En 1948 Joan Miró elaboró su Pintura mural para Joaquim Gomis, de 125 por 250 centímetros ejecutada al óleo sobre fibrocemento, una de sus obras con mayores dimensiones. Aunque el sueño del pintor era hacer un mural pintado al fresco, la imprimación, proceso por el cual se adecúa una superficie para su posterior pintado, que empleó en esta obra le permitió lograr efectos similares que le aproximaron a la idea principal que tenía. Esta pintura constituye un hito en la carrera de Miró.