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Bustos de Platón y Homero

Bustos de Platón y Homero

Los motivos de Platón para censurar a Homero

El filósofo criticó con dureza al gran autor de la Grecia clásica

La cultura occidental se sostiene sobre la herencia grecolatina y esta no puede entenderse sin las grandes epopeyas homéricas y tampoco suprimiendo el legado filosófico de Sócrates y Platón. Sin embargo, en la Atenas del siglo V a.C., estos pensadores no veían con buenos ojos muchas de las enseñanzas del autor de la Ilíada y la Odisea.

Para entender los motivos de esta animadversión debemos acudir a una de las grandes obras de madurez del fundador de la Academia: la República. En ese imponente diálogo Platón aborda cuestiones epistemológicas, éticas y también políticas, porque para él ese debe ser el objetivo último de la reflexión filosófica. Para lograr una polis virtuosa es fundamental una educación de calidad y en esa ecuación no caben los «falsos mitos» de Homero y Hesíodo.

La crítica de Platón apuntaba a uno de los pilares de la civilización griega: la religión mitológica construida en torno a esas narraciones en las que dioses y hombres levantaban y destruían ciudades entre tragedias y hazañas épicas. Para el filósofo, estas fábulas no eran adecuadas para formar a los niños, puesto que presentaban actos abominables cometidos por seres divinos, disputas entre ellos, venganzas, traiciones, mentiras y un largo etcétera.

Dioses malos o un Dios bueno

Argumenta Platón en boca de Sócrates que, de seguir este tipo de educación, se le estaría diciendo a los jóvenes que «al cometer los delitos más extremos» solo estarían imitando a los dioses. Frente a esta propuesta, el pensador habla de lo divino en unos términos que, siglos después, llevarían a algunos Padres de la Iglesia a ver en él algo parecido a un «profeta».

En la República Platón habla de un Dios singular «que es bueno» y que no puede ser «causante de males». San Agustín de Hipona recogerá parte de este argumento cuando se enfrente al problema filosófico del mal señalando que este «no tiene naturaleza positiva» y solo se entiende como «pérdida del bien».

Un recurso habitual de estos mitos clásicos era el de las metamorfosis. Este punto tampoco le parece adecuado al discípulo de Sócrates por ir en contra de la propia esencia divina. Frente a una imagen de los dioses como «hechiceros» que usan «artificios» para presentarse de diferentes formas, Platón argumenta que «el dios» es «perfecto» y, por lo tanto, contrario a verse afectado por alteraciones de ningún tipo.

Una y otra vez pide Platón «tachar» los malos versos de Homero. También aquellos que incitan a temer a la muerte a los hombres que «deben ser libres». En este punto podemos acudir a la Apología de Sócrates, donde escuchamos al maestro asegurar que solo quienes se creen sabios sin serlo tiemblan ante el final de la vida. Frente a ellos, aquel que tiene una actitud filosófica espera a saber si ese postrero paso no conduce al «mayor de los bienes para el hombre».

El ya mencionado obispo de Hipona, testigo del hundimiento de Roma y los restos del mundo clásico, volverá a criticar los planes de estudio que incluían los viejos mitos. Los consejos de Platón no fueron seguidos y el joven Agustín fue educado con aquellos textos que mostraban dioses lascivos y caprichosos. En sus Confesiones recuerda el santo aquella etapa estudiantil y lamenta que los textos de Homero permitan hacer creer al hombre «corrompido» que está imitando «a los dioses del cielo y no a ningún perdulario».

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