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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

China, el espejo deformado de los jóvenes españoles

Pocos, en España, temen al gigante asiático, mientras Superman se bate a izquierda y derecha, una buena película no logra estrenarse aquí y, en Los Ángeles, no olvidan del todo a Plácido Domingo

Xi Jinping, en el 20° Congreso Nacional del Partido Comunista de China

Xi Jinping, durante el 20° Congreso Nacional del Partido Comunista de ChinaEFE

Los españoles vemos cada vez con mayor simpatía a los chinos, una corriente en alza especialmente entre los jóvenes. Seis de cada diez personas no temen que en un futuro se produzca un mayor acercamiento económico con el gigante asiático, según un reciente estudio del Real Instituto Elcano.

Parece que hemos mudado de amistades rápidamente. El informe también constata que, en el podio de los ibéricos afectos, EE. UU. se encuentra «muy por debajo» de China, Palestina y Ucrania. En fin.

La imagen idílica que nuestros chavales parecen tener de la gran nación que Xi Jinping maneja con puño de hierro parece lo más normal. Su ocio, la parte relevante de sus existencias (ya se sabe, no todo en la vida va a ser trabajar) se desarrolla al amparo de la tecnología (que fabrica los terminales más baratos), contenidos (Tik Tok) y mercaderías (la ropa de Shein, las baratijas que sirve Temu, …) «made in China».

¿Qué peligro puede haber en estrechar lazos con una gente amabilísima que nos vuelve todo tan fácil, cómodo y entretenido a precios imbatibles? Ninguno, salvo que la dependencia económica de ese enorme país ignoto se vuelva cada vez mayor, hasta el punto de que cualquier día, al despertar, nos hayamos convertido en otro tipo de colonia ya al servicio de una metrópoli gobernada por unos líderes desconocidos, cuyos últimos designios se ignoran por completo.

Porque ahí se halla otro de los éxitos que volverían más próximos a estos nuevos vecinos lejanos: urbanos, innovadores, cosmopolitas…, tan distintos de aquellas imágenes que representaban las dóciles y atrasadas hordas campesinas de los tiempos de Mao (y a pesar de todo, como entonces, aún hoy, quien allí desee prosperar, debe llamar solícito a las puertas del Partido Comunista, ese gran padrecito benefactor, para afiliarse). Sus empresas se han vuelto omnipresentes, al tiempo que sus opiniones sobre los grandes conflictos políticos de nuestro tiempo parecen diluirse bajo un halo misterioso de juiciosa moderación, y un instinto conciliador propiamente confucianos (sin en verdad no ocultaran deseos inconfesables).

Los chinos solo parecen inquietarse cuando el tablero se sacude en contra de sus principales aliados. Pero, aun así, se muestran siempre prudentes. Si Israel y EE. UU. deciden destruir los intentos de Irán por hacerse con una bomba atómica, equiparable a la idea de entregarle un revólver a un mono (con una salvedad: el simio dispararía sin control; los iraníes tienen perfectamente enfilados a sus enemigos), entonces, protestan. Aunque sin demasiada alharaca, cuidándose siempre de poner el énfasis en preservar el orden internacional, la ansiada paz, mientras rearman cada día a su poderosos ejército con el dinero del resto del mundo, ajenos a inútiles debates acerca del 5%.

Nunca se mojan demasiado: si alguna vez se han alarmado, cuando los bombardeos de Putin destrozan Ucrania con particular saña, a la vez, parecen más proclives a comprender las legítimas aspiraciones de los rusos por controlar territorios que en otro tiempo les fueron afines. Al fin y al cabo, ¿no les gustaría a ellos hacer lo propio con los desleales taiwaneses?

Racionero ya lo vio claro en «Oriente y Occidente»: «Cualquiera que haya leído los clásicos chinos se habrá percatado que la ambigüedad, la sutileza y las medias tintas son consubstanciales a su mentalidad».

¿Cuál es la verdadera faz del coloso? La manera en la que se afanan en reprimir cualquier atisbo de crítica interna mediante purgas, encarcelamientos y misteriosas desapariciones ya proporcionaría alguna pista: el férreo autoritarismo que se ejerce por el bien de la economía deja escaso espacio al cultivo de las libertades individuales.

Desde luego, que nuestros jóvenes se muestren cada vez más inclinados a cambiar de colegas revela tres cosas: ignorancia revestida de candidez, un perezoso desdén en el desarrollo de genuinas conciencias críticas y el triunfo de una astucia milenaria.

Superman también viene a dividir

Y aunque aquí la imagen de esa nueva China industrial, próspera, moderna, pero a la vez discreta en el tejido de sus estrategias internas y el enmascaramiento de sus opiniones, se ve con creciente complicidad, a la hora de ir al cine, aún preferimos las producciones norteamericanas actuales.

Seducen más sus argumentos simplones, los personajes de una pieza y las toneladas de acción. Puede que los asiáticos hayan perfeccionado las nobles artes marciales, pero, aunque sus coces sean menos articuladas y los puñetazos no destilen esa gélida precisión, pareciera que nos identificásemos más, por ahora, con los héroes testosterónicos de las películas «made in Hollywood».

Ha ocurrido con Superman, que lleva recaudados más de doscientos millones de dólares durante el primer fin de semana de nuevas aventuras. Aunque de novedoso no haya mucho, y lo que se ofrezca sea más bien decepcionante a partir ya de la icónica banda sonora (deconstruido el tema de Williams para dar paso al ruido y la furia), la gente acude en masa, quizá, para apreciar una de esas efímeras ocasiones en las que, contra todo pronóstico, el bien triunfa sobre el mal.

Pero en estos tiempos de trincheras ideológicas, hasta el mismo mensaje se discute. En EE. UU., al menos, así está ocurriendo. Los republicanos ven reflejada en los ideales del superhéroe su propia encarnación: un tipo con agallas se enfrenta a los malvados por el puro deseo de salvar a su gran nación del desastre. Un verdadero patriota.

En el otro bando, los demócratas van a lo suyo e identifican al hombre de acero con un emigrante que, animado por los supremos valores del país que lo ha acogido, con afecto y comprensión, se forja una compleja personalidad, a ratos dubitativa, siempre melancólica, pero sin dejar de lado una idea firme: la de devolver tanta generosidad, integrado como uno más en la sociedad, cuando se tercie la ocasión.

Bueno, esta última visión solo tiene un problema. En una vuelta de tuerca al original, se descubre ahora que, en realidad, los padres biológicos de Clark Kent lo habían enviado a la Tierra con una misión poco altruista: debía ganarse a los humanos (y fecundar al mayor número de hembras), con el fin posterior de exterminarlos, dada su pereza y escasa inteligencia, para que su propia estirpe pudiera reinar finalmente sobre el mundo conquistado.

Existe siempre la emigración positiva, enriquecedora y también estaría aquella otra que podría albergar un secreto programa de venganza (por antiguas querellas, rencores o fanatismo) y dominación expansionista a gran escala, junto a la que simplemente no conseguiría integrarse, sin mayores aspiraciones.

No todos los emigrantes son lo mismo, pero evidentemente algún tipo de control sobre quién viene aquí habrá que establecer. La solución no se encuentra en Lex Luthor (en el filme despojado de todo su sarcasmo) con sus métodos expeditivos, pero tampoco puede dejarse en manos de la providencia izquierdista, basada en ensoñaciones místicas.

Una interesante película sin pantalla

Ah, el cine… Una pareja de lesbianas. Ella es responsable de maquillaje en un teatro donde encuentra trabajo provisional su novia, una joven soprano en el inicio de la carrera, sin muchas oportunidades. De momento, ha conseguido que la contraten como «cover», cantante suplente, de la protagonista en una producción de Salomé, la ópera de Richard Strauss basada en Oscar Wilde, a su vez inspirado en una historia sexual bíblica.

La maquilladora maniobrará en la sombra para que su amada consiga actuar. Habla con la soprano titular y le pide que renuncie, al menos, a una de sus funciones para que la amiga pueda sustituirla, logrando así su propio momento estelar. La artista no cede a los ruegos: si no canta no cobra, así de claro, y ella vive de su trabajo. No hay nada que hacer.

Pero el amor es persistente. En la compañía hay un barítono que, según se insinúa, ha tenido problemas en otro trabajo anterior. Se habría sobrepasado con una compañera. Una oportunidad.

Como este intérprete incorpora al personaje del Bautista, deben hacerle una máscara de su rostro para componer la cabeza cortada que reclama, para así poder besarla, la nínfula Salomé. En el proceso, hay contacto físico. La maquilladora se aproxima al rostro del artista que, obnubilado por la visión del vientre desnudo de la muchacha, pretende atraerla hacia él mediante un brusco abrazo no reclamado. Ella lo retira espantada y luego el trabajo se retoma sin más contratiempos.

El día del estreno de la ópera, la chica se reúne con las dos principales ejecutivas del teatro, por cierto, mujeres. Les muestra la escena que ha grabado subrepticiamente con su móvil, donde se puede ver el «calentón». Amenaza con hacerlo público: es un comportamiento intolerable que debe ser conocido por la comunidad. Las representantes de la compañía sugieren algún tipo de compensación («the show must go on») si desiste. Elipsis.

La soprano aspirante ha conseguido milagrosamente que el teatro le conceda una función. La cantante titular (algún apaño se ha producido en la sombra) decide renunciar a una de sus actuaciones, por la que igualmente recibirá el caché acordado, aunque no trabaje ese día. Todos contentos.

La trama es uno de los afluentes de ese caudaloso río para la reflexión que resulta la última película de Atom Egoyan, un director muy valorado en otro tiempo. Seven veils se estrenó directamente en televisión (Filmin), el pasado viernes, en España. Aquí no ha encontrado distribuidor para poder verla en una sala. Quizá alguien ha juzgado que ese tema podría considerarse «misógino», alejado del discurso oficial, y que, por tanto, no vendería como Superman.

Cómo es posible… ¿Mujeres sacando partido de la flaqueza masculina, traficando con abusos (la maquilladora) y negociando bajo cuerda (las ejecutivas) para salvar «in extremis» al depredador por propio interés: que nada les fastidie su éxito?

Desde luego, esto solo podría concebirlo la maquiavélica mente del macho. Pero entonces llega Chesterton, con un pensamiento revolucionario: «Sólo por haber nacido, todo hombre ha recibido características de la mujer. Se habla de la mujer masculina pero todo hombre es un varón afeminado».

Domingo: mantenido en Los Ángeles, repudiado en Valencia

En estos días, las redes han difundido unas imágenes enternecedoras de Plácido Domingo. Reclinado en una silla, se supone que, aguardando el oportuno momento para actuar, su rostro se ilumina mientras con una mano hace ademán de dirigir el célebre Intermedio de La boda de Luis Alonso, la zarzuela de Gerónimo Giménez, que suena en el escenario.

A sus estupendos 84 años, la música aún lo sostiene y le insufla bríos renovados, como solo saben quiénes se benefician del contacto diario con el noble arte de los sonidos. Pero bajo esa sonrisa exultante que conduce a la emoción, también aparece asomarse la leve sombra de un cierto, hondo pesar. Resulta lógico.

Domingo se encontraba en ese momento en Vietnam, donde seguramente nunca, hasta ahora, se habían apreciado músicas zarzueleras. Toda la vida llevando las obras de los compositores de su país por el mundo, el género que mamó de sus progenitores y ha amado quizá más que la ópera (que le otorgó sus mayores triunfos, sí, pero no se encuentra tan cerca de donde habitan emociones primitivas, los recuerdos más íntimos), y ahora resulta que los principales teatros de su propio país le tienen prohibido actuar bajo su amparo.

De este despropósito del veto al legendario tenor (mantenido solo, en Europa, en los principales coliseos de su tierra), hay algunos detalles que resultan delirantes. Se supondría que los delitos de los que se le acusaría, sobre los que no existe sentencia alguna, se habrían producido en EE UU. Por eso las óperas de Washington y Los Ángeles decidieron cortar sus vínculos con él.

Sin embargo, por los menos en el teatro californiano, no han pretendido borrarlo de su memoria del todo, como en cambio sí se ha propuesto Valencia. Acaba de presentarse una nueva edición del programa de formación para jóvenes cantantes de la Ópera de Los Ángeles, otra vez bajo el nombre de «Domingo-Colburn-Stein Young Artist Program».

Así se llama porque esta iniciativa, como otras tantas destinadas a promover el talento emergente asociadas con él, se puso en marcha durante los años que el ilustre artista español estuvo trabajando allí. Por cierto, en ese teatro se siguen exhibiendo actividades relacionadas con la zarzuela que no cayeron precisamente del cielo.

En cambio, en 2020, bajo la presidencia del nefasto Chimo Puig, del Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo, vinculado al Palau de les Arts de Valencia como programa educativo para artistas noveles, se eliminó toda posible referencia al cantante. Ahora se conoce solo como Centro de Perfeccionamiento.

Resulta lamentable que Mazón no haya corregido ya la decisión perpetrada bajo el mandato del anterior presidente, o quizá es que el PP se deja arrastrar, de nuevo, por ese complejo que tienen acerca de que la cultura es el coto exclusivo de la izquierda.

Con Paco Camps esto seguramente no habría pasado. Domingo podría actuar por los muelles de Alicante, como ocurrirá este mismo mes, pero además también lo haría, si se diera la ocasión, en Les Arts. Y su nombre hubiese sido incorporado, de nuevo, legítimamente a su lugar.

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