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Saludos del pianista y la directora en el concierto de ayer de la ONE en Madrid

Saludos del pianista y la directora en el concierto de ayer de la ONE en MadridCedida

Crítica musical

La ONE y Currentzis hacen vibrar el Auditorio Nacional con enfoques distintos para la música

Entre Mahler y Händel, y a pesar del retraso, primero la Orquesta Nacional, y luego Teodor Currenztis con MusicaEterna, demuestran que la música no puede estar más viva en Madrid

Si los progresos que anuncian los últimos avances tecnológicos no logran desterrar del todo la capacidad del hombre para la emoción, el futuro de la música está más que asegurado.

Hace algún tiempo, cuando aún se encontraba entre nosotros, durante una entrevista por su 75 aniversario, el gran Nikolaus Harnoncourt afirmó que «la forma actual de celebración de los conciertos, con sus actuaciones para devotos en grandes salas o auditorios, no existirá eternamente».

Será que, en Madrid, ayer, se aparecieron de pronto los últimos mohicanos de la filarmonía, pero lo cierto es que, al cabo de casi seis horas, más de cinco mil personas decidieron aparcar, por unos instantes, las asperezas cotidianas de la existencia para entregarse brevemente al disfrute de una dicha quizá efímera, pero evidente.

Al menos así sucedió durante ese tiempo en el que se verifica la unidad y multiplicidad de lo coherente, esencia y existencia, como casi solo se verifica en el milagro musical. Sin contar la actuación que simultáneamente ocurría en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional, la gran Sala Sinfónica madrileña fue testigo de dos modos diferentes de entender la programación de los conciertos en nuestros días.

El más habitual, o tradicional, si así se pretende, vendría representado por los abonados de la temporada de la temporada de la Orquesta Nacional, gente que mayoritariamente peinas canas (los aún afortunados). Son quienes acuden a recibir su dosis semanal según el esquema básico, establecido desde hace, al menos, un par de siglos: programa con obra instrumental seguido de pieza sinfónica.

Cuando se trata de «los conciertos buenos», como no se cortaba en señalar una de las asistentes al inicio de éste, por lo general las obras suelen pertenecer a autores como los escogidos ahora: Brahms y Mahler, diríamos entre los favoritos de la afición (como reconocía la señora).

Al finalizar esta primera audición, en otro ciclo ubicado en idéntico emplazamiento, pero una hora después (aparte un retraso de media más por la compleja organización en un auditorio saturado de actividad), llegaría la siguiente propuesta.

El compositor protagonista de esta segunda cita, G.F. Händel, no es que sea un desconocido a estas alturas: últimamente, sus óperas, relegadas durante algún tiempo, se ofrecen ya en Madrid casi a una por semana; pero la manera de servirlo, al singular «modo Currentzis», sí que implica una cierta renovación, tanto en el fondo como en las formas: desde la propia elección del repertorio hasta su interpretación, sin descontar el cuidado de la puesta en escena, que poco tendría que ver con la fórmula más canónica, reiterada cada semana, de los más habituales ciclos sinfónicos.

Sin duda, lo más relevante, y positivo, para quienes pudimos asistir a ambos acontecimientos (aunque saliéramos de allí casi a las horas en que abren los «after» de Rufián) es comprobar que ambas posturas no sólo resisten la prueba, sino que ambas cuentan con entusiastas partidarios, capaces de llenar prácticamente el amplio recinto, y cautivar con ellas a la asistencia: las ovaciones con las que ambos conciertos concluyeron, el entusiasmo desbordado en las muestras aclamatorias, los rostros de felicidad, resultaron prácticamente idénticos a la hora de aclamar tanto a los miembros de la Orquesta Nacional como a las posteriores huestes viajeras de MusicaEterna al mando de Teodor Currentzis.

Currentzis y sus músicos, al final del concierto en el Auditorio Nacional

Currentzis y sus músicos, al final del concierto en el Auditorio NacionalCedida

Triunfo incontestable en ambos casos, con los matices que se esbozan ahora a vuelapluma sin que los detalles pudieran empañarlo.

A la primera de estas comparecencias, la de la ONE, acudieron dos invitados: ese estupendo pianista que parece salido de un filme Ingmar Bergman, Leif Ove Andsnes, y cuyo toque sutil, de delicados contornos, conviene al sentido más camerístico de una obra como el segundo de los conciertos de Johannes Brahms: quizá su personalidad concentrada, su ascetismo no case tan bien con el temperamento esencialmente sombrío del primero.

Pero aquí, ya digo, la finura, la precisión, el sentimiento introspectivo elevó el diálogo entre solista y los distintos miembros de la orquesta al rango de una íntima conversación, quizá una confesión a la luz de las velas.

Así sucedió, por ejemplo, en el tercer movimiento, donde el violonchelo (soberbio Joaquín Fernández) eleva una plegaria, como ocurre como el oboe en el central del concierto para violín, en la que se atisban esos rasgos de una divinidad que a veces toca a los elegidos, como aquí el autor alemán, para comunicarse felizmente al resto.

Se esmeró en el acompañamiento la otra invitada, la directora Anja Bihlmaier, limitándose a que fluyese la fértil comunicación entre solista y conjunto, y animándose a resaltar el brío contenido en la danza de reminiscencias húngaras, tan caras a Brahms, de la animada conclusión.

Bihlmaier, titular de la Filarmónica de la BBC, brindó luego una lograda lectura de esa Primera de Mahler que representa un claro esbozo, la esencia de lo que el compositor ofrecería en su trascendental legado sinfónico, no siempre elogiado con unanimidad. A Celibidache, por ejemplo, no le convencía porque aseguraba que no acertaba a vislumbrar su propósito.

Ciertamente, en obras posteriores Mahler se desvía del camino emprendido, se desentiende de la senda recta para abstraerse, a veces en exceso, en la contemplación de un paraje determinado. Pero aquí, el juvenil impulso de quien parece haber hallado la raíz para la realización de su singular pensamiento, no solo musical (Mahler contempla el mundo y aspira a contarlo entero), se traduce en un discurso original, bien armado, deslumbrante.

La Primera mahleriana desnuda a cualquier orquesta bisoña, todo refulge aquí con una transparencia que puede resultar dañina. Ningún obstáculo para los estupendos profesores de la ONE, que se lucieron en otra magnífica lección representativa de su excelente momento artístico.

Quizá, esta vez, los vientos, metales y maderas, como la percusión, se mostraron un punto por encima de la cuerda, algo menos redonda, empastada; pero esto quizá tuviera que ver con el fuste y el brío empleados por la batuta, empeñada sobre todo en subrayar los extremos, la contundencia de los contrastes dinámicos, que por aquilatar la exquisita belleza del sonido que surge del interior mismo de la más nutrida de las secciones.

El otro concierto, con el mago Currentzis

Cambio de tercio con el idolatrado Currentzis, un músico con el que siempre ocurren cosas inesperadas, esa magia de los genios singulares que no se atienen a más reglas que aquella esencial de no conceder la más mínima oportunidad a la rutina, enemiga del arte verdadero.

El director griego no da nada por sentado, como resulta en este Händel a medio camino entre la transparencia y el sugerente colorido de los instrumentos antiguos y la audacia de un programa como de otro tiempo y lugar, pero capaz de sugerir todo tipo de inesperadas asociaciones.

A cualquier purista quizá le pueda resultar algo impropio que en un mismo programa, por más que se trate de una gala (como también hace Christie), se junten fragmentos de obras tan aparentemente dispares como oratorios (La resurrezione, Israel en Egipto, Theodora) y óperas (Agrippina, Giulio Cesare, Orlando) junto a otros provenientes de obras puramente instrumentales como su célebre Música acuática, de la que se sirve, además, de Alla Hornpipe, su muestra más popular: la única que con una salva de aplausos quebró ese silencio que parecía otorgar continuidad a la propuesta unitaria de drama, escenificado por Currentzis ante nuestros ojos y oídos.

Pero todo lo que propone este prestidigitador, incluso el potpurrí más desconcertante o banal, resulta de una calculada coherencia al proponer un viaje capaz de dejar al oyente sin aliento.

El despliegue de bellezas resulta tan abrumador que cualquiera puede comprender el juicio de Beethoven, para el que Händel representaba el más grande de los compositores. Así parecen sugerirlo la inventiva y su inagotable capacidad melódica; la seducción a la hora de administrar y combinar timbres al servicio de la expresión; su conocimiento absoluto de las posibilidades de la voz para albergar todo tipo de sentimientos, de la ira o la desesperación a la alegría más absoluta, el amor desaforado y su cruel reverso; el dibujo de atmósferas sugerentes capaces de transportarnos a otras dimensiones superiores, o de aproximarnos a los abismos del alma humana…

Todo queda expuesto como en un cuadro surgido de la alucinada imaginación de un Bosco gracias a la paleta infinita de Currentzis y su habilidad para implicar en su discurso a todos los participantes: un coro de perfecta afinación y empaste, una orquesta entregada al exuberante despliegue gestual para conseguir el sonido deseado en cada ocasión.

Y desde luego, unos cantantes que no tendrán la fama de otros, a veces mero producto del márketing, pero simplemente excelentes en cada una de sus intervenciones.

Alguna pega habrá que ponerle a este Currentzis que se propone además casi como director de escena, situando a los cantantes en el escenario o sugiriendo (previamente) un discreto, efectivo empleo de las luces para crear el ambiente de cálida intimidad en el que no es preciso seguir el programa de mano (lo cual impide, a veces, saber quién canta: pero qué más da cuando existe este nivel de implicación artística) para concentrarse mejor en el contenido, la pura música.

Sí, es cierto. Pero entonces sobran algunos contoneos marca de la casa, sobre todo cuando Currentzis casi adopta la postura de sus propios cantantes, no solo mediante la mímica del texto de las arias, sino dibujando con su expresiva mano izquierda cada inflexión, cada detalle, como si la propia voz de los intérpretes emanara directamente de su gesto inspirador.

A veces convierte a éstos involuntariamente en muñecos de un omnipresente ventrílocuo, lo cual no está bien. Su presencia todo lo impregna. Le convendría dejarles algo más de espacio, incluso físico, a sus fantásticos cantantes: las sopranos Ksenia Dorodova, Tatiana Bikmukhametova, Diana Nosyreva, Iveta Simonyan, Sofia Tsygankova; la mezzo Yulia Vakula (a la que hizo dirigir al final, en un gesto cómplice) y el contratenor Andrey Nemzer.

El concierto comenzó el viernes y concluyó en la madrugada del sábado porque Currentzis se prodigó también con las propinas, sin importarle el reloj. El público se lo agradeció con renovadas ovaciones tras la interpretación de arias muy conocidas de Alcina o El Triunfo del tiempo y del desengaño.

Aunque pase el tiempo, la gente seguirá necesitando siempre de la música, en el formato que sea, para hacerle frente a los muchos desengaños de la vida, entre otras cosas.

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