02 de julio de 2022

El escritor José Carlos Somoza

El psiquiatra y escritor José Carlos SomozaLuis García Craus

Entrevista con el escritor José Carlos Somoza

«Estamos en una época hipócrita bajo una moral estricta y censora que no tiene nada que ver con la religión»

El escritor, considerado uno de los renovadores de la literatura del misterio en castellano, publica El signo de los diez, el segundo libro de la trilogía del misterioso Señor X

Atender las palabras del escritor y psiquiatra José Carlos Somoza supone adentrarse en la personalidad profunda de un autor cuya mente imagina distopías, mundos fantásticos e intrigantes, capaz de transportar al lector a la época victoriana y descubrir personalidades tan admiradas y subyugantes como las de Arthur Conan Doyle, Lewis Carroll o bien el misterioso Señor X, un personaje que recuerda mucho como fue la génesis del Sherlock Holmes que todos conocemos. Somoza ha vuelto con un thriller, El signo de los diez, que es la segunda entrega de la trilogía del Señor X donde la realidad victoriana se abraza a la realidad teatral en la que todo vale, en una época donde la moral y la tradición eran estrictas. De todo ello habló para El Debate, descubriéndonos un poco más de sí mismo y de su obra.
–¿Qué mensaje esconde El signo de los diez?
–Si hubiera que extraer alguna conclusión, como lector de mi propia obra, diría que las cosas que pueden estar bien, a su vez, pueden estar mal; que la locura puede ser cordura y que allí donde creemos que está el error puede estar la verdad. Creo que ese podría ser el mensaje: los contrarios, en el fondo, son iguales, no hay nada que se pueda señalar como distinto, único o especial que no tenga su contrapartida. Pero no creo que las novelas estén para dejar mensajes ocultos al lector, nunca he pretendido transmitir ningún mensaje concreto en ninguna de mis novelas porque no creo que las novelas deban cumplir esa función moral.
–Tras Estudio en negro, sumerge al lector, en esta segunda entrega de la trilogía del Señor X, en una historia contada mediante un juego de espejos donde se mezcla la realidad de la época victoriana con la realidad ficcionada que se vive en el teatro, donde todo se permite y puede ocurrir.
–Yo diría que El signo de los diez y Estudio en negro son una distopía victoriana en la que hay cosas que son realidad y otras que no lo fueron, pero que pudieron ser. Por ejemplo, la decencia absoluta de las gentes o la división de las clases sociales entre el espectador y la gente de teatro, que no era tan estricta, pero que me han servido para representar la hipocresía de una época en la que la mujer estaba sometida al capricho del hombre en público y, en cambio, en el teatro estaban liberadas y hacían lo que querían, igual que otros personajes de teatro. Muestro unas diferencias exageradas de ese juego de dos mundos y que, de alguna manera, he querido simbolizar en la diferencia entre espectáculo y espectador, entre realidad y ficción, a través del teatro.

Los contrarios, en el fondo, son iguales, no hay nada que se pueda señalar como distinto, único o especial que no tenga su contrapartida

–¿El teatro se muestra aquí como una herramienta narrativa o como un protagonista?
–El teatro ya estaba presente en Estudio en negro y lo vuelve a estar en El signo de los diez. En la época victoriana los teatros eran un punto de reunión y entretenimiento fundamental para la sociedad, no en vano a los ingleses siempre se las ha considerado grandísimos actores porque estaban obsesionados con el teatro. Y está presente en la historia porque me sirve para separar lo que es la vida en sociedad, regida por unas normas morales estrictas, de lo que es la vida en el teatro, donde los actores desarrollan sueños morbosos, donde no importa la desnudez, donde los tabúes se rompen, donde se ve como acciones normales que en la realidad no lo son, en el teatro pueden serlo. Por eso forma parte de la novela, porque me permite establecer ese juego narrativo para el lector.
'El signo de los diez' es el nuevo libro de José Carlos Somoza

El signo de los diez es el nuevo libro de José Carlos Somoza

–Con este juego entre realidad y ficción, enmarcado en una época como la victoriana, ¿vamos a poder conocer cómo era realmente dicha época?
–Quien piense que en Estudio en negro y El signo de los diez va a encontrarse con la época victoriana histórica, no la va a encontrar porque esta es la época victoriana que yo he imaginado. Algunas de las cosas que va a leer el lector no se dieron realmente en la época victoriana histórica, pero sí se da en la novela porque es mi interpretación ficcionada de dicha época, por eso considero que ambas entregas de la trilogía son una distopía victoriana: porque describe un mundo que es parecido al nuestro, pero que en algunos elementos no es el nuestro.
–¿Cuál ha sido el mayor reto al que ha tenido que enfrentarse en la creación de esta segunda entrega de la trilogía del Señor X?
–Por un lado, la estructura narrativa tenía que funcionar de manera muy precisa, con exactitud, como un reloj, y eso conllevó un notable esfuerzo porque es una trama que tiene múltiples giros narrativos para sorprender al lector. Por otro lado, los personajes, muy diferentes entre sí, tenían que tener una personalidad y, aunque los personajes principales estaban claros, aparecen otros que debían ser reconocibles por el lector. Estas han sido dos dificultades importantes a sortear en la creación de El signo de los diez. Además, hay que tener en consideración el perfil personal del propio Lewis Carroll, cómo caracterizarlo, porque él es un personaje oscuro, fascinante, sobre el que nadie se ha puesto de acuerdo sobre sus gustos, sobre cómo era, qué sueños tenía.
–Usted siente fascinación por Lewis Carroll, ¿por qué?
–Para mí, Lewis Carroll es un viejo sueño porque siempre ha ejercido sobre mí una fascinación especial debido a su vida secreta, a sus libros extraños. Hay que tener en cuenta que él es matemático, lógico y, sin embargo, escribe unos libros insensatos donde juega con la lógica y en los que parece burlarse de sí mismo. Para mí, Lewis Carroll ha sido un Dr. Jekyll y Mr. Hyde, un tipo que por la mañana podía ser muy serio y enseñar matemáticas y por la tarde se podía poner a jugar con juegos de palabras ilógicos y tener amoríos y devaneos de adolescente. La verdad es que es un tipo interesante para estudiar y extraordinario para introducir al lector en una época tan maravillosa como la victoriana, en la que había una fachada de sensatez y racionalidad, pero después existía un mundo oscuro y revuelto que iba a ser la antesala del atroz siglo veinte.

Lewis Carroll es Dr. Jekyll y Mr. Hyde, un tipo que por la mañana era muy serio y enseñaba matemáticas y por la tarde hacía juegos de palabras ilógicos

–Carroll siempre destacó por su personalidad enigmática...
–Él es el creador de dos de los libros más extraños que se han escrito en la historia de la literatura: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Dos historias que se tienen por cuentos infantiles, pero que, en realidad, no tienen nada de inocentes. Sabemos que Carroll escribió Alicia en al país de las maravillas inspirado en el amor que sentía por Alice Liddell, de ocho años y segunda hija del pastor Liddell. Una tarde salieron a pasear por el Támesis Carroll y su amigo el reverendo Robinson Duckworth junto a Alice y sus dos hermanas y es ahí donde les contó un cuento de donde nació Alicia en el país de las maravillas. Esta historia ha dado lugar a múltiples habladurías sobre la auténtica relación de Carroll con Alice porque es cierto que él la amó platónicamente, pero también se distanció a lo largo del tiempo de la familia y de ella. Se ha escrito mucho sobre todo ello y sobre la personalidad y aficiones de Carroll, pero yo he querido revivir al personaje desde un punto de vista acorde a la época victoriana en la que, volviendo a lo comentado, en los teatros era todo admisible, pero fuera de ellos todo era inmoral.
–Su aparición en El signo de los diez también está envuelta en un halo de misterio.
–Está bajo el pseudónimo del reverendo Charles Dodgson, un pastor anglicano. Un hombre prudente, cauteloso, en apariencia inofensivo, pero que tiene una personalidad con claroscuros. Carroll se presenta en Clarendon House para que el Señor X le ayude a resolver sus problemas, sobre todo las pesadillas, las cuales forman parte de una trama de suspense que desembocará en una serie de sorpresas que espero les gusten a los lectores.
–Junto a Carroll, nuevamente encontramos el Señor X, a la enfermera Anne McCarey y a otra de sus obsesiones: Arthur Conan Doyle.
–El lector se va a reencontrar con el Señor X, un individuo trastornado, loco, que sueña con alguien que no existe, con una música que nadie oye y que se llama Señor X porque esa es la letra que se le puso en el lugar donde se debía escribir su nombre real, pero que no lo tiene porque la familia se deshizo de él por ser peligroso y saberlo todo. A su cuidado está la enfermera Anna McCarey, a la que también conocemos de Estudio en negro. McCarey viene de una relación afectiva en la que el hombre al que amaba la maltrataba y de la que el Señor X salvó, recuperándole su dignidad y su personalidad. La McCarey de ahora es una mujer más fuerte que toma las riendas de su propio destino. A ellos se les une Carroll y también Arthur Conan Doyle, un joven médico que en esa época estaba allí, en Portsmouth, había abierto su consulta, pero todavía no había creado a Sherlock Holmes.

Si un personaje te habla con insistencia, tienes que escucharlo y meterlo en tu historia, porque los personajes, al igual que las personas, quieren vivir en cuanto nacen en ti, no puedes matarlos

–Conan Doyle y usted, ¿no guardan cierto parecido? ¿Es su alter ego en esta trilogía?
–Realmente, es Arthur Conan Doyle el que me motivó a escribir esto, porque él era médico como yo y aparcó la medicina sin dejarla completamente; fue más prudente que yo. Siguió siendo médico oftalmólogo, se especializó, abrió una consulta en Londres y cuando se hizo famoso con Sherlock Holmes se dedicó menos a la medicina. Fue él, el que me hizo pensar cómo creó a Holmes y me pregunté: ¿qué pasaría si Arthur Conan Doyle hubiese conocido un paciente que inspirase Sherlock Holmes? Ahí fue cuando nació el Señor X, y esa es la razón por la que está presente en la trilogía, puesto que en ese momento de la historia Conan Doyle estaba en Portsmouth.
–¿La pasión con la que habla de sus personajes hace que comparta con ellos mucho de su forma de ser? ¿Se proyecta, de alguna manera, sobre ellos?
–Trato de desaparecer en ellos y ver qué es lo que les gusta y qué es lo que no, pero abstraerse de los personajes es imposible. Yo no quiero ser un personaje, pero al final estoy en todos, en cada uno de ellos.
–¿Cambia mucho la forma de abordar una historia en tres entregas frente a la creación de una historia que empieza y acaba en sí misma?
–Cambia mucho. Para mí es una experiencia única y enriquecedora porque he pasado de escribir una historia que comienza y acaba en sí misma, a afrontar una historia que voy a desarrollar a lo largo de tres entregas, donde los personajes están vivos. Llevo más de veinte años escribiendo novelas y si por algo se han caracterizado mis historias es porque no se parecen entre sí; tienen un parecido familiar, pero nada más. Son unas novelas muy diferentes. Cuando concluyo una historia la cierro como se cierra una puerta que no se va a abrir más y los personajes mueren en ella, pero, en este caso, la historia continúa y los personajes siguen vivos y eso es muy interesante vivirlo. Yo no he querido hacer una trilogía porque ahora estén de moda, sino que lo he hecho porque me di cuenta al acabar el primer libro, Estudio en negro, que los personajes querían seguir viviendo y la historia debía seguir su curso. ¿Volveré a repetir la experiencia de una nueva trilogía? No lo creo, realmente, no lo creo. Una y no más, porque es un reto enorme para mí y como me considero un buscador de nuevas historias, me motiva mucho más afrontar nuevos retos que tengan un principio y un final con el que logre sorprender al lector.
–¿Cómo le hablan los personajes para seguir tirando de usted con esa insistencia?
–Siempre digo que siendo psiquiatra me puedo dar de alta a mí mismo como paciente porque oigo a los personajes, los veo, convivo con ellos y, cuando se imponen en mí, es cuando estoy en el buen camino, pues significa que algo me tienen que decir. Si tienes buenos personajes que te quieren contar cosas y los escuchas, tienes, ya, la historia. Yo siempre trato de escucharlos, ver lo que me dicen. Cuando escribí La caverna de las ideas, con la que di el salto a la literatura internacional, escribí un manuscrito en el que se hablaba de un thriller histórico en la época de Plantón. Era la época en la que se llevaban las historias policiacas, al igual que ahora, y pensé que podría publicarse, pero cuando la terminé me quedé insatisfecho porque pensaba que había quedado un manuscrito que, para ser comprendido, era necesario la existencia de un personaje que fuera un traductor de la propia historia… Un personaje que tradujera toda la historia. La idea del personaje traductor empezó a tomar cuerpo en mis pensamientos, con tanta insistencia, que hizo que me planteara su existencia real en la novela y, finalmente, claudiqué y tuve que atenderle incluyéndolo, con notable éxito, porque entonces comprendí y tuve la sensación de que la historia estaba realmente completa y acabada. Eso me sirvió de lección. Si tienes un personaje que te habla con insistencia, tienes que escucharle y meterlo en tu historia, porque los personajes, al igual que las personas, quieren vivir en cuanto nacen en ti y no puedes matarlos o anularlos, porque se aferran a la vida. A partir de ese momento, respeto profundamente a todos mis personajes, lo que me dicen y cómo viven en mí.
–Leer El signo de los diez y adentrarnos en ese juego de realidades, con esa confrontación entre el libertinaje del teatro, donde todo está permitido, y las normas estrictas de la moral que había en la realidad social de la época, lleva a preguntarse si actualmente seguimos igual que en la época victoriana o hemos evolucionado.
–Por desgracia creo que, cada día, la nueva moral toma más terreno, hasta el punto de que obras maestras como, por ejemplo, Lolita se examinan ahora con una nueva lupa de aumento que ya se utilizó en los años cincuenta cuando se publicó, pero que parecía que se había superado. Ahora parece que esa moral ha vuelto de otra manera y, a mis años, pienso que esa vuelta a lo de antes es inevitable porque parece que el ser humano lo que quiere es autoflagelarse de manera cíclica. Quiere castigarse por sus propias cosas, sus sueños, sus pensamientos, nunca es demasiado libre y cuando llega el momento de poder ser libre para pensar, decir y expresarse parece que no lo quiere. Estamos viviendo una nueva época moral censora que va a ir incluso a peor y, en ese sentido, la novela sí que puede ser un trasunto de nuestra época porque creo que vivimos un periodo histórico como los de antes. Una época hipócrita donde vivimos bajo una moral traída desde otro mundo que no tiene nada que ver con la religión y que es completamente censora y que pretende decir lo mismo que todas las morales anteriores pero adaptada a la realidad actual…
–¿Es malo el buenismo imperante de la actualidad?
–Desde que somos pequeños nos enseñan a hacer el bien y ser buenos, pero, realmente, en el mundo también está el mal porque el ser humano es un universo con unas apetencias, unos intereses, donde lo que a mí me puede gustar igual a ti no te gusta pues el ser humano es insondable. Lo que es igual para unos y otros, unos lo emplearán en un sentido positivo y otros lo emplearan en lo opuesto, porque así somos las personas… y eso no es malo. Somos infinitos y lo que nos agrada a los escritores es también describir lo insondable del propio ser humano, porque cada uno somos un mundo y eso es digno de estudiar y de escribir.
–La ciencia médica se ha perdido un psiquiatra muy potente.
–En el mundo de la psiquiatría las cosas no son tan interesantes como puedan parecer, porque la psiquiatría estudia la enfermedad y yo, de lo que hablo es de las personas que se supone que están bien, pero son un misterio en sí mismas. Creo que soy más psicólogo que psiquiatra, pero te reconozco que me gusta mucho la mente humana y siempre me ha gustado profundizar en ella.
–La próxima publicación, ¿será la tercera entrega del Señor X o nos sorprenderá con una nueva novela independiente de la trilogía?
–¡Eso depende de mi editor! Pero puedo decir, con total tranquilidad, que mientras escribía esta trilogía he estado escribiendo otras historias porque, sinceramente, no podía centrarme o fijarme solamente en ella. Así que, aunque depende de muchas cuestiones, no tengo ningún problema porque se me ocurren varias ideas para la tercera entrega, pero, si mientras tanto quieren que publique una nueva historia, diferente, tengo por ahí algunas que compartir con los lectores. ¡Nunca he tenido miedo a la página en blanco! En todo caso, tengo miedo a la página demasiado llena…
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