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Gustavo Rodríguez después de la entrevista con El Debate

Gustavo Rodríguez después de la entrevista con El Debate

Entrevista a Gustavo Rodríguez, escritor

«Mi abuelo era un hombre mitificado, amigo de Julio Verne y Gustave Eiffel»

El escritor Gustavo Rodríguez ha publicado ‘Mamita’, una obra metaliteraria con la que salda una deuda con su madre

«Esta novela es como las tarjetas que les hacemos de niños a nuestras madres», comenta el escritor peruano Gustavo Rodríguez, que acaba de publicar su nuevo libro, Mamita (Alfaguara). La escena, y la idea misma del libro, es conmovedora de puro íntima, pues con la obra el autor salda una deuda con su madre.

La novela narra cómo un escritor, el narrador, le escribe a su madre nonagenaria la historia de cómo se conocieron sus padres. La mujer no conoció a su padre y, de esta forma, se lo entrega en la ficción. Y el padre no es otro que Otoniel Vela Llerena, un hombre casi mítico en Perú.

En Mamita se entremezclan ficción y realidad, y vida: la historia del narrador es la misma que la de Rodríguez (cuyo abuelo fue Vela Llerena). Y muchas veces, la vida es reflejo de la ficción, y, antes que a la editorial, el escritor, el real, le entregó el libro, impreso en letra grande, a su madre para que lo leyera.

Rodríguez atiende a El Debate para hablar sobre su obra, su Mamita y el resto de mamitas con las que ha construido una historia universal a través de un relato intrínsicamente íntimo.

–¿Qué puede contarnos de su nuevo libro?

Mamita es la historia de cómo diablos hace un escritor muy parecido a mí para escribirle a su madre el último libro que ella va a leer en su vida.

–¿Se enfrenta de forma distinta la escritura cuando se trata, como en este caso, de metaliteratura?

–Creo que en este caso es una contraseña segura para mí. Lo digo de otra manera. Yo usualmente empiezo una novela cuando siento que me he enamorado de un argumento. Cuando yo siento que tengo un argumento que podría ser el cintillo de un noticiero, ahondo en la «noticia», en la historia.

En el caso de Mamita lo que me ocurrió es que no tenía un argumento, sino una deuda. Yo sentía que tenía que entregarle a mi madre, y a los lectores también, la fascinante historia de cómo se conocieron sus padres en una época además muy problemática.

Entonces, como no tenía argumento, a mi favor vino la metaliteratura: contar cómo diablos hago para escribir contra el tiempo esta novela.

–¿Cuánto de Gustavo Rodríguez hay en el narrador?

–Hay mucho, probablemente esta sea, junto con Treinta kilómetros a la medianoche, que hace díptico con esta, mi novela más transparente con respecto a las cosas que yo pienso.

Es ficción, obviamente, pero no hay duda de que muchas de las reflexiones que hace el personaje calcan las que yo pienso como autor.

–¿Es difícil exponerse tanto en un libro como este, que narra una historia tan personal?

–Si hubiera intentado escribir esta novela hace 20 años probablemente sí habría sido muy difícil, pero ahora he llegado a una edad en que ya me siento suficientemente querido por mi entorno como para arriesgarme a ser abierto con lo que pienso y lo que siento, que es más importante todavía.

–¿Qué importancia tiene la madre como símbolo literario?

–En realidad, esta novela, de alguna manera, es como esas tarjetas que les hacemos de niños a nuestras madres, pero es una tarjeta sofisticadísima, finalmente. Obviamente, la figura materna obra aquí, como símbolo de contención, como portadora de historias, porque creo que las primeras historias que pueblan la cabeza de un ser humano son las que proceden de su madre. Entonces, desde ese punto de vista, ese símbolo atraviesa toda la novela.

Pero yo creo que de alguna forma también, a la vez, hay un recorrido por la evolución de la mujer en nuestra sociedad. Yo, sin darme cuenta, ahora lo puedo ver, al escribirle esta historia a mi madre también aprovecho para pasar revista por todo mi linaje materno.

Y me doy cuenta del largo camino que hay entre mi bisabuela, que era una mujer analfabeta que cocinaba para las grandes casas burguesas de la Amazonía peruana, y mis hijas, que son mujeres cosmopolitas. Es importante la figura no solamente de la madre, sino de la mujer.

Me voy dando cuenta de que los personajes femeninos son la columna vertebral de mi obra. Me parece que son mucho más interesantes, mucho más poliédricos.

–¿Y cuando se trata de abordar personajes históricos, como Otoniel Vela Llerena?

–Yo crecí desde pequeño con este hombre mitificado que era mi abuelo. Amigo de Julio Verne y de Gustave Eiffel, constructor del palacio más hermoso al lado del río Amazonas, que está acuñado en una moneda de mi país…

Hace diez años se me ocurrió, ya que mi madre no había conocido a su padre, entregárselo literariamente, e indagué e investigué históricamente sobre él. Pero me di cuenta de que me había salido una novela histórica, cuando no es mi registro. No estaba muy contento con el resultado que iba obteniendo. Y guardé ese proyecto.

Y entre entonces y hoy me he dado cuenta de que en realidad soy un escritor más de épicas domésticas. Mi literatura es la de los afectos, y cuando abordé la historia de este hombre mítico bajo ese tamiz ocurrió algo maravilloso: antepuse la historia de las mujeres que me hablaron de Vela a su figura mitificada. Normalmente son anónimas en nuestras sociedades, lo cual te enseña que un «fracaso» del pasado puede ser un hermoso hallazgo en el presente.

Hay una trenza de dos hebras ahí. Por un lado, está la historia oral que siempre recibí de estas mujeres sobre este hombre mítico. Y, por otro, la constante duda del escritor, que siempre va a poner en entredicho cualquier historia que le cuenten, porque sabe que la ficción entra a contaminarlo todo.

A través de ese vaivén, el lector va conociendo a este patriarca. También de la oscilación temporal que va desde una época increíblemente problemática, la del caucho amazónico, a la actual época problemática de una sociedad contemporánea.

Cubierta de 'Mamita'

Cubierta de 'Mamita'Alfaguara

–Ha comentado que la novela es una deuda que tenía con su madre. ¿Considera que está saldada?

–Sí, de hecho, traté de que la realidad copiara a la ficción. Si la novela va de cómo hace un escritor para escribirle esta historia a su madre, yo apenas la di por concluida la imprimí en letra grande y se la llevé encuadernada para que pudiera leerla.

Fui como un niño que le entrega su tarjeta a su madre, y para mi fortuna le gustó mucho, y ella pensó ingenuamente que la había escrito solo para ella y que nadie más la iba a leer. Después le dije que no, que lo iba a leer más gente. También se alegró, por fortuna.

–Es una novela muy íntima, pero cuando la terminó, dejó de ser suya por completo. ¿Qué sintió cuando puso el punto final y la mandó a la editorial?

–Yo ya tengo bien interiorizado el hecho de que una vez que mi manuscrito le llega a la editorial y es publicado, ya no me pertenece, le pertenece al público, que tiene toda la licencia para interpretarla como quiera, y eso a mí me ha servido para bajar un poco la ansiedad ante lo que puedan pensar los demás al leerme. Creo que todo el mundo tiene derecho a interpretar como quiera la historia que le entrego, incluso con una historia tan íntima y personal.

Creo que una misma historia puede ser interpretada de mil maneras, porque cada lector termina en su cabeza la entrega que el autor hace. Desde ese punto de vista, va a haber tantas «Mamitas» como lectores haya.

–¿Qué peso tienen la memoria y la familia en su obra?

–El principal insumo de un escritor son sus recuerdos. Si se los quitas, le quitas la posibilidad de hacer literatura. Es innegable que hay en algunas novelas más incidencia de algunos recuerdos, y esta es una de ellas.

Además, como mi literatura está muy relacionada con los afectos, yo le tengo pavor a que pueda caer en la cursilería. Pero a mi rescate acude el humor, siempre, y el humor negro, a veces, y por eso a la larga termino escribiendo tragicomedias.

Me gusta que en Mamita no solo haya nostalgia o reflexión nostálgica, sino también que el humor venga a matizar lo que podría ser puramente dramático.

Creo que el humor se entreteje en esta historia de la misma forma en que yo lo hago en mi vida cotidiana. Yo era un niño muy tímido, poco deportista, nada peleón, o sea, candidato seguro al bullying. Y por fortuna el sentido del humor vino a mi rescate cuando era niño, yo combinaba esta timidez con unas salidas humorísticas que a mis compañeros les gustaban.

En mis novelas se pueden encontrar en el mismo párrafo quizá una escena muy dramática y a su vez alguna acotación humorística que termina haciendo el equilibrio que yo quiero, que busco en la vida.

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