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Cubierta de 'Mírame'

Cubierta de 'Mírame'Confluencias

‘Mírame’: sigo siendo quien ya no soy

Un ensayo con reflexiones sugestivas, y bien surtido de imágenes, sobre el arte del autorretrato

Manuel Alberca ha ejercido como catedrático de Literatura. Sus publicaciones reflejan intereses propios de este ámbito, sobre todo relacionados con la autoficción y la biografía. La que dedicó a Valle-InclánLa espada y la palabra– ganó el Premio Comillas en 2015. Con el libro que aquí reseñamos elige otro camino, aunque no abandona su paisaje predilecto. Toma esta vez el ramal de las artes plásticas en lugar de las literarias para seguir indagando en los misterios de la identidad y sus metamorfosis en el curso de una vida.

Cubierta de 'Mírame'

Confluencias (2025). 417 páginas

Mírame. Enigma y razón de los autorretratos

Manuel Alberca

El autor se confiesa un apasionado del autorretrato como género principalmente pictórico, aunque no solo. Al ir a museos, galerías y exposiciones, notaba cómo atendía cada vez más a este tipo de obra en detrimento del resto, en parte como forma de abreviar la visita debido, según admite con simpática franqueza, a las molestias de una fascitis plantar. Fruto de esa pasión, renga pero cierta, nace este ensayo, que lo es en estado puro. No se trata de un estudio académico, ni mucho menos de un manual. Son las reflexiones de un diletante en el buen sentido, que justo porque goza con la materia sin sentir las ataduras del especialista, elige con libertad el enfoque, los razonamientos y las obras con que ilustrarlos. Profusamente, por cierto, aunque sea en blanco y negro. Bravo por el autor y por la editorial. Dicho esto, hubiera convenido una revisión más atenta del texto para eliminar erratas y algún error.

Está muy bien elegido el imperativo del título. Un autorretrato, para considerar pleno su logro, requiere el concurso del espectador. Ese acto de comunicación en diferido, que presupone el deseo de alguien por plasmar su propia imagen y el interés de otra persona por contemplarla, tiene su intríngulis, que Alberca dilucida en páginas profundas pero amenas. Nos atraen esos rostros ajenos porque en ellos «esperamos descubrir una vibración o emoción humana». Pero, ¿cuáles son los motivos de quien da la cara en un lienzo o en otro soporte? Pueden ser muy variados, y no se excluyen entre sí.

Partiendo de una evidencia práctica, que el cuerpo mismo del artista es el modelo más a mano para ejercitar su técnica del retrato, Alberca pasa a ofrecer unas cuantas disquisiciones sobre la identidad y sus enigmas, el rostro y su inaccesibilidad sin un reflejo, el tiempo y sus estragos, que nos llevan desde el imperativo socrático de conocerse a uno mismo hasta el «drama de la unicidad» de Cioran. Insisto, nada plúmbeo y con el texto siempre muy acompañado de ilustraciones. Aunque no le guíe un ánimo exhaustivo, muestra motivaciones muy variadas, que asocia a autores concretos, como Goya y su promoción en la corte, Paret y su intención de buscar indulto tras ser desterrado, Nussbaum y el testimonio de la persecución antisemita que sufrió y que lo llevó a morir en Auschwitz. Trae muchos ejemplos y están bien explicados.

Antes de llegar a este punto, Alberca se ha encargado de definir exactamente el autorretrato, apuntando al pacto de veracidad que aúna artista, modelo y figura, con nombre reconocible. También se ha ido refiriendo a distintas modalidades dentro del género: autorretrato en grupo –se detiene en Las Meninas–, con disfraz o máscara, in figura –investido con los atributos de otro personaje–, tronies –de gestualidad exagerada–, autorretrato sin parecido físico, inaugurado por Picasso, e incluso conceptual, directamente sin imagen. Hay incluso mención poco elogiosa al selfie. En un breve recorrido histórico, alude a varios hitos en la representación del yo desde el siglo XV y el primer posible autorretrato, de Van Eyck. Dos momentos de especial importancia son el Renacimiento, con su giro antropocéntrico y la difusión del espejo como objeto asequible, y las revoluciones liberales del XIX, que exaltan la individualidad del artista.

Más allá de la mención a imprescindibles como Dürer –Alberca siempre cita los nombres en el idioma original–, el texto es rico en anécdotas referidas a artistas menos conocidos, que le dan especial sabor. Otto Schauer, airado por la frustración y cuchillo en mano, fue incapaz de destruir un autorretrato suyo al toparse con su propia mirada, porque lo hubiera considerado un «suicidio». Terribles son los autorretratos anticipadores de Victor Brauner y de Alfonso Ponce de León: el primero perdió un ojo tras haberse representado sin él, y el segundo acabó tirado en una carretera, no después de un accidente como muestra su cuadro, sino fusilado durante la guerra. Otro hecho curioso, no muy difundido: el Tío Sam del famosísimo cartel «I Want You for U.S. Army» es en realidad el autorretrato de su autor, James Montgomery Flagg.

El último capítulo, dividido en secciones monográficas, es una «galería de favoritos» que incluye a Sofonisba Anguissola, Rembrandt, Gustave Courbet, James Ensor, Edvard Munch, Egon Schiele y Frida Kahlo. Todos ellos tienen en común el haberse retratado con frecuencia a lo largo de su vida, hasta componer una suerte de autobiografía pictórica secuenciada. Son herederos de Narciso, a quien Alberca despoja en parte de su carga negativa: egocéntrico, de acuerdo, pero este personaje de la mitología fue el primero en conocer su propio rostro. Y el ser que lo conoce, reconoce también sus mudanzas, y en ellas atisba el laboreo de la muerte. Quien se hace un autorretrato, gracias al arte sigue siendo quien ya no es, haya muerto o viva todavía –pero ha detenido la apariencia de ayer, no la de hoy–, y desde su quietud y desde su silencio nos advierte de que el tiempo, ay, de que el tiempo…

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