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Ferran Sáez Mateu

Ferran Sáez Mateu

Entrevista con Ferran Sáez Mateu, filósofo

«Los seres humanos no somos animales y no nos comportamos igual que ellos»

El filósofo y profesor universitario Ferran Sáez Mateu reflexiona sobre el mito del buen salvaje en su último libro, 'El imprudente feliz'

El filósofo Ferran Sáez Mateu aborda las diferentes formas en que se ha intentado concretar el buen salvaje como arquetipo de la condición humana. Un arquetipo que inspiró el sistema soviético, la Camboya de Pol Pot, nuestro modelo educativo e incluso la pretendida desconexión que Internet ofrece para liberarnos del mundo real. Nos empeñamos una vez y otra en ser salvajes.

Un lugar común en nuestra cultura es la vuelta a una naturaleza idílica con la que nos unimos en armonía. La civilización es un exceso y habría que retornar a nuestra bondad originaria, como niños cándidos e inocentes.

En Utopía no hay contaminación ni políticos corruptos. El hombre digital incluso podría ser un nuevo salvaje desvinculado de la tradición cultural, de los manteles y servilletas de tela, de las lecturas de los clásicos, y de las sutilezas y finuras del mundo analógico. El salvaje digital, una fascinante contradicción de tecnología y barbarie.

«Nos estamos adentrando en un mundo que empieza de nuevo, que no conocemos, y en ese mundo somos libres de estipular las normas que nos dé la gana». Así define la actitud del salvaje digital Ferran Sáez (profesor de la Universidad Ramon Llull), que en El imprudente feliz (Editorial Rosamerón) nos explica «cómo el mito del buen salvaje condiciona el pensamiento actual».

Ferran Sáez Mateu en el Teatro Romea de Barcelona en febrero de 2023

Ferran Sáez Mateu en el Teatro Romea de Barcelona en febrero de 2023

– ¿Qué es un buen salvaje?

– Un buen salvaje es el resultado de una sedimentación confusa y errática de mitos con un sentido de pura crítica política, una especie de espejo aleccionador. Desde el siglo XVI, sobre todo en Francia, hasta ahora, ha tenido un recorrido fascinante. El primer buen salvaje, tal como conocemos hoy —no el de la Germania de Tácito—, se crea en la obra de Montaigne, luego pasa a Rousseau, de Rousseau pasa a los manuscritos de Marx, de Marx pasa a la contracultura marxista, etcétera. El buen salvaje es una representación de la naturaleza humana sin ningún tipo de añadido cultural. Una abstracción que no ha existido jamás.

– Aparte la Germania de Tácito, en el mundo clásico también encontramos el mito de Prometeo. ¿En ese mito hay añoranza de los tiempos salvajes, o bien pesadumbre por lo que supone ser adulto y pensar con la cabeza?

– Esto que comentas es muy interesante, pero yo le añadiría un matiz. En la cultura occidental existe la tradición del buen salvaje, que empieza en el siglo XVI, y, aparte, toda la tradición fáustica. La tradición fáustica consiste, básicamente, en pensar que la transgresión humana era necesaria para alcanzar un determinado fin. Pero esa transgresión tuvo unas consecuencias indeseadas. Y dentro de esa tradición, tenemos a Prometeo, a Pandora, tenemos al Golem, tenemos al primer Fausto, el Fausto de Christopher Marlowe, tenemos el Fausto de Goethe, tenemos el Frankenstein de Mary Shelley, que es, justamente, el «nuevo Prometeo», como decía el subtítulo. Incluso habría quien lo enlazaría con Adán y Eva, con el relato del Génesis en que la serpiente le dice a Eva: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Se asocia conocimiento con inmortalidad, y eso es una transgresión. Por tanto, hay dos tradiciones diferentes: la fáustica y la del buen salvaje.

– ¿El buen salvaje está en armonía con la Madre naturaleza, y nosotros nos estamos cargando el planeta?

– En términos tecnológicos, no existe ninguna cultura conocida que no haya modificado el medio de una manera o de otra. Una persona adulta y razonable no puede creerse que existan situaciones en las que el medio ambiente no se modifique. Porque los seres humanos no nos adaptamos al medio, sino que lo transformamos. No somos animales y no nos comportamos igual que ellos.

Portada de El imprudente feliz

Portada de El imprudente feliz

– En este libro se comenta un texto apócrifo atribuido a un supuesto jefe indio. ¿Cómo surge este texto y por qué nos lo creemos?

– Nos lo creemos porque es agradable. Es agradable que te hablen, con esas metáforas tan grandilocuentes y bonitas, acerca de cómo vamos a comprar la tierra si la tierra no es de nadie. Eso nos gusta y es normal que nos guste. Esa historia del Gran Jefe Seattle, resumiéndolo mucho, surge a principios de los años 70. Un periodista llamado Ted Perry elabora, a partir de un texto que era una traducción dudosa de otra traducción, un texto de encargado para una compañía aérea para esas revistas que daban antes en los aviones. Se atribuye una serie de metáforas muy bonitas sobre la convivencia de los seres humanos con la naturaleza, y llega a tener un éxito increíble. Acaba siendo la enésima versión del buen salvaje, en este caso con un tono hippie. Pero nunca nadie ocultó que esto era una recreación literaria.

– El feliz imprudente también habla sobre El libro rojo del cole y su influencia en la LOGSE. ¿Nuestro sistema educativo está determinado por el mito del buen salvaje?

– Sí, sí. Hay una pedagogía del buen salvaje, un marco pedagógico basado en la idea de una bondad natural del género humano que se corrompe a través de la cultura. Cuando esto se inserta en un contexto pedagógico, es una bomba de relojería, en la medida en que no se acaba de entender bien para qué sirve la educación. Ese libro se publicó en un contexto muy determinado, y el mismo título alude al Libro Rojo de Mao, que en ese momento estaba de moda entre los intelectuales europeos. Básicamente, venía a decir que todos los niños o estudiantes de primaria lo que deben hacer es manifestar su espontaneidad emocional. Y, si de paso aprenden alguna cosa, pues bien; pero si no, no pasa nada. Estoy caricaturizando de manera provocativa, pero lo cierto es que este tipo de planteamientos no funcionó en ninguna parte. De esos planteamientos no ha salido nada que podamos considerar emancipador, hablando en términos progresistas. No condujo a nada en ninguna parte.

– En este libro se repasa el mundo soviético, un mundo pensado para un nuevo hombre desprovisto de toda superestructura burguesa. ¿El 'homo sovieticus' era un buen salvaje?

– El problema es que ese nuevo ser humano era grotescamente contradictorio, porque tenía que ser una especie de acérrimo revolucionario y, por otra parte, debía ser la persona más dócil del mundo, puesto que había un régimen de partido único. Encajar a un rebelde indómito en una actitud de ovejita dócil no funcionó jamás. El experimento soviético se puede resumir en una frase que remite a la idea de ficción. Se atribuye a un determinado dirigente soviético, aunque evidentemente sea apócrifo, lo siguiente: «Nosotros fingimos que les pagamos y ellos fingen que trabajan». Este sería el resumen de esos setenta años que terminaron en fracaso; una enorme ficción que conllevaba subterráneamente otra ficción, la de un ser humano imposible porque reunía unas características antropológicamente contradictorias.

– Frente a estos experimentos, a mitad del siglo XX se publica El señor de las moscas. ¿Es un mentís a todo el mito del buen salvaje?

– Esa novela constituye una visión del ser humano un tanto desengañada. En ella se plantea qué sucedería en el caso de un empezar de nuevo. ¿Se reproducirían los mismos roles que existen ahora? ¿Habría personas que intentarían abusar de otras, dominarlas? Es una manera de contemplar la naturaleza humana. Y la naturaleza humana es algo completamente interpretable. Si yo subrayo todas las cosas buenas que hemos hecho los seres humanos, me sale un resultado; y si empiezo a subrayar otras cosas horribles, me sale otro resultado. Es una cuestión de subrayado. Y contra ese maximalismo de ver al ser humano como una especie de monstruo, o bien como un ángel caído del cielo, creo que existe la honestidad intelectual de ver que ni una cosa ni la otra, y que, probablemente, con un poco de sentido común, podamos comportarnos con una cierta normalidad.

– Unos veinte años después de El señor de las moscas hubo un señor llamado Pol Pot que impuso un sistema en el que los niños eran el modelo.

– Pol Pot llega a la destrucción a través de la coherencia. Él se pregunta: «¿qué pasa en las ciudades?». Y dice: «En las ciudades se genera desigualdad, porque hay personas que son más trabajadoras que otras, o más listas que otras. Si nos ponemos todos a cultivar arroz, más o menos haremos lo mismo y terminará esa desigualdad». Y si alguien no quiere entrar en la utopía, pues ya sabe a lo que se atiene. La enorme locura de la Camboya de los Jemeres Rojos es una muestra de hasta qué punto la razón produce monstruos, teniendo en cuenta que Pol Pot no era un indocumentado, pues se formó en Francia. Fue el igualitarista más coherente, cosa que dice mucho de hasta qué punto una idea llevada al extremo puede ser una monstruosidad.

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