redacción de El Debate

Ernesto Díaz Rodríguez y Luis Zúñiga en la redacción de El DebatePaula Argüelles

– ¿Qué secuelas ha tenido ese largo cautiverio?
– Zúñiga: Psicológicas y físicas, incluso muchos prisioneros murieron en prisión. En la cárcel de Boniato se dio el caso de presos que murieron de escorbuto, comiendo la alimentación que daba el penal: jamás una fruta, jamás un vegetal, jamás proteína. Nos costó muchas protestas, plantes e incluso huelgas de hambre para que nos dieran comida. Había días en que, para aterrorizarnos, registraban nuestras celdas (de las que llevábamos años sin salir, por lo que era imposible que hubiera nada nuevo), y a esas requisas entraban con machetes y bayonetas. A mí me fracturaron el cráneo y tengo cicatrices por todo el cuerpo [enseña las de sus manos y brazos]. Aquí están las pruebas. Presenciamos mutilaciones, a un amigo le cortaron la mano con un machete y estuvo sangrando días, a otro, Eduardo Capote, le cortaron los tendones para inutilizarle. Es una historia de violencia.
– Díaz Rodríguez: Hubo una zona de Cuba con celdas de castigo que se conocía como Las gavetas de San Román. En una celda muy pequeña, de unos 45 centímetros de ancho, se metía hasta a seis prisioneros. Para que uno pudiera dormir un rato, tenía que tumbarse entre los pies de los compañeros, que permanecían en pie. Si necesitaban hacer sus necesidades lo hacían dentro de la celda y empujaban los excrementos hacia la puerta, que se acumulaban durante días. En ellos crecían gusanos.
– Ustedes dicen que la tortura solo conseguía reafirmarles en su lucha.
– Zúñiga: O nos doblegaban o nos destruían. Las torturas buscaban conseguir que bajáramos la cabeza y renunciáramos a la lucha, que reconociéramos que nos habíamos equivocado al enfrentarnos al sistema comunista. Ante ese desafío, nos reforzaba, nos hacía reflexionar sobre la justicia de nuestra causa, y llegaba un momento en el que preferíamos morir que doblegarnos. Preferíamos incluso no salir de la cárcel si teníamos que aceptar sus condiciones, si teníamos que ser conniventes con el régimen. Eso le pasó a muchos prisioneros, que cumplieron su condena pero no les liberaban porque se negaban a doblegarse, a ponerse el uniforme de presos comunes (pasamos todo nuestro cautiverio desnudos). Incluso a través del uniforme trataban de rompernos: querían que nos identificáramos a nosotros mismos como delincuentes. Pero nos enaltecíamos, nos jurábamos que resistiríamos.
– Díaz Rodríguez: Una de las tareas que tenían los carceleros era tratar de romper los matrimonios, sembrar la discordia en las familias, separar a los hijos de los padres. Les decían a los niños que sus padres no estaban con ellos porque no les querían, y que estábamos en la cárcel porque éramos malas personas. Les decían a las familias que teníamos la posibilidad de reducir la condena y que no lo hacíamos porque no les queríamos, pero en realidad no podíamos adherirnos al plan de reeducación: era una humillación, una renuncia a nuestros principios y a nuestros anhelos, a la liberación de Cuba. La expresión plantado no solo hace referencia a no querer vestir el uniforme de los presos comunes, sino a un estado de rebeldía, de lucha contra las injusticias; una elevación de la moral que ellos nunca pudieron minar. Hubiéramos preferido la muerte.
– ¿Qué les permitía luchar con esa determinación?
– Zúñiga: Yo me considero un católico de gran fe, y a veces me preguntaba a mí mismo: «¿Tengo fuerzas para aguantar esto?». Pero algo me decía que Dios no me iba a hacer pasar por una prueba que no fuera a ser capaz de resistir. Y así fue. Siempre confié.
– ¿Qué pensaban de los que se doblegaban y se acogían al plan de reeducación?
– Zúñiga: Los pocos presos que decidieron rendirse para salvar a sus familias se fueron con nuestra bendición. No los consideramos menos patriotas; sería injusto decir eso. Eran personas que tenían que tomar una decisión por el bien de sus familias, incluso alguno pensaba que podría hacer más por la lucha si salía en libertad (como así fue en algunos casos). El régimen buscaba que bajáramos la cabeza, que no les desafiáramos: eso para ellos ya era una victoria. Pero para nosotros no significaba tanto.
– Díaz Rodríguez: Hubo un momento en el que éramos más de 15.000 prisioneros plantados en Cuba. Pero con el tiempo algunos fueron extinguiendo sus condenas, otros consiguieron la libertad por problemas médicos, y en los años finales, los que inspiramos la película Plantados llevábamos todos más de 20 años encarcelados. Tenemos el caso de Mario Chanes de Armas, compañero de Fidel Castro en el asalto al Cuartel Moncada y luego reclamado por él para viajar a México donde organiza y participa la expedición del yate Granma, que cumplió 30 años de prisión… siendo inocente. Él nunca conspiró contra Fidel, pero sí se negó a seguir apoyándolo cuando tomó la vía autoritaria, y lo mandó marchitarse en la cárcel hasta el último día. También es el caso de Eusebio Peñalver Mazorra, prisionero negro (los castristas se ensañaban mucho con los negros, como se ve también en la película). Es una historia dolorosa, desgarradora, que ha dejado un rosario de muertos.
– Hoy el castrismo sigue vivo. ¿Puede la ideología anular la humanidad?
– Díaz Rodríguez: La situación en Cuba fue una enajenación de Fidel Castro. Él quería crear una nación de robots, que todos fuéramos iguales, incondicionales a la Revolución, que viviéramos en humillación y aceptáramos las miserias impuestas. Lo que ha sufrido el pueblo de Cuba durante 60 años (y continúa sufriendo hoy) es terrible: ha destruido el país entero, la economía, las libertades… Es un sistema de maldad, de destrucción y de odio. Hay que continuar luchando hasta que salvemos al pueblo de Cuba.
– El régimen sigue vivo, ¿las condiciones en las que viven hoy los presos siguen siendo las mismas?
– Zúñiga: Todo sigue igual. Tal vez hay menos violencia porque existen las redes sociales y poco a poco hemos podido comunicar lo que allí sucede, pero la gente no termina de abrir los ojos. Esa Revolución que querían exportar al exterior, de justicia social, se ha demostrado que es una mentira, se ha derrumbado el ideal. Sin embargo, los presos políticos siguen existiendo, aunque de los 15.000 de nuestros días han pasado a ser unos 600. Pero siguen siendo vejados, golpeados y aislados en celdas tapiadas. Actualmente hay presos que llevan casi 30 años encerrados… Hace unos meses murió en prisión Armando Sosa Fortuny, que pasó más de la mitad de su vida en las mazmorras castristas (¡43 años!) y en ellas murió.
– Algunos de ustedes incluso volvieron a Cuba para continuar la lucha.
– Díaz Rodríguez: Yo tuve que abandonar la isla porque estaba siendo perseguido, pero yo quería continuar luchando hasta que mi pueblo fuera libre. Por eso después de haber huido decidí regresar para luchar por mi pueblo. Ustedes que tienen los medios de comunicación, pueden contar lo que allí sucede, pueden ser embajadores de la libertad. Tiene que cesar la dictadura del terror. Y este peligro también los acecha a ustedes, a todos los países donde el comunismo está ganando fuerza. ¡Tienen que luchar junto a nosotros para que España sea libre! El problema no es el castrismo, sino el comunismo, esa plaga universal que comenzó en la Unión Soviética y se ha extendido por todo el mundo.
– Zúñiga: El comunismo es una filosofía política que vende y promueve un sistema de justicia social, prosperidad e igualdad para todos, sobre todo para los más humildes. Pero desafortunadamente los engañan. Es todo una gran mentira. Solo hay que ver a los países que fueron comunistas.
– El lema de los presos era «Justicia, no venganza». ¿Cómo es posible transmitir este mensaje de perdón después de todo lo que han sufrido?
– Díaz Rodríguez: Si nosotros proclamáramos la venganza haríamos lo mismo que los comunistas. Nosotros luchamos contra las injusticias, contra esa venganza: luchamos por amor, luchamos por libertad, luchamos por que haya una reconciliación entre el pueblo de Cuba, donde aún queda mucha gente engañada por un sueño delirante. Nosotros luchamos por la felicidad de todos, por la paz: los plantados somos hombres de paz, por mucho que hayamos sufrido. En el corazón llevamos la armonía, la paz y el amor: y eso va a triunfar, porque el amor siempre triunfa sobre las injusticias. El amor triunfa sobre el mal.
– ¿Qué opinan del resultado final de la película de Plantados?
– Díaz Rodríguez: Nosotros, junto a Antonio Fernández Pujals, el productor de la película tan querido en España, participamos en la idea original de rodar una película. Pero no ha sido fácil… ¡hemos tardado más de 20 años! Nadie quería hacer nada que tocara directamente ni a Fidel Castro ni al sistema comunista. Por fin Lilo Vilaplana decidió arriesgarse, porque él siente también en su corazón el dolor de su pueblo. El resultado final es una película, una lección de historia que enseña el peligro que engendra para todas las naciones el sistema comunista.
– ¿Tienen miedo de las represalias tras el estreno de la película?
– Díaz Rodríguez: Siempre hemos luchado por la libertad. No tenemos nada que temer porque estamos diciendo la verdad, estamos advirtiendo al mundo de los peligros que engendra el comunismo. No importa cuántos riesgos suframos; ya hemos sufrido muchos años en prisión. Vamos a seguir, nada nos va a detener. Ningún otro país puede sufrir lo que ha sufrido el pueblo de Cuba.
¿Volverán algún día a Cuba?
– Zúñiga: El día uno. El día que Cuba sea libre, democrática y abierta para todos seremos los primeros en ir. Iremos para colaborar, para ayudar a nuestros compatriotas a recuperar la isla más hermosa del mundo, esa que enamoró a los españoles, a los que esperamos con los brazos abiertos. Para nosotros España es la madre patria.
– Díaz Rodríguez: Nuestra gratitud hacia España es total, tanto a la prensa como al pueblo español. En este país nos han abierto los brazos y han entendido el dolor de nuestro pueblo. Cuando vean la película y sientan en su propia conciencia las injusticias que se han cometido contra Cuba, también todos ustedes se van a convertir en plantados.
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