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José Ortega y Gasset por Ignacio ZuloagaGTRES

La palabra creada por Ortega y Gasset sin la que no podríamos vivir

No son pocos los términos y expresiones que se utilizan día a día y que tienen su origen en la filosofía

Conocer el origen de nuestro vocabulario es una buena oportunidad para descubrir significados más profundos. La etimología nos ofrece matices que enriquecen y que permiten usar la lengua con mayor acierto e intención. Así, en la historia de la filosofía encontramos conceptos que se han incorporado después al uso cotidiano.

Estos términos no siempre conservan su esencia, modificada con el paso de los años. Por ejemplo, dice la RAE en su primera acepción que alguien «cínico» es aquel que actúa «con falsedad o desvergüenza descaradas». Poco tiene que ver con la escuela griega de pensamiento que tuvo a Diógenes como referente y que apostaba por dejar de lado las convenciones sociales y recuperar un «estado natural».

En otras ocasiones, la definición recogida en el diccionario no ha perdido el sentido original, pero el desconocimiento provoca que se utilice de un modo erróneo. En este caso, la equivocación más común suele tener como protagonista a los seguidores de Aristóteles, a quienes se conoce como «peripatéticos». Por tanto, a pesar de su similitud con el adjetivo «patético», nada tiene que ver con algo «penoso, lamentable o ridículo».

Además de algunos términos históricos, existen casos de palabras que han entrado en el diccionario de la Real Academia gracias a la labor de algún filósofo concreto. Conceptos que son fruto de la reflexión y que tratan de poner nombre a ideas y acciones que indagan en la radicalidad del hombre.

Nos encontramos de esta forma con José Ortega y Gasset. El madrileño es uno de los grandes pensadores de la historia de España y una figura fundamental en el intento por superar viejas disputas filosóficas. Como catedrático de Metafísica buscó superar el idealismo sin volver al clásico realismo. Así, señaló la vida, una vida biográfica y razonada, como verdadera realidad y objeto de la filosofía.

La vida no es ninguna cosa, es actividad y, por lo tanto, no está determinada. Es el hombre quien se va conformando, va haciendo su vida, siguiendo el famoso «yo soy yo y mis circunstancias». Siguiendo esta propuesta, Ortega necesitaba un término capaz de identificar esa vida que entra en relación con el sujeto y comienza a formar parte de él. Lo encontró traduciendo y adaptando al español el alemán erlebnis y formando el vocablo «vivencia».

Los diccionarios de la RAE acreditan la autoría del madrileño y definen vivencia de tres formas: «Experiencia que se tiene de algo, hecho de vivir o experimentar algo y hecho de vivir o estar vivo». Hoy en día, este término es utilizado una y mil veces con esa intención de señalar sucesos relevantes que, de alguna manera, nos marcan o han marcado. La vida, por lo tanto, es un cúmulo de vivencias.

Como discípulo suyo, Julián Marías ahondó en el racio-vitalismo y en las peculiaridades del ser hombre. En su obra Antropología metafísica explica que la realidad de la persona se refleja en la de los otros (las circunstancias compartidas que diría Ortega) y concluye que «la vida personal es esencialmente convivencia». Lejos del aislamiento, la pregunta sobre el «quién soy yo» solo se puede plantear junto al «quién eres tú». Es decir, pasando de la vivencia a la convivencia.