Heroico el herido Damián Castaño con un Miura de aúpa
Torea infiltrado, sufre una nueva voltereta y se queda al borde de la Puerta Grande en Santander
Damián Castaño tuvo percances tanto en su primer toro (el de la imagen) como en el segundo
Hemos pasado de los toros de Juan Pedro a los de Miura: otra tauromaquia, que impone otra lidia. El cartel es casi el mismo que mató estos toros en Pamplona, con el cambio de Galván por Colombo. Los toros de Miura propician un muy interesante espectáculo: variados de capa, altos, largos, agalgados; con seiscientos kilos, parecen flacos; en general, nobles; muy fiero, el tercero; suaves, primero y sexto. Manuel Escribano y David Galván tienen una aceptable actuación, pierden algún trofeo por la espada. El herido Damián Castaño, valentísimo con el muy difícil tercero, corta una oreja y se queda al borde de la Puerta Grande pero deja una tarde para el recuerdo.
Manuel Escribano es, sin duda, el gran especialista actual en estas corridas duras: tiene técnica, oficio y valor para enfrentarse a estos toros. Además, suele dar espectáculo yendo a porta gayola y poniendo banderillas. El primer Miura tiene una capa espectacular, es cárdeno girón (con grandes manchas blancas sobre el negro). Cumple en varas. Banderillea Manuel, sobrado de facultades. El toro embiste con nobleza, suave y templado. Escribano torea al natural muy a gusto, a cámara lenta, pero al toro le falta transmitir más. Pierde la oreja por pinchar, antes de la estocada.
Manuel Escribano pone un par de banderillas al violín este martes en Santander
Escribano, con la muleta ante ese mismo astado
En el cuarto, sobrero de El Pilar, alto, bravo, justo de fuerzas, Manuel despliega todo su repertorio: larga a porta gayola, chicuelinas; banderillea con un tercer par saliendo del estribo y quebrando por dentro, con gran exposición. (Algo parecido al par de Ignacio Sánchez Mejías que llamaban «de la mariposa», por el riesgo de que le clavara en las tablas). Brinda a Juan del Val. Comienza con dos cambiados por la espalda, traza buenos muletazos; cuando el toro se queda corto, recurre al arrimón. Nuevamente pincha, antes de un gran espadazo.
Viene David Galván de lograr uno de los mayores éxitos de su carrera: cortar un rabo a un toro de Victorino Martín, premiado con la vuelta al ruedo, en La Línea de la Concepción, su ciudad natal. He podido ver la faena por Canal Sur: lo brindó al maestro Ruiz Miguel, que comentaba la corrida; arropado por sus paisanos, lo toreó con su habitual compostura y también algo arrebatado. El triunfo fue merecido pero dudo que estas corridas duras sean las adecuadas para su línea estética…
El segundo Miura, cárdeno claro, es playero, muy abierto de pitones, muy largo. Empuja bien en el caballo, le pegan duro y embiste con nobleza. Dibuja Galván muletazos lucidos a media altura, componiendo la figura. Está muy a gusto por la derecha. Remata una serie mirado al tendido: eso me gusta muy poco y menos, con un Miura. Mata regularcito y saluda.
El quinto cumple en el caballo pero es más complicado. Se la juega Juan Carlos Rey en banderillas, cuando el Miura echa la cara arriba. Muletea Galván aseado pero el toro se va quedando corto: surge un desarme y una voltereta. Le saca algunos muletazos de uno en uno, citando de frente, pero lo emborrona con la espada: le pitan que coja el descabello sin haber logrado la estocada y tienen razón.
David Galván mira al tendido durante la faena de muleta ante un largo Miura
Torea la corrida de Miura Damián Castaño a pesar de que hace solamente cuatro días, en Mont de Marsan, sufrió una cornada de diez centímetros, en el gemelo. Se ha vestido en la enfermería de la Plaza de Cuatro Caminos, después de haber sido atendido; torea infiltrado. (Su hermano Javier, matador de toros, hizo hazañas iguales y mayores que ésta). Ya sé que una cornada en el gemelo no suele ser mortal pero también sé que, para enfrentarse a los Miuras, hacen falta todas las facultades físicas y más que se tuvieran. Pensando con sentido común, torear así parece un disparate; para un torero, es un gesto más, algo a lo que están acostumbrados.
Dibuja buenos lances de recibo, cojeando claramente, al tercero, que acude pronto al caballo dos veces, le pegan y no flaquea. (Protestar la segunda vara, como hacen algunos, es signo claro de malos aficionados). El toro galopa, embiste con fiereza, transmite peligro. Damián le da mucha distancia: se viene como un huracán, vuelve rápido. La faena tiene enrome emoción. En la tercera serie, el Miura lo empala por la entrepierna y lo lanza con fuerza a la arena. Sin amilanarse, se quita la chaquetilla, vuelve a la cara del toro y continúa exponiendo muchísimo, en una pelea a toma y daca, con un Miura de los de antes: «de aúpa», decían los revisteros. Al toro le cuesta cuadrar (igual que a sus hermanos) y Damián, entrando de lejos, pincha antes de la estocada. (La espada es su punto flaco: lo demostró la tarde en que se encerró con seis toros de Dolores Aguirre). A pesar de eso, el mérito de la faena hace que corte una merecida oreja: la recibe, herido de nuevo, llorando, por la emoción.
Muletazo de Damián Castaño al primero de su lote
Pasa otra vez a la enfermería para curarse de un varetazo, en la misma pierna de la cornada que arrastra, y ser infiltrado de nuevo. La fortuna le recompensa con un sexto Miura alto, largo, playero, pero que embiste con suave nobleza y le permite mostrar la otra cara de su toreo: un trasteo templado, relajado, con gusto. Tiene en su mano la Puerta Grande pero el toro no cuadra bien y pincha (un pitonazo seco en el pecho le rompe el chaleco) antes de la estocada: da la vuelta al ruedo.
Pensando con lógica, era un disparate que Damián Castaño, con la herida abierta, renqueante, se enfrentara a los Miuras. Sobreponiéndose a todo, ha estado heroico, de verdad, en una tarde que ni él ni nosotros vamos a olvidar. Merece que los empresarios tampoco lo olviden. Pero debe mejorar con la espada para redondear los merecidos triunfos.
POSTDATA. En un céntrico restaurante de Santander he podido ver el cartel original de la llamada «corrida monstruo», que tuvo lugar en esta Plaza, el 26 de junio de 1913. Se lidiaron, en total, dieciocho toros. Por la mañana, reses de Benjumea para Vicente Pastor, Cocherito y Torquito. A mediodía, toros de Parladé para Machaquito y Joselito. Por la tarde, toros de Saltillo para Bombita y Rafael el Gallo, que realizaron brillantes faenas. Asistió a esa corrida un joven santanderino de 16 años, llamado Gerardo Diego. Años después, recordaba: «Todos nos quedamos en la Plaza, pidiendo los sobreros». Cuando le preguntaron cómo había aguantado ese atracón, contestó lacónicamente: «Así deberían ser todos los días». Además de gran poeta, era un gran aficionado.