Luis E. Íñigo Fernández, autor de Una República para los españoles (2023, CEU Ediciones)
Luis E. Íñigo: «Los republicanos no querían una República sino un proyecto revolucionario de cambio del país»
Una República para los españoles. El fracaso del centro y el colapso de la primera democracia española (2023, CEU Ediciones) es una inmersión en las profundidades de la Segunda República donde existieron republicanos moderados a los que sepultó el sectarismo de la izquierda
La Segunda República es la especialidad de Luis Enrique Íñigo Fernández, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) e inspector de educación y profesor del Centro de Estudios Magíster. Ha sido subdirector general de Inspección Educativa de la Comunidad de Madrid y ha impartido clases en las Universidades Nebrija y Camilo José Cela. Todo ello mientras escribía más de veinte libros donde ha investigado, como en Una República para los españoles. El fracaso del centro y el colapso de la primera democracia española (2023, CEU Ediciones) el republicanismo central y moderado y olvidado, casi sepultado entre capas de Historia mal contadas e ideología, como el hueso central de un fruto casi centenario aún por abrir.
Cubierta de Una República para los españoles (2023, CEU Ediciones)
–El libro es como extirpar la desconocida parte central de una historia totalmente desconocida o mal explicada.
–Sí, yo creo que hacía falta un estudio global del centro de la Segunda República, básicamente porque, desde mi punto de vista, el centro es el lugar donde se construyen los consensos que permiten, no solo la viabilidad, sino la estabilidad de un régimen democrático. Lo que sucede es que al fracasar ese proyecto político moderado sus posibilidades de sobrevivir como democracia eran muy escasas, porque al colapsarse el centro entre los extremos no quedó nada y se acabaron enfrentando a vida o muerte, primero políticamente y luego en los campos de batalla de la Guerra Civil.
La Iglesia no se había puesto en ningún momento contra la República. El Debate como diario católico al día siguiente de proclamarse la República recomendó a todos los fieles acatar el régimen constituido
–¿En algún momento ha sido posible una República para todos los españoles? Hay una especie de falta de cultura republicana... No se sabe muy bien qué es.
–Lo cierto es que los republicanos no querían una República para todos los españoles. Me refiero a Azaña y a la izquierda republicana. Ellos lo que querían y así lo decían sin ningún disimulo era un proyecto revolucionario de cambio del país. Es verdad que se trataba de una revolución política, pero en ningún momento quisieron construir un régimen donde tuvieran cabida todos los españoles, republicanos y no republicanos. Para ellos gobernar la República era un derecho que solo tenían ellos, es decir, los republicanos que habían hecho profesión de fe republicana. El que no lo hacía no tenía derechos y sobre todo quedaba fuera del régimen. Los millones de católicos españoles tuvieron que resignarse a ver cómo se suprimían sus derechos, cómo se les prohibía estudiar en colegios católicos o cómo se prohibía a las órdenes religiosas ejercer la enseñanza. En el comercio o la industria se adoptaban medidas humillantes contra ellos. Ese gobierno no hizo nada al principio por impedir la quema de conventos. Eso hizo que muchos católicos dejaran de confiar en la República. La Iglesia no se había puesto en ningún momento contra ella. Un buen ejemplo, ya que estamos en El Debate, es el propio editorial que publicó El Debate como diario católico al día siguiente de proclamarse la República, en donde recomendaba a todos los fieles acatar el régimen constituido. Sin embargo, el régimen constituido no resultó muy generoso con los católicos.
La República no es ni mucho menos esa Arcadia feliz que nos tratan de vender. Era una democracia imperfecta en la que convivían muchos programas políticos, la mayoría de ellos radicales
–¿Qué se puede hacer para «desedulcorar» la idea de la Segunda República, aparte de leer su libro?
–El mismo libro lo dice con toda claridad al principio del prólogo y en la contraportada. La República no es ni mucho menos esa Arcadia feliz que nos tratan de vender. Era una república muy poco democrática. La Constitución del 31 era una Constitución con déficits democráticos importantes, aparte de sus deficiencias de arquitectura constitucional. La República fue una democracia imperfecta en la que convivían muchos programas políticos, muchos proyectos políticos, la inmensa mayoría de ellos radicales y prácticamente ninguno democrático, con la excepción del proyecto del Centro Republicano de estos partidos, que son los que se estudian en el libro. Era muy difícil que así la República llegara a consolidarse.
Largo Caballero, que había sido un colaborador activo de la dictadura de Primo de Rivera, se convierte en un revolucionario exaltado que predica la necesidad de ir a la revolución social
–¿Tiene algo que ver el PSOE actual con aquella ala socialdemócrata que tenía su propio proyecto para la Segunda República?
–El peso de la República es complejo porque realmente había tres corrientes bastante definidas desde el principio. Una corriente socialista pura, que es la de Besteiro; el ala más reformista de Indalecio Prieto, que es la que realmente apoyó con claridad la República desde el principio, y el ala de Largo Caballero, que en el comienzo coincidía con Prieto en la necesidad de apoyar la República, pero que a partir del verano del 32 comienza a desencantarse progresivamente de ella y se va radicalizando cada vez más. Largo Caballero, que había sido un colaborador activo de la dictadura de Primo de Rivera y se había sentado en el Consejo de Estado, se convierte en un revolucionario exaltado que continuamente está predicando la necesidad de superar la República e ir a la revolución social. No es esta corriente la que se impone claramente en el Partido Socialista. En el segundo semestre de 1933, y muy especialmente después de las elecciones de noviembre del 33, es cuando el Partido Socialista decide que va a ir a la Revolución y comienza a acaparar armas para preparar lo que va a suceder cuando la CEDA llega al gobierno en octubre del 34. Esa ala radical del PSOE sigue existiendo. Largo Caballero nunca vuelve a posiciones moderadas. Al revés, se va radicalizando cada vez más. Esa época de violencia exacerbada es la que proporciona argumentos a los sublevados en julio del 36 y la que hace que una buena parte de la opinión pública española, sobre todo los católicos y las clases medias, apoyen el golpe de Estado, porque se están convenciendo de que lo que está en ciernes es una revolución comunista que no se estaba preparando, pero en la calle parecía que sí.
Para el republicanismo moderado la República es democracia frente a la izquierda que no quiere crear una Constitución democrática
–Frente a esta radicalización, que es el republicanismo moderado? ¿Existe hoy algo parecido?
–No, hoy en día no existe. Las opciones republicanas que hay de moderadas tienen poco, esa la verdad. El republicanismo moderado es la corriente que en los años 30 en España identifica la República con un régimen liberal democrático, es decir, una democracia como la podemos entender hoy en día: un Estado de derecho. Para el republicanismo moderado la República es democracia, no es un programa revolucionario de transformación de la sociedad, como era para los republicanos de izquierda o la revolución cultural, es decir, el gobierno que forma del primer bienio. En el fondo es una triple alianza de los republicanos de izquierda a los que lo que les interesa sobre todo es desguazar la influencia de la Iglesia en la sociedad española. Son los socialistas que lo que quieren es fortalecer su organización y aprobar medidas de mejora de las clases obreras y la Esquerra Republicana de Cataluña, que lo que quiere a largo plazo es la independencia. En ningún momento el objetivo de esta alianza es crear una Constitución democrática. El objetivo es transformar el país en contra de la voluntad incluso de la mitad del país si hacía falta.
La Ley de Memoria Democrática persigue deslegitimar a las opciones de derecha, presentándolas como herederas del franquismo, mientras las opciones de izquierda se presentan como si fueran las herederas de la democracia republicana
–¿Por qué se suele relacionar a la República con la izquierda en exclusiva?
–De hecho es así al principio. La República la vendía la izquierda como una cosa suya. Esos republicanos de derecha o de centro que existían, como la derecha liberal republicana, el Partido radical de Lerroux o la Lliga catalana no contaban para ellos porque no eran verdaderos republicanos. En la mentalidad de Azaña y los demás republicanos de izquierda no había otra manera de hacerlo. Al principio los toleraron, pero luego claramente no les consideraron gobernantes legítimos de la República, porque la República tenía que ser de izquierda. Ese es el mito que ha llegado hasta nuestros días. Es verdad que una dictadura de 40 años ha hecho que por comparación la República se pudiera vender como si hubiera sido la Arcadia feliz. Y eso es lo que ha hecho que la leyenda haya arraigado considerablemente en nuestro país. Pero la República hay que estudiarla objetivamente y no convertirla en un argumento para agitar una bandera de cara a la coyuntura política, que es lo que se viene haciendo con las leyes de memoria histórica. La Ley de Memoria Democrática lo que persigue es deslegitimar a las opciones de derecha, presentándolas como herederas del franquismo, mientras las opciones de izquierda se presentan como si fueran las herederas de la democracia republicana, cuando esa democracia republicana fue lo que fue y eso es lo que quisieron que fuera.
Azaña en algún momento dice que él es un sectario y que no quiere el consenso y el diálogo con la derecha
–¿Es un anhelo imposible la República hoy en día?
–No tendría por qué serlo. Hay un libro que me gusta mucho, El precio de la exclusión de Roberto Villa y Manuel Álvarez Tardío, que compara la Segunda República española con la Tercera República francesa y explica precisamente por qué se consolidó la Tercera República francesa y no la Segunda República española. Los republicanos franceses persiguieron todo lo contrario que los republicanos de izquierda españoles, que fue integrar a los monárquicos y no aplicar su programa máximo, sino dilatarlo en el tiempo, hacer reformas progresivas y continuadas en lugar de querer cambiarlo todo en dos días, procurando atraer hacia la República a quienes estaban al principio en contra. Azaña no quería el pacto, no quería el consenso. Además, hay frases suyas que lo dicen claramente. Azaña en algún momento dice que él es un sectario y que no quiere el consenso y el diálogo con la derecha. Para Azaña el pecado del liberalismo español es haber dialogado demasiado en lugar de haberse impuesto. Todas estas cosas se olvidan, pero es que son ciertas. Es decir, era su mentalidad y en ningún momento lo ocultó. Y claro, con esos mimbres difícilmente se puede hacer un cesto democrático.