El filósofo empirista David Hume
La trampa de los filósofos para hablar de la moral
El empirista David Hume criticó las teorías clásicas sobre las acciones humanas y el modo de juzgarlas
Dentro de la historia de la filosofía se estudia al empirismo como respuesta al racionalismo de Descartes y sus sucesores. Si el francés otorgaba a la razón la primacía a la hora de obtener conocimiento verdadero, este grupo de pensadores pusieron el foco en los sentidos y la experiencia concreta como base de la epistemología.
En los orígenes del empirismo destacan Locke, Berkeley y David Hume. Este último es especialmente recordado al ser citado por Kant como aquel que lo despertó «del sueño dogmático». Los postulados de este pensador escocés parten de la pregunta por el conocimiento, pero llevan sus consecuencias a aspectos como la metafísica, la existencia de Dios y la moral.
Como decíamos, el punto de partida de Hume está en considerar la experiencia como origen de todo contenido mental, lo que el llama percepciones. Para el filósofo hay dos clases de conocimiento: las relaciones de ideas, que limita a las matemáticas y que están sostenidas por proposiciones intuitivas, y las cuestiones de hecho, que siempre necesitan ser contrastadas empíricamente y que, por lo tanto, tan solo ofrece verdades probables y nunca necesarias o universales.
Del ser al deber ser
Esta introducción epistemológica es necesaria para entender su crítica a las «trampas» filosóficas a la hora de hablar de la moral. El pensador escocés aborda la cuestión en su Tratado de la naturaleza humana y su postura se puede resumir en el rechazo que muestra ante el paso «ilegítimo» que sus colegas dan cuando pasan de describir el «ser» a prescribir lo que «debe ser».
Hume apunta directamente al intelectualismo moral que nace con Sócrates y que confía en la razón para conocer el Bien. La argumentación del empirista parte de la propia descripción de un hecho y explica como ante un caso tan horrible como un asesinato, «examinado desde todos los puntos de vista» es imposible encontrar esa «cuestión de hecho», esa experiencia sensible, que nos muestre «el vicio», el mal.
A este «falso razonamiento» se le conoce como falacia naturalista y consiste en la deducción del «deber ser», el juicio moral, a partir de un hecho, lo que «es». Es decir, asegurar que lo bueno o lo malo son propiedades naturales de las acciones. Frente a este postulado, Hume apuesta por el emotivismo moral y su idea de que la base ética está en los sentimientos que provocan en nuestros las acciones y cualidades concretas.
Volviendo al ejemplo del asesinato, dice Hume en su Tratado que el hombre debe «dirigir la reflexión dentro del propio pecho» para encontrar ahí «un sentimiento de desaprobación» que permite juzgar moralmente y rechazar ese acto.
Sensualismo y simpatía
De este modo, se construye así una moral basada en lo sensual, en el sentimiento concreto que provocan las acciones en el hombre. En este caso, habla Hume del placer o el dolor que causan la virtud y el vicio, un placer y un dolor particular puesto que son desinteresados. Por lo tanto, existiría una cierta experiencia de agrado o desagrado que permitiría juzgar las acciones desde un punto de vista moral.
La teoría expuesta por el pensador escoces parece conducir irremediablemente a la subjetividad a la hora de hablar de la moral. Sin embargo, el propio Hume pone sobre la mesa otro concepto, el de «simpatía», para tratar de explicar las semejanzas éticas que se dan en la comunidad.
El filósofo define este principio de simpatía como «un suave movimiento de la afectividad que nos inclina a tener sentimientos positivos hacia nuestros semejantes, y que se desarrolla con la comunidad de ideas, orígenes, etc.», en palabras del profesor Mercado Montes. En definitiva, gracias a la simpatía, el ser humano busca no sólo su propio placer, sino también el de los demás.