25 de septiembre de 2022

Mae West, en 1936

Mae West, en 1936

Mae West, el incómodo mito femenino que el Hollywood de hoy olvida

La actriz, cantante, guionista y comediante hizo de la provocación el secreto a voces de su gran éxito entre los años veinte y cuarenta del siglo XX

En el Hollywood actual, ni siquiera en el día de su cumpleaños, pocos recuerdan las dos décadas en que Mae West fue su emperatriz en un mundo enteramente masculino. Debutó en el cabaret a los 14 años y en 1926, con 33, escribió, produjo y dirigió una obra en Broadway titulada Sex. No, no fue Madonna sino Mae West. En 1926. Fue arrestada por escándalo público y a pesar de poder salir de la cárcel pagando la fianza, decidió permanecer en ella «porque era una experiencia que tenía que vivir».
Sus frases resonaron durante veinte años como estruendos en la incipiente meca del cine, donde reinó sin oposición hasta que sus palabras, la forma de ellas, comenzaron a no poder adaptarse a un público que ya las había oído demasiadas veces. Lo que intentó después fue reírse de ellas y continuar pronunciándolas, pero entonces ya habían perdido todo su poder.

Salvó a la Paramount

Una de esas frases, con la que irrumpió en Hollywood sin preguntar si se podía pasar, fue: «No soy una chica de pueblo que llega a la ciudad. Soy una chica de ciudad que llega a un pueblo». Una declaración seminal con la que después se abrió camino hasta la cumbre que alcanzó no solo por su ingenio, sino por su talento y su éxito. El mismo que sirvió para salvar a la Paramount de la quiebra con la recaudación de su primera película, Night After Night, en 1932.
Entonces ya tenía 39 maduros años que le permitieron elegir el vestuario y la escenografía de sus propias interpretaciones, escribir sus propios diálogos o escoger a los protagonistas masculinos, todo un hito para la época. En Lady Lou, nacida para pecar, su segunda película, fue ella la que le dio la alternativa a Cary Grant. La leyenda dice que lo vio caminando por los estudios y dijo: «Si sabe hablar me lo quedo».
Cary Grant y Mae West en 'I'm No Angel' (1933)

Cary Grant y Mae West en 'I'm No Angel' (1933)

Un año después Dalí la pintó en Retrato de Mae West que puede utilizarse como apartamento surrealista. Trabajó diez años en el cine hasta que la censura, su enemiga de siempre, a quien había vencido en grandes batallas, con memorables y añosos triunfos, la cansó. Ese fue el Hollywood que terminó echándola y nunca la restituyó, ni aún la ha restituido, precisamente en la época de las restituciones.
Lo más curioso de esta historia es que West, considerada en la América profunda el epítome del vicio, ni siquiera fumaba o bebía en su vida real. Mae West era solo una representación de lo prohibido. La polémica enmascarada. Pero los periódicos conservadores estuvieron señalando a West como la peor de las amenazas contra los valores americanos. «Creo en la censura, después de todo, he hecho una fortuna a su cuenta», llegó a decir.

Portada de 'Life' en 1968

Lo que vino luego fue lo más parecido al crepúsculo de una diosa, puesta ya en marcha la trituradora hollywoodiense que hoy no ha parado de funcionar con ella. Una de esas contradictorias excepciones que tuvo un temporal resurgir de su prestigio al aparecer en la portada de la revista Life en 1968 y ser elegida «Mujer del siglo» por los estudiantes de UCLA en 1971. En 1999, el Instituto de Cine Americano la nombró la 15ª mayor estrella femenina del siglo XX.
Ya en el XXI da la impresión de que ese reconocimiento ha sido cancelado a pesar de frases tan de hoy (pero con mayor ingenio) como: «En ocasiones tengo la tentación de ser una dama... Menos mal que se me pasa rápido». Una personalidad, la verdadera, que reveló el afilado observador Truman Capote, cuando la describió en una fiesta como «una mujer insegura, tímida y vulnerable, una mujer virginal, inclasificable, cuyo retraso muy bien hubiera podido deberse a que se había quedado plantada en la calle tratando de reunir ánimos para llamar al timbre»: el reverso de la comedia del mito escandaloso.
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